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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La compasión de un extranjero II

No es la sangre la que hace al prójimo, sino la misericordia


4. El vuelco

A la pregunta del doctor de la Ley, Jesús responde con la parábola del buen samaritano; y la parábola ilumina la vida porque da la vuelta al modo común de pensar. Con respecto a los debates en boga en tiempo de Jesús, hemos observado que aquel sobre la identidad del prójimo estaba entre los más encendidos. Cada movimiento tenía un modo distinto de entender el prójimo al que amar.

Jesús aporta la respuesta más original porque, apoyado en cuanto ha contado en la parábola, da la vuelta al debate. Si al comienzo el prójimo es el moribundo, al final es el samaritano. El moribundo responde a la pregunta del doctor (« ¿Quién es mi prójimo?»), el samaritano a la de Jesús: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?».

El doctor no se da cuenta todavía de que está a punto de convertirse en parte de la cuestión. Con una verdad franca reconoce que el prójimo ya no es el moribundo, sino el que ha tenido compasión de él. Así es obligado a dar la respuesta que no querría: el prójimo es el samaritano, al que, sin embargo, se guarda bien de citar como tal. Entonces Jesús le revela cómo la parábola ilumina la vida. Lo exhorta a entrar en la lógica de la parábola, como un lector en el relato: actuar como el samaritano, haciéndose prójimo del otro.

Planteada a partir del otro, la pregunta sobre el prójimo provoca un debate sin solución. Sólo cuando la pregunta se dirige a uno mismo es posible resolver la cuestión. La parábola transforma el común modo de pensar al prójimo a partir de uno mismo: sólo así el prójimo es definido no a partir de su origen religioso, cultural o social, sino a partir de su compasión por el otro.

5. Jesús, ¿el buen samaritano?

Desde la época de los Padres de la Iglesia la parábola se leyó con los rasgos humanos de Jesús. Clemente Alejandrino comenta así: « ¿Qué otro ha tenido compasión de nosotros, de nosotros que con las muchas heridas —con nuestros miedos, pasiones, envidias, aflicciones y gozos de los sentidos— habíamos caído ya en manos de la muerte, del príncipe del mundo de las tinieblas? Jesús es el único capaz de curar nuestras heridas, porque corta los sufrimientos de manera absoluta y hasta la raíz» Distintos detalles de la parábola pueden hacer pensar en Jesús que, entre otras cosas, se paró a dialogar con una samaritana (Jn 4,9).

Una compasión tan íntima y capaz de transformarse en cuidado por los enfermos es propia de Jesús. También los detalles secundarios, como el de la partida de la posada, hasta la vuelta del buen samaritano, han hecho pensar en el período que transcurre entre la resurrección de Jesús y su segunda venida. Sin embargo, empobrecería la parábola interpretarla sólo mirando a Jesús. Cuanto se dice del samaritano vale para Jesús, para la comunidad cristiana, en la que la dedicación al prójimo se transforma en cuidado atento, y para cualquier persona que se reconoce en el otro.

Por tanto, la parábola interpreta la vida cotidiana de cada uno y la transforma desde dentro: explica al doctor de la Ley de qué modo el amor a Dios no puede ser separado de aquel por el prójimo.

6. El cumplimiento de la Ley

Las primeras comunidades cristianas se situaron en la trayectoria de Jesús y profundizaron en el impacto de la parábola del buen samaritano. En dos ocasiones san Pablo retoma el debate sobre el mandamiento más importante de la Ley. Ante los cristianos de Galacia, que se arriesgan a devorarse entre ellos, recuerda: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gál 5,14). La libertad cristiana es absoluta porque es don de Cristo: «Para ser libres nos libertó Cristo» (Gál 5,1). Y precisamente por eso ésta no puede transformarse en anarquía, sino que se encama en el servicio o en el amor al prójimo.

Cuando se dirige, luego, a los cristianos de Roma, san Pablo vuelve sobre el mandamiento del amor y lo considera la única deuda que los creyentes deben conservar, porque siempre se es incompleto en el amor (Rom 13,9). En las dos ocasiones Pablo no menciona el amor a Dios, sino que desplaza la atención hacia el amor al prójimo. ¿Cómo es posible un desequilibrio tan acentuado, hasta callar sobre el amor a Dios? La razón se da en la primera carta de san Juan: «Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (4,20).

El gran riesgo que vislumbran Pablo y Juan es que, en nombre del amor a Dios, en la Iglesia puedan cometerse graves abusos y omisiones. Porque el amor a Dios es fácil de adaptar a las propias exigencias; difícil es amar al prójimo de carne y hueso. Por tanto, no es el amor a Dios el que genera aquel por el prójimo, sino que el amor al prójimo es el espejo del amor a Dios. Sin embargo, para no engañarse es oportuno volver a las fuentes: el amor que Dios tiene por nosotros. En su primera carta, san Juan precisa que «Nosotros amamos, porque él nos amó primero» (4,19).

Cuanto más se es alcanzado por el amor de Dios, tanto más se está en condiciones de amar al otro. El amor al prójimo nace no de un proyecto social, ni por simple altruismo: ¡sería un chaparrón estival! Más bien es el amor que Dios y Jesucristo tienen por los seres humanos el que proporciona la disposición incansable en cuantos son obligados a «no vivir más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,15).

La parábola del buen samaritano da sentido a la vida humana: hacerse prójimo del otro porque, en definitiva, Dios se ha aproximado y continúa inclinándose en Cristo sobre las heridas humanas. Este vuelco implica al doctor de Ley y le impone cambiar de mentalidad. No se trata de escoger entre el amor a Dios y el amor al prójimo, sino de reconocer que quien ama al hermano que ve, ama siempre a Dios a quien no ve, mientras que —amarga realidad de la vida humana— no siempre ocurre lo contrario. El amor a Dios transita siempre por el amor hacia el otro, del que es necesario hacerse prójimo.






14/01/2016 09:10:00