Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La justicia misericordiosa de Dios

El riesgo de considerarse impecables


4. La justicia misericordiosa de Dios

Durante siglos, la parábola fue leída contra la religión judía: el fariseo era equiparado al judío y el recaudador al cristiano. Bien mirado, Jesús ha pretendido poner en escena dos modalidades contrapuestas de relacionarse con Dios y con el prójimo, que se pueden verificar en cualquier ámbito religioso, incluida la Iglesia.

El riesgo de considerarse impecables y la exigencia de desacreditar a los otros para enaltecerse pertenece, desgraciadamente, al género humano, al margen de la religión que se profese. Sobre la lectura equivocada de la parábola, tal vez haya tenido un papel determinante el prejuicio que considera al judaísmo como una religión de méritos y al cristianismo como la religión de la gracia. Así se corre el riesgo de presentar un retrato falseado del Antiguo Testamento, como si éste confesase a un Dios distinto al de Jesucristo y al de las primeras comunidades cristianas.

En realidad, en el Antiguo Testamento, la justicia de Dios está referida a la salvación y a la misericordia, como canta el profeta Oseas: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión» (Os 2,21). Para el Salmo 145,7-8 las generaciones de los hombres que se suceden en el tiempo: [...] Difunden la memoria de tu inmensa bondad, y aclaman tu justicia. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

La Regla de la Comunidad 11,11-12 de Qumrán contiene una estupenda oración sobre la justicia misericordiosa de Dios:

En cuanto a mí, si tropiezo, la misericordia de Dios será mi salvación por siempre;
si caigo en la culpa de la carne, en la justicia de Dios, que permanece eternamente, estará mi juicio.

Estamos a una distancia abismal de la visión de un Dios que se limita a juzgar al hombre por su pecado. El pecado es el pecado y no hay que confundirlo nunca con el bien; pero la justicia de Dios es justicia cuando se transforma en la misericordia y en la remisión de los pecados.

El Antiguo y el Nuevo Testamento están traspasados por una justicia que revela el rostro misericordioso de Dios, sin confundir nunca el bien con el mal, sino transformando el mal en bien. Todo lo que Jesús ha ilustrado con la parábola del fariseo y el publicano, Pablo lo ha explicado dejándose alcanzar por el amor de Cristo. El escándalo que Jesús provoca en todos los que piensan que son justos está potenciado por el de la cruz: «A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21). Con su cruz, Jesús ha sido hecho pecado para que la justicia de Dios llegue a todos, estableciendo con cada uno una relación justificada. La parábola del fariseo y el publicano nos sitúa a cada uno ante una enorme paradoja: el pecador es justificado, mientras que no puede decirse lo mismo del justo presuntuoso. Donde está el juicio hacia el otro desaparece la justicia de Dios.






20/10/2016 09:00:00