Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Llamada a la santidad

Crecer en la amistad con Dios


El cristiano es santo porque ha nacido de Dios, que es Santo. Y es que el Padre, por generación, comunica al Hijo su propia vida, que es santa. Veamos esto partiendo de la analogía fundamental de la vida humana. El hombre es racional, es libre y capaz de reír, porque en el nacimiento ha recibido de su padre la naturaleza humana, es decir, la calidad de animal racional, libre, capaz de risa. Si luego el hombre no vive racionalmente, si no se ríe, o si esclaviza su libertad por el vicio, esto no cambia su estatuto ontológico: sigue siendo un hombre, aunque no viva como tal, y ningún animal puede alcanzar ni de lejos la posibilidad de perfección que hay en él. Pues bien, de modo semejante, los hijos de Dios son santos, caritativos, fuertes, porque Dios es santo, es caridad, es fuerte. Si luego el cristiano vive “según el Espíritu, y no según la carne” (Rm 8,9), vive según su ser; pero si vive según la carne, es decir, “a lo humano” (1 Cor 3,3), se degrada y corrompe.

Dios, fuente de vida, comunica en la creación diversos niveles de vida, ya sea vegetativa, animal o humana. La vida humana integra las otras, y lo hace en una síntesis cualitativamente superior, caracterizada por la razón y el querer libre de la voluntad. Lo humano perfecciona lo animal y vegetativo, no lo destruye. Dios, fuente de vida, comunica en la Redención una nueva participación en la vida divina, caracterizada por un nuevo conocimiento que se nos da a través de la fe y una nueva capacidad de amar a través de la caridad. Y esta vida ha de integrar los otros niveles de vida, perfeccionándolos, elevándolos, sin destruirlos.

El catecismo nos recuerda la llamada a la santidad: "Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman...a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó" (Rm 8,28-30). "Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40). Todos son llamados a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48): Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40). El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama "mística", porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -"los santos misterios"- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos”. (Catecismo de la Iglesia Católica. Nn. 2013-2014)

El niño es persona racional, pero todavía no tiene uso de razón. Por eso apenas vive como un hombre, sino como un animal. En efecto, la espontaneidad habitual del niño no es la que corresponde al ser humano en cuanto tal, sino la que procede del alma animal. Ahora bien, a pesar de ello, el niño es animal racional, y ya desde muy pequeño tiene la capacidad de ser conducido por personas adultas hacia conductas propiamente humanas, como, por ejemplo, comer con cubiertos, dar a otro un objeto, etc. Todo eso que le resulta al niño un tanto laborioso, impuesto desde fuera, sería simplemente imposible en un animal. Eso sí, cuando cesa la estimulación de los adultos, el niño, abandonado a sí mismo, deja de conducirse de modo humano y recae en su espontaneidad animal. Ya se ve que todavía no le funciona del todo el alma como humana, sino como animal; y esto es así con el agravante de que el alma animal también le funciona deficientemente -mucho peor que a un pato o a un pollo-, porque él está destinado a vivir como hombre, y aún no vive como tal. Aquí se ve la necesidad de los adultos en la formación humana de los más pequeños.

El adulto, por el contrario, vive movido habitualmente por el alma humana, tiene uso de razón, piensa de modo racional, se mueve por libres decisiones etc. Su conducta espontánea, sin necesidad de excesivas normas externas es ya humana; por ejemplo, come como se debe, da lo que conviene dar con facilidad. Y estos mismos actos de comer o de ofrecer algo a alguien no sólo están mejor hechos que en el niño, sino que son actos cualitativamente distintos a los del niño ya que proceden de una conciencia racional y un querer libre, es decir, provienen del alma humana en cuanto tal. En el hombre adulto el alma humana no actúa como principio extrínseco, impuesto o relativamente violento, sino de una forma plenamente natural.

La imagen que hemos expuesto se da también en la vida cristiana. El cristiano carnal es aún niño en Cristo porque vive al modo humano (1 Cor 3,1-3). Su espontaneidad no procede del Espíritu Santo, sino del alma humana. En estos comienzos de la vida espiritual su alma funciona más como humana que como propiamente cristiana. Es cierto que ya posee una naturaleza cristiana, y que tiene la capacidad de ser conducido por normas hacia conductas propiamente cristianas, como, por ejemplo, puede ir a misa los domingos, algo que sería contradictorio a un no creyente. Pero si cesa esa estimulación de normas o de personas, el cristiano carnal, abandonado a sí mismo, recae en su espontaneidad meramente humana, ya que apenas tiene uso de fe y el alma le funciona como humana y muy poco como cristiana.

El cristiano espiritual, en cambio, es ya adulto en Cristo y vive habitualmente movido por el Espíritu Santo con una caridad que impulsa sus actos. Su conducta espontánea es ya cristiana y su actuación procede de la gracia de Dios que habita en él. En este sentido, san Pablo llama “santos” a todos los bautizados; aunque la dinámica normal es que esta santidad ontológica sea el motor y la fuerza de la santidad psicológica y moral que precisa de nuestra colaboración libre. Y en este sentido, el santo “se hace” mediante la aceptación libre de la voluntad de Dios.

En definitiva, crecer en la gracia de Cristo es dejar que la santificación ontológica del cristiano vaya produciendo en nosotros una progresiva santificación psicológica y moral. Del mismo modo que el alma humana anima todo lo que hay en el hombre, también la gracia de Dios anima todo lo que hay en el cristiano, su mente, su voluntad, sus sentimientos, su inconsciente, su cuerpo etc. Dios nos llama “a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29).






16/02/2017 09:00:00