Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La misericordia en la liturgia

Signos de la bondad divina


Las oraciones de la liturgia transmiten, en el entero año litúrgico y en los sacramentos administrados, la inmensa misericordia del Señor, o como memoria de los gestos de salvación del Redentor, o también como sacramento y ejemplo en la vivencia cristiana cotidiana. La liturgia, en efecto, comprendiendo toda la vida de Jesucristo desde el nacimiento a la ascensión, se despliega como sacramento de salvación de generación en generación, como lo expresa san León Magno: «el sacramento de la fiesta de hoy pertenece a los tiempos de cada fiel» (Sermón 38,1). El año litúrgico, por tanto, desde el papa León Magno, es indicado, desde Navidad a Pentecostés, como medio de la comunicación de la salvación a los creyentes, o sea, «de la atrayente misericordia de Dios».

Explicaba en un discurso al pueblo: «En todos los días y tiempos son puestos ante nosotros los signos (signa) de la bondad divina, y no hay parte del año que no sea familiar a los sagrados misterios a fin de que, mientras en cualquier parte nos encontramos con las ayudas para nuestra salvación, atendamos siempre más ávidamente a la atrayente misericordia de Dios» (Sermón 49,1).

Explica igualmente san Cirilo de Jerusalén en su Catequesis 20: «En el terreno de las realidades físicas nosotros no estamos muertos, ni sepultados, ni crucificados y tampoco resucitados. Sin embargo, hemos representado estos acontecimientos en la esfera sacramental y así ha brotado de ellos realmente para nosotros la salvación. Cristo, en cambio, fue verdaderamente crucificado y verdaderamente sepultado y resucitó verdaderamente, también en la esfera física, y todo esto ha sido para nosotros don de gracia. «Vista la generosidad de Dios, era consecuente que implorásemos de él también la clemencia. ¿De qué valdría, en efecto, el alimento corporal si ante él estuviéramos luego en la condición del buey destinado al matadero? El Señor sabía bien que era el único sin pecado, por eso nos exhorta a orar así: “Perdona nuestras ofensas”». Las oraciones de la liturgia transmiten, en el entero año litúrgico y en los sacramentos administrados, la inmensa misericordia del Señor, o como memoria de los gestos de salvación del Redentor, o también como sacramento y ejemplo en la vivencia cristiana cotidiana.

La liturgia, en efecto, comprendiendo toda la vida de Jesucristo desde el nacimiento a la ascensión, se despliega como sacramento de salvación de generación en generación, como lo expresa san León Magno: «el sacramento de la fiesta de hoy pertenece a los tiempos de cada fiel» (Sermón 38,1). El año litúrgico, por tanto, desde el papa León Magno, es indicado, desde Navidad a Pentecostés, como medio de la comunicación de la salvación a los creyentes, o sea, «de la atrayente misericordia de Dios».

Continua san Cirilo de Jerusalén en su Catequesis 20: « De este modo, en efecto, partícipes de su pasión mediante la representación sacramental, podemos realmente obtener la salvación» (Mistagógica 2, 4-6). Los textos de la liturgia explicitan la revelación de Jesús, conservada por el evangelista Juan: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo [...] no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

La liturgia, por ejemplo, del triduo de Semana Santa, transmite la misericordia del Salvador en una concentración particular, haciéndonos partícipes de su pasión. A propósito del bautismo, explica san Cirilo de Jerusalén en su Catequesis 20: «Sabemos que el bautismo, como puede liberar de los pecados y obtener el don del Espíritu Santo, así también es figura y expresión de la Pasión de Cristo. Es por eso que Pablo proclama: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte” (Rom 6,3-4a)» (Mistagógica 2,6).

Y vamos al triduo pascual. El jueves santo, en el perdón de Jesús que, en la persona de quien preside la santa asamblea, lava, seca, besa los pies de los penitentes, es signo de la reconciliación dada otra vez por Dios y por la comunidad de fe a quien ha caído en alguna grave falta de fidelidad cristiana. Después de un período de penitencia, en efecto, los penitentes, en el día del jueves santo, eran readmitidos en la comunidad y, con todos los demás, participaban otra vez en la Eucaristía. Se trataba de reconciliar al que había caído en el pecado: de haber renegado o roto, con el cisma o la herejía, la fe profesada en el bautismo; o de haber cometido un homicidio (comprendía en el tiempo patrístico también el crimen del aborto y, en algunas zonas, también el de haber matado a alguien en el servicio militar); o de haber roto el vínculo conyugal. Conocemos estos pecados sujetos a la penitencia pública porque se conservan las listas de los mismos.

El gesto del lavatorio de los pies afectaba profundamente al penitente, en manifiesta búsqueda de misericordia por parte de su comunidad de fe, como cada participante de la divina liturgia, llamado a tener misericordia de un hermano suyo en la fe, que había faltado a las promesas bautismales. Para todos se perfila-ba, en la figura del presidente de la asamblea litúrgica, la figura del humilde Jesús que se inclina sobre mí, penitente, me lava, me seca, me pone la mano sobre la cabeza en señal de acogida, me toma de la mano, me levanta, me abraza, me besa. Se repite el gesto del Padre misericordioso del Evangelio. Es como si el hombre dijese a Dios ¿por qué me amas? Y Dios, abrazándonos, responde: has vuelto, hijo mío, y se enjuga las lágrimas tratando de esconderlas. Son la misericordia. La liturgia de Milán fue tan seducida por el gesto del lavatorio de los pies que lo elevó a sacramento, es decir, un gesto de salvación entregado a la comunidad cristiana por el mismo Salvador.

El jueves santo hace memoria, además, del gesto del don de Jesús resucitado en la Eucaristía, convirtiéndose en nuestro pan bendito que nos nutre y se transforma en nuestra ofrenda espiritual, como pan de la misericordia del corazón de Cristo. El penitente volvía a sentarse a la mesa de todos, la eucarística.

El viernes santo, la comunidad de los creyentes hace memoria del gesto supremo de Jesús de donarnos su vida hasta morir por nosotros en la cruz. La cruz, en efecto, es el lugar de la vida, el lugar en el que el Padre hace nacer en el Elijo la misericordia por la pobre humanidad. «Perdónales —oró al Padre Jesús moribundo— porque no saben lo que hacen» (Le 23,34), mientras era herido por la mano misma de aquellos que amaba. Toda relación de amor deja una puerta abierta a la vulnerabilidad, es decir, a la posibilidad de ser heridos. Recordar esto, no huir de esta vulnerabilidad, es prepararse ya para el momento de la misericordia, porque estamos hechos para la vida, aunque, a veces, busquemos la muerte. Todo esto es saber ceder a la ternura de Cristo que, ensangrentado, en su misericordia me sale al encuentro para abrazarme.

El sábado santo recuerda el descenso de Jesús a los infiernos, cuando el Salvador llevó la misericordia a nuestros padres, tomando de la mano a Adán y Eva para conducirlos a ellos y a todos los otros arriba, a la vida, como está representado en la iglesia de san Salvador in Cora en Constantinopla (Estambul). El domingo de Pascua su misericordia se expande sobre toda la humanidad, como los cristianos de las comunidades joánicas sintetizaron en el monograma de la cruz, o sea, de la luz y de la vida.






10/11/2016 09:09:00