Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Libres del mundo I

Diferencia entre los hechos naturales y los culturales


Señalaremos aquí algunos consejos que pueden ser útiles en este esfuerzo por conseguir la auténtica libertad cristiana frente al mundo. En primer lugar, la oración, ya que gracias a ella podemos trascender el mundo visible que nos rodea. En segundo lugar, no desear “conformarnos” con la moda sino según Cristo. Como afirma Pablo VI: “Un cristiano que quiere ser coherente y fiel con la propia adhesión a la religión católica ¿puede sumergirse en el potente y tempestuoso mar de la vida moderna? ¿Hay un contraste, un conflicto, un choque, entre la concepción en torno al modo de vivir de un bautizado, de un hijo auténtico de la Iglesia, y la concepción y la costumbre de un hijo no menos auténtico de nuestro siglo?”

No podemos poner el vino nuevo de la vida interior cristiana en los viejos cueros de la vida exterior del mundo. En tercer lugar, es importante distinguir lo que pertenece a la historia y lo que pertenece a la naturaleza. El pez vive en el agua, la ardilla en el bosque, el camello en el desierto, y el hombre en su mundo. Y así fácilmente el mundo histórico concreto se le presenta al hombre como si fuera naturaleza. Uno sale cada día de su casa y ve siempre el mismo árbol y también encuentra la calle en paz. Pero una cosa no es la otra.

Es “natural” que el árbol siga en pie, pero la paz no es un valor “natural” sino “cultural”. No es “natural” que siga en paz la calle porque la paz es un valor que depende de la unión de muchas libertades que pueden convertir la paz en conflicto si su libertad no está dispuesta a mantener la concordia. La paz no es como un árbol que puede crecer sin los compromisos de nuestra libertad.
 
De ahí que podemos preguntarnos si es natural que dediquemos tanto tiempo a escuchar noticias, o que cada año haya un tiempo de vacaciones, o muchas otras cosas que quizás no pertenecen a la naturaleza sino a la historia.

Basta viajar un poco para darse cuenta de la cantidad de confusiones que hay en este terreno. Quien toma la historia como naturaleza se cierra por completo a la formidable fuerza renovadora del Espíritu que le permite ser libre del mundo y de su moda. En cuarto lugar, deberíamos acostumbrarnos a no seguir acríticamente los criterios de la moda que suelen ejercerse con mayor éxito sobre personas inmaduras, en asuntos triviales o bien en cuestiones complejas en las que nos resulta más difícil encontrar un criterio claro de actuación.

No seguir la moda puede resultar muy duro. La muchacha que no va “a la moda” puede padecer un desprecio del grupo; un profesor crítico desde su cátedra puede quedar desterrado de la promoción profesional que precisa y el estudiante tímido puede verse criticado en su timidez simplemente porque se “premia” socialmente el carácter extrovertido. Incluso en la Iglesia la moda puede condicionar una gran pérdida de libertad interior.

A la religiosa que hace unos años le dijeron: “Ha de ser su caridad más reservada, madre Concepción, procure ser menos comunicativa, ame el santo silencio y guarde sus cosas para hablarlas con su Divino Esposo”, veinte años más tarde le han dicho: “Has de ser más comunicativa, Conchi, habla más, cuenta tus cosas, no estés inhibida, no pases tanto tiempo sola”. Y antes, como ahora, creían decirle estas cosas en el nombre del más genuino Evangelio. Pero eran sólo modas, modas cambiantes. Los cristianos espirituales y los santos que han vencido al mundo porque han muerto a él son los que verdaderamente ejercen la libertad de los hijos de Dios y permanecen libres de la moda. Y en quinto y último lugar, debemos vencer el miedo a parecer raros.

Raro puede significar infrecuente, excelente o extravagante. Los santos han sido raros en las dos primeras acepciones de este término. Debemos tener mucho cuidado de que el miedo a ser raros no sea miedo a ser santos, es decir, a dejarse renovar incondicionalmente por el Espíritu de Jesús. San Juan de la Cruz señala que suele darse “una tácita reprensión de parte de los del mundo, los cuales han de costumbre notar a los que de veras se dan a Dios, teniéndoles por demasiados en su extrañeza y retraimiento y en su manera de proceder, diciendo también que son inútiles para las cosas importantes y perdidos en lo que el mundo aprecia y estima” (Cántico 29,5).

San Agustín, muy sensible al tema, exclamaba: “¡Hay de ti, oh río de la costumbre humana! ¿Quién hay que te resista? ¿Cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva a ese mar inmenso y espantoso que apenas logran pasar los que subieren sobre el leño?” (Confesiones 1, 16,25). Solamente aferrados a la cruz hallamos fuerzas para resistirnos a la costumbre mundana y para reorientar nuestra vida según Cristo. No hay que buscar agradar a los hombres sino a Dios. La fidelidad a Cristo exige del cristiano una gran autonomía afectiva.
 
San Pablo nos dice que hemos “sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio; y así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones. Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie” (1 Tes. 2,4-6).”¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gál. 1,10).

El influjo cálido y próximo e incluso amistoso de aquellos que nos rodean, también de familiares y amigos, puede envolvernos suavemente pero obstinadamente limitando nuestra capacidad de actuar de cara a Dios. En este sentido, “los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10,36). Y el profeta “es tenido en poco entre sus parientes y en su familia” (Mc. 6,4). Por eso afirmaba Jesús que “Mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra” (Lc. 8,21). Podríamos acabar afirmando que las personas ante el mundo pueden ser claudicantes, resistentes o victoriosas.

Los cristianos claudicantes han sido vencidos por el mundo y viven bajo su influjo; los cristianos resistentes, defensivos, no claudican del todo ante el mundo, pero no tienen tampoco fuerza suficiente para vencerle, y dependen más de él de lo que ellos suponen. Los cristianos victoriosos vencen con Cristo al mundo, y en el Espíritu Santo tienen su fuerza vital y su auténtica libertad.






22/05/2014 09:00:00