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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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La oración de la misericordia

El Padrenuestro


El «Padrenuestro»: la oración de la misericordia

La educación cristiana en la misericordia halló, en la antigüedad cristiana, un espacio cotidiano en el comentario a la petición del Padrenuestro, «Perdona nuestras ofensas» (Mt 6,12). La oración del Señor (el Padrenuestro) era utilizada, en las comunidades cristianas latinas, como síntesis de la catequesis sobre la oración para los neo-bautizados por medio de dos ritos: el rito de la entrega de la oración del Señor al bautizando y el rito de la devolución de esta oración (en latín los ritos de la traditio-reddi-tio orationis dominicae). El rito de la entrega preveía la lectura de cada petición del Padrenuestro con una breve explicación; el rito de la devolución era la recitación de memoria del Padrenuestro por parte del candidato. Su significado principal era ayudar al nuevo cristiano a tener un coloquio permanente con Dios nuestro Padre para pedirle ser capaz de observar las promesas bautismales, profesadas con el Credo.

En este contexto, en el ámbito de la petición «perdona nuestras ofensas» se educaba al catecúmeno a vivir de la misericordia. Esta oración explicitaba la posibilidad para el nuevo candidato al cristianismo, de poder siempre dirigirse a Dios en el cotidiano fracasar de la existencia, para poder siempre recomenzar. Esta educación constituía, para los Padres de la Iglesia, la síntesis del mensaje de Jesús. ¿Qué puede, en efecto, esperar un corazón humano, nacido para vivir eternamente con Dios, sino una inmensa piedad para sus heridas siempre abiertas, y la misericordia de Dios que, vendándoselas, se las cicatrice, ayudándole de esta manera a continuar viviendo? Los comentarios a la petición del Padrenuestro,

«Perdona nuestras ofensas» (entre los más conocidos en la Iglesia los de Tertuliano, Orígenes, Cipriano y Agustín), fueron escritos para que esta esperanza se convirtiese en propia de cada creyente, como de todo hombre llamado a la fe cristiana. Ha dejado escrito san Cipriano de Cartago: «Es algo verdaderamente necesario, providencial y saludable, que se nos recuerde nuestra condición de pecadores: así, inducidos a orar por nuestros pecados, mientras pedimos perdón de ellos a Dios, nos acordamos de aquello que somos [...]. Cuando confesamos nuestros pecados, Dios, fiel y justo, nos los perdona. Con esto él nos recuerda dos cosas: el deber de orar por nuestros pecados, y el deber de impetrar este perdón con la oración.

Le proclama fiel al Señor en el perdonar los pecados, es decir, tiene fe en su promesa porque, mientras nos ha enseñado a orar por las deudas y los pecados, nos ha prometido también su paterna misericordia y el perdón que nos viene de ella». La catequesis a los neo-bautizados sobre la oración del Padrenuestro tendía principalmente a dos objetivos: educar a los neo-cristianos en tomar conciencia de la realidad de cada hombre, todos necesitados de misericordia, y en la pertenencia a la comunidad cristiana, una Iglesia hecha de hombres venidos de todas partes así como son y educados por ella en la misericordia de Dios por el hombre y en la misericordia recíproca, o sea, en la esperanza de una fundada confianza de poder siempre recuperarse de los propios fracasos bautismales, de cualquier naturaleza y gravedad.

Animaba san Agustín a los neo-bautizados en su discurso del Padrenuestro: «Escuchadme [...] estad seguros de que se os perdonará todo: sea lo que habéis contraído viniendo a la vida con el pecado original, por el que junto a los pequeños corréis a la gracia del Salvador; sea cuanto vosotros mismos en la vida habéis añadido con palabras, obras y pensamientos. Os será perdonado todo» (Ser. 56,9,13). La conciencia del mal, del posible fracaso, que cada uno lleva dentro, se traduce en la vida del cristiano en relaciones de misericordia y de ayuda recíproca en el liberarse del mal en el que cotidianamente se incurre, no deteniéndose, por tanto, más de lo necesario en juzgar, viviendo, en consecuencia, relaciones de negatividad con los propios semejantes.

La misericordia nos empuja a encontramos en lo humano que nos iguala. Los hombres con la misericordia ya no actúan bajo las fuerzas del mal (juzgándose, odiándose, matándose), sino, viéndose y descubriéndose pecadores, rezan juntos: «Perdona nuestras ofensas». La invocación de la oración del Señor, «Perdona nuestras ofensas», se enseñaba al catecúmeno a rezarla cotidianamente en la confianza de que el hombre puede siempre dirigirse a Dios, porque El, misericordia, está de parte de quien cae, resucitándole de generación en generación. A la prisión del corazón humano, falto de luz, desciende siempre, por tanto, la paterna y misericordiosa, piadosa mirada de Dios que lo ilumina con su luz, no poniendo delante los pecados del hombre sino introduciendo a cada uno en el calor del abrazo de su luz. Los cristianos, por tanto, eran educados en la posibilidad cotidiana de ser perdonados, de recibir un gesto de misericordia, necesario al hombre como el pan para vivir, el agua para saciarse. Sin esta posibilidad la misma liberalidad de Dios no tendría sentido, porque el hombre se encontraría, como explicaba el catequista de Cartago,

Tertuliano, a los catecúmenos, en la condición de un buey destinado a ser muerto. Escribe textualmente: «Vista la generosidad de Dios, era consecuente que implorásemos de él también la clemencia. ¿De qué valdría, en efecto, el alimento corporal si ante él estuviéramos luego en la condición del buey destinado al matadero? El Señor sabía bien que era el único sin pecado, por eso nos exhorta a orar así: “Perdona nuestras ofensas”».






03/11/2016 09:00:00