Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Libres del mundo I

La verdadera libertad cristiana no actúa ni por conformismo ni por rebeldía con el mundo presente


Cristo afirmó no ser del mundo. “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (Jn. 8,23). Más aún, se declaró a sí mismo vencedor de un mundo hostil: “Yo he vencido al mundo” (16,33). Pero debemos precisar tres significados distintos de “mundo”. En primer lugar, existe el mundo en cuanto cosmos, creación u obra de Dios; en segundo lugar, el mundo como pecador al cual Dios ofrece la salvación que tanto necesita; y en tercer lugar, existe el mundo en cuanto enemigo de la santificación cristiana, es decir, la humanidad que rechaza la salvación de Jesucristo.

Según esto, el cristiano ha de vivir en el mundo en cuanto cosmos, ha de amar al mundo pecador, sin hacerse su cómplice, y ha de vencer al mundo en tanto que es enemigo del Reino de Dios. El hombre carnal depende mucho del mundo en el que vive y se deja influenciar por él en sus modos de sentir, de hablar y de actuar. San Pablo afirma: “Mientras fuimos niños, vivíamos esclavizados bajo los elementos del mundo” (Gal. 4,3). Por otra parte, la sociología actual nos ha confirmado de muchas formas que el deseo de agradar, de recibir aprobación, o el miedo a disentir de los demás etc. puede condicionar nuestras decisiones.

Muy a menudo la masificación ambiental configura nuestros criterios positivos o negativos sobre muchas cuestiones que afectan a nuestro crecimiento espiritual. Únicamente en la medida en que vivamos en la indiferencia respecto del mundo podremos actuar libremente movidos por la fe y ajenos a los criterios del mundo. Nuestros comportamientos individuales se ven constantemente afectados por la aprobación o la reprobación social y esta presión, que en ocasiones puede ser muy intensa, pueden repercutir en una interpretación o discernimiento de nuestros actos en comparación con lo que ocurre a nuestro alrededor. Muy a menudo la carencia de una auténtica respuesta personal puede verse disimulada por la opinión mayoritaria o la de un grupo bien caracterizado.

Los individuos suelen asumir ciertos roles que funcionan como pautas conductuales y que la sociedad nos da perfectamente estructurados. Precisamente la aceptación acrítica de muchos de estos roles por parte del individuo suele conducirnos en muchos casos a la mediocridad. De modo parecido actúan sobre nosotros las expectativas que de modo inconsciente pueden afectar nuestras decisiones. Es cierto que habitualmente las necesidades físicas quedan menos sujetas a estas expectativas que las psicológicas que se ven muy alteradas por el medio en que vivimos.
 
La necesidad de conservar lo viejo o de adquirir cosas nuevas, la necesidad de participar en todo o de no meterse en nada son conductas que suelen ser condicionadas por nuestro entorno social. El cristiano que quiere colaborar con el Espíritu Santo necesita verse libre de todos estos lazos en el momento y el modo de decidir lo que debe pensar o hacer. Simplemente descubriendo la fuerza que hoy tienen los medios de comunicación nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de mantenernos libres de toda esta influencia social que pesa sobre nuestra libertad. Por otro lado, estos influjos solemos recibirlos de un modo inconsciente. Muchas personas están convencidas de que sus convicciones parten de opciones personales, conscientes y libres y muy pocas advierten la fuerza que tienen estos mecanismos sociales a la hora de mantener sus propios criterios. Los lazos invisibles del mundo son suaves y sutiles y no siempre los percibimos como ataduras.

Existe una gran diferencia entre el influjo de la fe y el del mundo en la persona humana, ya que, mientras que el influjo de fe únicamente es percibido por una conciencia que esté vigilante y atenta, la influencia del mundo es mucho más activa cuanto más dormida o abandonada a la inercia esté la conciencia de la persona. El hombre sometido a este influjo del mundo reacciona con actitudes que van desde el conformismo hasta la rebeldía, pero, en el fondo, estas dos posiciones se parecen mucho ya que ambas se construyen en referencia a un cuadro social exterior. Ya sea por temperamento o por educación el individuo se suma al conformismo o a la rebeldía sin ninguna elaboración consciente. Únicamente viviendo en Cristo puede la persona alcanzar la perfecta libertad del mundo.

La verdadera libertad cristiana no actúa ni por conformismo ni por rebeldía al mundo presente, sino que su independencia nace del deseo de la verdad, no se fija en las cosas visibles ni les concede importancia sino que, mirando las realidades eternas, quiere vivir con independencia de decidir lo que mejor le parece en relación al mundo presente. El hombre normal, habitualmente vive con fidelidad su propio ser; el hombre corriente está lejos de la fidelidad a sí mismo y en cambio se adapta sin temor al medio al que vive, y, por último, la persona neurótica ni se adapta a su ser ni al medio en el que vive.
 
Pues bien, digamos que el normal es independiente, el corriente es conformista, y el neurótico es rebelde. El cristiano debe ser un hombre normal e independiente. Es un hecho que la moda cambia ya que todo lo que es temporal es incompleto y mientras señala unos aspectos, olvida otros. De ahí que las modas con el paso del tiempo consigan cansarnos y a menudo nos desengañen. La moda cambia porque la moda es una aceptación del tiempo que trascurre irremediablemente. La ley cambiante de la moda explica que pueda pasarse de esquemas autoritarios a otros más liberales casi imperceptiblemente y vuelta a empezar. Es normal que los valores sujetos a la moda estén en alza o en baja constante, ya que son valores temporales que idealizan el paso del tiempo. Si alguna cosa hay de permanente en la moda es, únicamente, la adulación constante del presente por parte del hombre carnal.

El hombre mundano sigue siempre la moda, la que sea. Un día sigue los regímenes autoritarios, y al día siguiente, porque ya no está de moda, afirma ser demócrata “de siempre”. El individuo, por su gran necesidad de afiliación social se deja arrastrar por la moda que le presenta el mundo y configura sus criterios de acuerdo con el cuadro social en boga. Está claro que la socialización tiene aspectos positivos ya que nos permite heredar una tradición y sentir que formamos parte de una comunidad, pero, por otro lado, retrasa o anula la verdadera vida personal con la que podríamos acceder a valores más altos y que quizá no estén presentes en el entorno más cercano. Por otro lado el aislamiento social produce en el individuo una situación difícil ya que, desprovisto de los datos y estímulos que dependen de la vida en común, es difícil desarrollar una personalidad armónica. Es evidente que necesitamos encontrar un equilibrio entre estos extremos, equilibrio que precisa de nosotros un discernimiento consciente y libre. El hombre que no se guía por el Espíritu es el que desea más la afiliación social porque es mucho más sensible al éxito y teme su reprobación. Se dice de Van Gogh que siguió siendo fiel a su modo de pintar a pesar de que en vida no vendió ni un solo cuadro.
 
El hombre que no se estima a sí mismo en función de valores absolutos, sino según la estimación social, es capaz de las bajezas más lamentables. Si el cristiano no se arraiga profundamente en Cristo se ve atrapado por el mundo. Para quedar libres del mundo es necesaria una verdadera ascesis ya que conseguir la libertad en uno mismo y de los otros exige grandes virtudes. Es muy fácil hablar de lo bonita que es la libertad, pero es muy difícil conseguirla efectivamente sin un gran esfuerzo sobre sí mismo, sin vencer muchas repugnancias y miedos, sin una perseverancia a lo largo del tiempo, sin la aceptación de la cruz y, fundamentalmente sin la gracia de Cristo.






05/06/2014 09:00:00