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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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La experiencia del límite

San Juan Pablo II nos descubre la vocación del matrimonio como una verdadera llamada a vivir la espiritualidad conyugal


El matrimonio es un estado de vida en el que no podemos dejar de realizar la experiencia de nuestros límites, de los límites en nosotros, de los límites en el otro. La «escuela de la vida» que es el matrimonio es, en primer lugar, una escuela de los límites. Los límites del cuerpo del otro, que no es nunca un cuerpo ideal. Los límites del carácter, que tiene sus defectos y sus dependencias respecto a la educación recibida, a la historia vivida, a las heridas recibidas.

También están los límites de la inteligencia y hasta de la vida de fe. Para empezar, es preciso que aceptemos estos límites que anidan en nosotros y en el otro. Más aún, debemos amarlos. Y para ello, hemos de empezar por perdonarlos. En querer o, simplemente, en esperar cambiar al otro consiste la gran ilusión del matrimonio. El otro es como es, con todos sus límites y es, ese otro, real. Estos límites no se revelan siempre de inmediato. Por muchos esfuerzos que hagan los novios para expresarse el uno al otro tal como son, sabemos muy bien que el estado de enamorado no favorece la lucidez.

En consecuencia, es prudente y honesto que los novios se apliquen a revelarse mutuamente con sus debilidades y sus heridas, al menos con aquellas de las que tienen conciencia, y que sean consideradas de verdad. Nunca lo serán del todo y el «sí» que se dice al otro el día del compromiso matrimonial no es nunca un sí pronunciado con total conocimiento de causa. En este sentido, el matrimonio es una experiencia cruel, pero notable, de verdad sobre nosotros mismos. Y, por consiguiente, también es una escuela de humildad. Al vivir junto al otro de manera permanente, el camuflaje se hace imposible y las protecciones que en ocasiones nos las ingeniamos para fabricarnos en tomo a nuestros límites se hunden inevitablemente una tras otra. 

Todos los grandes autores espirituales coinciden en reconocer que la vida mística está sembrada de pruebas, que constituyen otras tantas etapas en la maduración de la vida espiritual. Noches de los sentidos en las que el alma ya no siente el gusto de la oración, en que la vida espiritual parece perder todo sabor y toda atracción, noches del espíritu que corresponden a grandes y dolorosas experiencias de oscuridad de la fe. ¿Por qué habría de estar exenta la vida conyugal de estas pruebas de purificación que permiten al amor alcanzar su plena madurez, si la vida conyugal es una auténtica vía de santidad?

La noche de los sentidos se revela muy raramente al comienzo de la vida conyugal. ¡Que los novios y los recién casados que sienten júbilo en sus arrebatos amorosos se alegren de ellos y los aprovechen! Con frecuencia no es sino al cabo de varios años cuando puede llegar una noche de los sentidos: se deja de «sentir» que se ama al otro, porque la intensidad del sentimiento amoroso se difumina. Las más recientes investigaciones en sexología establecen que el sentimiento amoroso es un fenómeno complejo debido a una multiplicidad de factores, pero que no resistiría más allá de unos treinta y seis meses como media.

Apatía puede ser consecuencia de una especie de amodorramiento en la rutina y a lo sumo una especie de pereza del amor. Nos hemos dejado coger por las preocupaciones profesionales, por la atención a los hijos, por compromisos de todo tipo y hemos acabado por olvidar que debemos tomarnos tiempo para nosotros como pareja. Ahora bien, ¿y si, a pesar de todo, persiste ese estado? Tal vez sea que ha llegado el momento de proceder a una purificación del amor, que es, al mismo tiempo, una prueba de madurez y de verdad; que ha llegado el momento de descubrir que amar es mucho más que sentir que se ama.

¿Cuándo amamos verdaderamente? Cuando buscamos ante todo el bien del otro, es decir, cuando nos descentramos de nosotros mismos mediante un movimiento altruista. El amor se convierte entonces en amor de benevolencia («bene-volencia»). El amor de benevolencia, al desear en primer lugar el bien del otro, puede conducirnos a sacrificar nuestra propia voluntad a la del otro y a encontrar alegría en ello. «No mi voluntad, sino la tuya» y, en este sentido, incluye, si no necesariamente una dimensión sacrificial, sí al menos una dimensión resueltamente oblativa.

Ninguna de estas maneras de salir de uno mismo para ir hacia otra persona, persiguiendo su bien, va tan lejos como el amor esponsal. "Entregarse" es más que "desear el bien", incluso en el caso de que, gracias a esta voluntad, el otro ‘yo’ se vuelva en cierto modo el mío propio, como ocurre en la amistad. El amor esponsal, el amor de los desposorios, es esa forma última del amor a la que están llamados los esposos y a ese amor es al que se comprometen -sin que tengan siempre una clara conciencia del mismo- con la fórmula sacramental del matrimonio: «Yo, N, me entrego a ti».

El matrimonio le compromete a esta entrega de sí mismos en la consagración al otro. Cuando se apacigua o se debilita esta emoción, viene el tiempo de que los esposos caigan en la cuenta de que se encuentra ahí el sentido profundo de su compromiso en el matrimonio sacramental. La noche de los sentidos puede revelarse así como una etapa saludable de crecimiento en la madurez del amor.

La noche del espíritu sucede en el plano de la inteligencia y ya no sólo en el plano de la sensibilidad o de la afectividad. Se trata de la prueba suprema del crecimiento del amor, que no sobrevive esta vez más que exclusivamente por la determinación de la voluntad respecto a la fidelidad jurada. La inteligencia deja de comprender (ya no sabe si ama), o se niega a comprender; no subsiste más que la pura fuerza de la voluntad. Tenemos aquí una prueba inexpresable del amor, una prueba de la vida o de la muerte, un combate espiritual que exige ante todo recurrir a las armas de la oración.

Para amarte fielmente a pesar de todo, aunque ya no sepa que te amo, aunque ya no sepa si tú me amas, aunque ya no comprenda nuestro matrimonio, aunque mi sensibilidad se rebele, aunque te reproche que no me comprendes, aunque me reproche a mí mismo que no te comprendo. La fidelidad absoluta, sin condiciones, a pesar de todo lo que nos empujara a romper el juramento que hicimos. Una fidelidad mantenida, no «a causa de los hijos», tampoco por miedo al qué dirán, ni por conformismo familiar o social; únicamente a causa de la entrega de nuestro ser, total y sin retomo, hecha un día y para siempre.

Se encuentra aquí la última purificación del amor y la prueba suprema de su verdad. Es el momento en que el matrimonio no se mantiene más que por obra de la voluntad que persiste en decir sí, aun cuando la inteligencia haya dejado de percibir las razones de este consentimiento. Es asimismo el momento en que el tentador tiene posibilidades de desanimar a los esposos y desviarlos de esta entrega sin condiciones de su propio ser a la que dieron su consentimiento. El mismo Jesús conoció esta noche del espíritu en el último momento de su ofrenda redentora, en el momento en el que culminaba la consumación de sus desposorios con la Iglesia-esposa, en la cruz: «Padre, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es posible que tengamos miedo de esta prueba última de la purificación del amor. Es algo normal. El mismo Jesús tuvo miedo de ella. Incluso es legítimo pensar que, en medio de la angustia que le abarcaba en Getsemaní hasta hacerle sudar sangre.

En tanto no nos hayamos perdonado a nosotros mismos nuestros propios límites y hayamos perdonado los suyos al otro, no podremos llegar a la verdad de la entrega de nosotros mismos. Eso exige que aceptemos, en primer lugar, que tenemos un cuerpo, y no soñar con que somos un puro espíritu. Cuántas desavenencias conyugales provienen del hecho de que no nos aceptamos realmente encamados. Aceptar que tenemos un cuerpo exige asimismo que aceptemos tener ese cuerpo, el que se nos ha dado, con sus imperfecciones y sus límites, porque ese cuerpo es el que nos ha dado Dios para permitir que nos entreguemos.

Tenemos que aceptar asimismo el cuerpo del otro tal como es, a fin de recibir plenamente la entrega del otro y, por consiguiente, perdonar al otro los límites de su cuerpo para verlo como medio de su entrega. Probablemente nunca se dirá bastante el mal que producen en nosotros las idealizaciones del cuerpo. Y de este modo es como tenemos que mirar y amar el cuerpo del otro: como un revelador, como un «testigo» de su persona hecha para la entrega. Así llegamos incluso a amar ciertas «imperfecciones» del cuerpo del otro, precisamente porque son las suyas y expresan el modo de ser único que él o ella es. Tenemos aquí un signo auténtico de la madurez del amor.

Debemos perdonar continuamente a nuestro cuerpo, para amarlo más y permitirle entregamos mejor, y perdonar al cuerpo del otro para permitirle ser mejor recibido. Eso es algo que hemos de hacer en todas las edades de la vida, y esa mirada debemos cultivarla bajo la mirada de Dios. Esta educación (o reeducación) de la mirada es esencial al amor, porque nos permite considerar realmente a la persona del otro como un don. Las huellas que dejan los embarazos y los partos en el cuerpo de la esposa dejarán de ser consideradas como desgracias, para verlas como motivos de acción de gracias por el don que significan; las arrugas hundidas en el rostro del esposo ya no serán causa de nostalgia, sino ocasiones para la contemplación de una vida que ha sido entregada.

Los esposos irán aprendiendo así poco a poco a no considerar su cuerpo a través del reflejo del espejo, sino únicamente a través de la mirada del otro, que quedará maravillado ante una belleza única y sin par, y que sólo él o sólo ella será capaz de percibir. El matrimonio está destinado a cultivar en nosotros esta sed de la entrega total, a educarla, a hacerla crecer y madurar hasta su plena satisfacción, algo de lo que sólo es capaz Dios. En este sentido, el matrimonio es una mediación, una mediación de la que están exentos aquellos que han recibido la vocación al celibato, es decir a la entrega de ellos mismos a Dios ya desde esta tierra. El perdón es precisamente lo que permite la perpetua restauración de la comunión. Es preciso pasar por el perdón solicitado de una manera incansable, concedido de una manera generosa -setenta veces siete- a fin de preservar la comunión. El perdón no se presume; se pide, humildemente, y se comunica, de manera explícita. La comunión en el matrimonio se va convirtiendo, de perdón en perdón, en más verdadera y más radical, aún cuando siempre siga siendo imperfecta, como haciendo cada vez más profunda en nosotros la sed de una comunión más total de la que el mismo Dios será, en el último día, objeto y causa a la vez.






23/04/2015 09:00:00