Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

La unidad personal


La negación de la unidad sustancial de la persona se ha podido afirmar desde posiciones muy distintas. Cabe recordar, por ejemplo, las filosofías de Platón o Filón de Alejandría que admitieron la existencia de varias almas, o bien el fenomenismo psicológico en la que no hay ninguna sustancia que sea soporte identitario de todos los hechos o asociaciones psicológicos. Según esta opinión, en la persona no existiría nada auténticamente permanente sino que la persona sería más bien un proyecto en constante construcción que finalmente queda disuelta en su propia actividad personal.

Pero sin duda son los dualismos las tendencias que han roto de una forma más tajante con la unidad de la persona humana. Para Platón y Descartes, por ejemplo, la unión de alma y cuerpo es meramente accidental. Para éste último, el alma no solo está como “prisionera” de su propio cuerpo, sino que es una “res cogitans” que mueve el cuerpo al que está unido por la glándula pineal. No es la primera vez que las metáforas de que somos como el capitán de nuestro buque sugieren esta falta de unidad integral.

Por el contrario la tradición aristotélica fue más fiel en la defensa de la unidad sustancial del hombre, que, formaría una unidad total compuesta de dos coprincipios sustanciales: cuerpo y alma. Así el ser vivo tendría dos dimensiones: una materia orgánica y un principio vital que organiza y vivifica esta materia. El alma no sería un elemento inmaterial preexistente que se une a un cuerpo preexistente pero inerte, ya que el cuerpo sin el alma no sería un cuerpo organizado ni vivo.

Aún así, como veremos, la auténtica superación de los dualismos antropológicos estará ligada a la capacidad de reconocer en un tercer elemento la unión e identidad que posee toda persona humana. Este tercer elemento no será una característica más de la naturaleza humana, sino el ser.

Efectivamente, la existencia o acto de ser será el elemento que, definitivamente, confiera unidad a todo el compuesto humano, unidad en el transcurso del tiempo y dignidad ontológica previa a cualquier actuación posterior, ya que cualquier acción tendrá el supuesto existencial como fundamento de su actuación.

El ser vivo se caracteriza porque se mueve a sí mismo. La automoción se convierte en una señal de unidad del ser vivo, al igual que ocurre con la autorrealización. Efectivamente vemos que el ser vivo tiene un grado muy notable de unidad interna. Es cierto que esta unidad puede darse en distintos grados o niveles, ya que no es el mismo grado de inmanencia el que se da en la vida únicamente vegetativa, y que descubrimos en los actos de nutrición, de crecimiento o de generación, que los que descubrimos en la vida sensitiva en los que a menudo se rompe el esquema o circuito que hay entre el estímulo y la respuesta.

Está muy claro que un animal puede optar o decidir el mejor medio para satisfacer sus necesidades vitales, moverse de un lugar u otro y preferir escapar ante el peligro o esconderse de él. Cuanto mayor sea el nivel de unidad mayor serán los síntomas de autonomía en los que se ejerce la vida. (...)
 






04/06/2015 09:00:00