Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La doble iglesia

Ministerio de enseñar, santificar y regir el pueblo de Dios


Es toda la iglesia la que es enviada al mundo. Y todos los miembros de la Iglesia hemos recibido esta misión, según las diferentes vocaciones, tiempo y dones del Espíritu. La nota de la apostolicidad de la Iglesia es muy importante, sobre todo en momentos en que, con frecuencia, se insinúa la teoria de la doble Iglesia.

Es como si hubiera una iglesia peregrina, pueblo de Dios en marcha, nada articulada y únicamente fundamentada por el bautismo; y otra Iglesia posterior, a veces impostora, que provendría de acontecimientos históricos posteriores y oscuros, y que, de alguna manera, se hubiera instalado y organizado jerárquicamente, logrando, con el paso del tiempo, una especie de poder nada evangélico.

Conviene por ello recordar que ha sido Cristo quien ha instituido y dado autoridad, misión, orientación y finalidad al ministerio eclesial: Cristo Señor, con vistas al gobierno y continuo incremento del pueblo de Dios, instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados por el bien de todo el cuerpo. Porque los ministros, que poseen la potestad sagrada, están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos los que forman parte del pueblo de Dios (...) lleguen a la salvación (LG 18).

Nadie puede darse a sí mismo el mandato y la misión de anunciar el Evangelio. De hecho, esto no depende de los propios méritos o sabiduría, sino que es don de Cristo. De Él reciben los ministros la potestad, la misión y la facultad de actuar en su nombre, mediante un sacramento propio. El sacramento del orden otorga al ministerio eclesial un carácter colegial, es decir, que todo obispo ejerce su ministerio dentro del colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro y jefe del colegio, y los sacerdotes ejercen el ministerio dentro del presbiteriado de la diócesis, bajo la dirección de su obispo.

Y, a la vez, pertenece a la naturaleza sacramental de este ministerio eclesial el hecho de que tenga un carácter personal. Cada uno de los ministros es llamado personalmente (Ju 21, 22), actuando en la persona de Cristo, por lo que el ministerio sacramental es un servicio colegial y personal ejercido en nombre de Cristo. Cristo instituyó a los doce como un colegio o grupo permanente al frente del cual puso Pedro; de igual manera el Papa, sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los apóstoles, se encuentran unidos entre sí (LG 22).

El ministerio pastoral de Pedro y los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia y es continuado por los obispos bajo el primado del Papa. El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio perpetuo y el fundamento visible de la unidad, tanto de los obispos como de los fieles (LG 23). No estamos, pues, ante opiniones que dependan más o menos de nuestra personal apreciación, sino ante los fundamentos de la Iglesia que Jesús quiso.

El ministerio de enseñar es ejercido por el magisterio vivo de la Iglesia (LG 12). La misión del magisterio es protegernos de desviaciones y desmoralizaciones, y la garantía de profesar sin error la fe auténtica. Los fieles deben dar a esta enseñanza ordinaria «el asentimiento religioso de su espíritu» (LG 25), que hay que distinguir del asentimiento de la fe, pero que lo prolonga (CEC 892).

El ministerio de santificar hace de la Iglesia el centro de la vida de los cristianos. Con la oración, el trabajo, la Palabra, los sacramentos y el ejemplo de vida, los ministros deben esforzarse en ser modelos para el rebaño (1 Pe 5, 3).

El ministerio de regir lleva los obispos a ejercer su autoridad en el espíritu de servicio al Maestro, para que con consejos y ejemplos, sean y actúen a imitación del Buen Pastor.

No existen, pues, dos Iglesias, una jerárquica o constitucional y otra carismática o espiritual, sino una sola, articulada de diferentes maneras, según el querer de Cristo. Esta supuesta estructura de poder, así como otras deformaciones del ser de la Iglesia, pueden significar una verdadera dificultad en nuestro conocimiento eclesial y cristiano.

En un determinado momento del crecimiento de nuestra fe y adhesión eclesial, la suficiente formación en aspectos históricos de la vida de la Iglesia: la inquisición, el proceso a Galileo, la violencia, los papas inmorales, las declaraciones referentes a la pena de muerte o de otras cuestiones discutidas, pueden sernos de gran ayuda. Sobre todo, sabiendo que, a menudo, muchas informaciones se nos ofrecen en un contexto muy lejano, incluso contradictorio, con los ojos de la fe con la que hay que mirar la Iglesia.

Puede ser muy útil estudiar algunos rasgos de estos momentos, tanto para formarnos una opinión acertada, como para aprender de la historia lo que no debemos repetir. El deseo de pedir perdón por los pecados históricos de la Iglesia está inspirado en un profundo amor a la verdad, que nos hace falta concretar y conocer muy bien. De otro modo, viviremos nuestra adhesión a la Iglesia de una forma condicionada y poco fecunda.





19/11/2015 13:00:00