Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La fe es un acto de amor

El asentimiento seguro y la imquietud de pensamiento son inherentes al acto de fe


No es que el creyente crea únicamente porque quiere creer, en el sentido de buscar la satisfacción de un deseo o de la proyección de unas necesidades. Ciertamente esto sería irracional. Es lógico que los contenidos de la fe le afecten como objetos de esperanza o de deseo. Pero éste no es el motivo formal de querer creer.

Ahora bien, si no es ni la libertad ni la evidencia racional ¿cuál es la razón de querer creer? La razón de querer creer es la persona del testigo. El creyente quiere al testigo, lo ama, lo quiere en la medida en que tiene por cierta su palabra, lo quiere porque desea la unión espiritual con quien le habla, lo quiere porque quiere ver todas las cosas como él las ve y lo quiere porque es bueno hacerlo así. Como diría Newman, «creo porque amo».

Cualquiera que hable a otro le está ofreciendo una cierta unión con él, y quien escucha, la acepta. Sólo así se crea una común posesión y participación en el conocimiento del otro. Esta adhesión y donación amorosa no se apoya en la fe sino que es la causa de la fe.

De hecho, decir que es mejor saber fiándose de otro en lugar de no saber nada no va contra el deseo de conocer sino contra el orgullo de conocerlo todo por uno mismo. Las reglas del racionalismo no sirven para este tipo de conocimiento de fe que va más allá de ellas.

Dios es la única Verdad Absoluta y aquello que Él nos dice es verdadero. Por ello la fe es totalmente segura: porque es la adhesión y el asentimiento a esta única posibilidad. De esta forma podemos decir que en la fe no es posible la duda objetiva sobre si lo que creo es verdad o no; pero también es cierto que la fe no se fundamenta en la evidencia, y por tanto, permite la inquietud de pensamiento.

En la fe del creyente es posible interrogarse, buscar, investigar, aspirar a aquello que aún no hemos alcanzado. También la duda y la opinión son intranquilas. Pero en el caso de la fe se encuentran los dos elementos juntos: el asentimiento seguro y la inquietud de pensamiento, y ambos con igual fuerza.

Se trata de un pensar que no trae paz, aunque sea un asentimiento inconmovible en el que no es posible la duda. En la fe, el espíritu es fijado sin la evidencia por el querer de la voluntad. El asentimiento viene de la voluntad y por firme que sea, no pone fin a la investigación inquieta pero insatisfecha. Lo que es importante es descubrir que la duda aparece por falta de firmeza en el asentimiento y en cambio, la inquietud de pensamiento sólo se da precisamente si el asentimiento es cierto.

Es justamente quien se fía y no ve, quien cree con seguridad aquello que no tiene, quien está inquieto. Precisamente porque cree sin reservas, le deja intranquilo un conocimiento que le manifiesta la realidad y al mismo tiempo se la esconde.






08/10/2015 09:02:00