Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La cruz y el amor

Espiritualidad conyugal 5


A la luz de las relaciones nupciales de Cristo y de la Iglesia es como los esposos deben enfocar sus relaciones en el matrimonio. «Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor». Explícita, el marido y la mujer deben someterse recíprocamente el uno al otro a fin de realizar de este modo la plenitud de la verdad del matrimonio. No se trata en modo alguno de una concesión a la paridad hombre-mujer que está de moda en nuestros días.

Debe someterse a su marido «como al Señor Jesús» y no como a un amo que impusiera una dominación unilateral. Ahí se encuentra la cruz que deben llevar los esposos en la vida diaria: inmolar incesantemente su propia voluntad a la del otro en y por amor. La humilde vía de la santificación de los esposos es someterse el uno al otro como al Señor y progresar en la entrega de sí mismos a través de los actos de amor más ordinarios.

Ahí se encuentra la cruz de los esposos, y también su alegría, la alegría de la entrega. Si bien la alegría de los esposos se encuentra en la alegría de la entrega, es preciso reconocer asimismo que esta entrega no es, por desgracia, nunca total y que jamás es igual por ambas partes. Aquí reside la causa de un sufrimiento inevitable y es algo que forma parte de la cruz de los esposos.

Podemos sufrir ante nuestra incapacidad para entregamos a nosotros mismos de una manera total. Podemos sufrir por estas limitaciones para la entrega en nosotros mismos, del mismo modo que podemos sufrir estas limitaciones en el otro. La dureza de las circunstancias de la vida también puede frenar la entrega en nosotros: fatiga de la vida profesional, agotamiento debido a embarazos demasiado seguidos, preocupaciones originadas por la educación de los hijos, enfermedad, depresión. Sin embargo, la causa más frecuente reside, sobre todo, en nuestro pecado: pereza, egoísmo, repliegue sobre nosotros mismos, cólera etc.

La llamada a la entrega de nosotros mismos que nos conduce a desear el matrimonio se ve decepcionada con mayor frecuencia por la experiencia concreta de nuestra vivencia conyugal. Esperábamos damos por completo, esperábamos recibir a cambio la entrega total del otro, y lo que nos depara la experiencia es una entrega parcial, limitada, a veces miserable. También podemos tener la sensación de que nuestra entrega se ha visto traicionada: nos hemos entregado por nuestra parte sin cálculo ni reserva, sin esperar contrapartida, y tenemos la impresión de que esa entrega ha sido utilizada por el otro, que se ha aprovechado de ella de una manera egoísta, en su propio beneficio o, por lo menos, sin entregarse él mismo del mismo modo.

Entrega del cuerpo desviada de su finalidad, traición en el compromiso a la fidelidad, decepción debida a la mediocridad de una vida conyugal que habíamos soñado más bella, sensación a fin de cuentas de haber sido víctimas de abusos, de sentimos estafados, explotados. Estos sufrimientos son prácticamente inevitables y no podemos asumirlos más que asociándolos a los de Jesús en la cruz.

Porque la cruz no es otra cosa que el amor que no es amado, no es otra cosa que el amor sin límites al que no se da respuesta, no es otra cosa que una entrega que no es recibida. La entrega de nosotros mismos en el matrimonio no admite condiciones. No nos entregamos a condición de que el otro también se entregue, aunque lo esperemos. Nos entregamos en un clima de confianza, del todo: nos damos.

Siempre estaremos limitados, al menos por nuestro pecado, en la entrega de nosotros mismos, lo mismo que el otro. Podemos esperar que progresaremos, pero nunca llegaremos a la plenitud, porque subsisten en nosotros, indelebles, las consecuencias del pecado de los orígenes. Los pecados de egoísmo, de traición de la fidelidad prometida por el adulterio, lo más frecuente son las negligencias acumuladas, alguna pereza en el amor, alguna tibieza en la entrega de nosotros mismos, y todo esto hace que un día descubramos que, a fuerza de haber ido tomando del capital del amor, sin renovarlo, éste se revela dramáticamente agotado.

Las miserables protecciones humanas con que contábamos -estatuto social, reputación, patrimonio constituido en común, hábito de estar juntos- se revelan irrisorias e ilusorias: el amor ha muerto y puede estarlo de manera irremediable.

Juzgar es fácil; las realidades de la vida son con frecuencia más complejas. Puede suceder también que uno de los esposos sea traicionado por el otro, que se vea abandonado, y se encuentre solo para asumir la carga de los hijos. También se podrá decir en este caso que si se hubiera mostrado más vigilante, perspicaz, previsor, eso no hubiera pasado. En estas situaciones, se puede tener la impresión de haber malgastado la vida, que ésta ha perdido todo su sentido.

A primera vista, no hay nada que parezca aproximar el sacramento del orden al del matrimonio y podemos preguntamos qué viene a hacer una meditación sobre el sacerdote en el marco de estos esbozos sobre la espiritualidad conyugal. Todo parece, por el contrario, alejar el orden y el matrimonio, por no decir incluso que se oponen. El Catecismo de la Iglesia católica reúne ambos sacramentos en que los dos «están al servicio de la comunión y misión de los fieles» (n° 1211).

El sacerdote está consagrado al servicio de la Iglesia y configurado con Cristo, «Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey» (Catecismo, n° 1581), pero también lo está como Cristo en cuanto esposo de la Iglesia. Y aquí reside la razón más profunda de la justificación del celibato sacerdotal en la Iglesia latina. Porque si Cristo se entregó a la Iglesia como el esposo a la esposa, el sacerdote, que, por la gracia del sacramento del orden se convierte en un «alter Christus - otro Cristo», está llamado a entregarse del mismo modo, es decir, de manera nupcial (o «esponsal» para emplear la palabra de Juan Pablo II) y, por consiguiente, exclusiva, a la Iglesia.

Y así es una entrega nupcial de sí mismo la que el sacerdote hace a la Iglesia, asociado a la entrega nupcial del Cristo-esposo a la Iglesia-esposa, y esta entrega adquiere una dimensión casi camal. El celibato sacerdotal se revela así, no como una negación del valor del matrimonio, sino como la consumación plena de su significación. A partir de ahí, la figura del sacerdote se debe convertir para los esposos en la figura perfecta de la entrega de los desposorios, y el celibato del sacerdote está llamado a expresar el carácter absoluto de una entrega de desposorios.

El corazón del sacerdote, si quiere estar verdaderamente configurado con el de Jesús, no puede ser más que un corazón de esposo. Y por esa misma razón la entrega del propio ser en los desposorios es una entrega exclusiva que el sacerdote no puede dar más que a la única esposa de Cristo por estar asociado a Cristo en su ofrenda nupcial a la Iglesia. De esta entrega de sí mismo es de donde surge toda la fecundidad espiritual de su ministerio sacerdotal. El hecho de que el sacerdote sea testigo no hay que comprenderlo, en primer lugar ni únicamente, en un sentido jurídico. Se comprende así que celebrar un matrimonio pueda ser una gran alegría para un sacerdote, porque este matrimonio, al mismo tiempo que da nacimiento a una «Iglesia doméstica» (Lumen Gentium, n° 11), le recuerda su propia consagración nupcial como sacerdote-esposo con la Iglesia-esposa.






07/05/2015 09:00:00