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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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María, Madre de Misericordia

La Iglesia supo que tenía una madre


MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA

La Misericordia es «el más estupendo atributo del Creador y del Redentor», dijo Juan Pablo II en su espléndida encíclica Dives in misericordia (n. 13) y nadie en la tierra lo ha experimentado de manera tan radical e impresionante como acaeció a María Santísima.

El Antiguo Testamento, cuando usaba este término tan «materno», se refería siempre a la ternura entrañable de Dios por sus criaturas, pero jamás se había atrevido a decir que también una criatura humana pudiese «tener misericordia de Dios». El vuelco tuvo lugar con la Encamación, cuando la Misericordia de Dios hacia el hombre se manifestó con el hecho de que Él concedió a una criatura humana ser su Madre y tener, por tanto, para él, en sentido físico, una atracción entrañable, «misericordiosa» en sentido propio. Pero esto no habría sido posible si Dios no hubiese sido ya desde siempre, en sí mismo, también «Hijo».

Dios no habría podido recibir en la tierra esta materna misericordia, si desde toda la eternidad, no hubiese existido en el cielo la Persona Divina del Hijo. Así, en el icono natalicio de la Madre —que puede, incomprensiblemente, apretar entre sus brazos al Hijo divino convertido en hijo del hombre— se reveló el «misterio oculto durante siglos»: el Padre, rico en misericordia, enviaba a su Hijo dentro de la creación hecha por él y en él. Como escribe el papa Francisco en Misericordiae vultus: «Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús» (n.24).

Llamar, por tanto, a María Madre de la Misericordia significa exactamente decir que ella conoce como ningún otro, humanamente, entrañablemente, el misterio de la «filiación de Dios- y de las «entrañas de Padre» que contiene también la promesa. dirigida a nosotros, de convertimos a todos en «hijos en el Hijo».

En Navidad, por tanto, María tuvo en los brazos toda la Misericordia de Dios, si bien le sería revelada plenamente sólo en el misterio pascual. Recordemos la bella meditación de Juan Pablo II en Dives in Misericordia: María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la Misericordia divina.

Este sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor [...] definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado, el misterio de la cruz, el asombroso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el «beso» dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido con el corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat» definitivo (n.9).

¿Pero cómo se unieron en ella los dos Fiat, las dos experiencias de la Misericordia: la de Navidad y la de Pascua? Contemplémosla sobre el Calvario, erguida a los pies de la Cruz en la que habían clavado a su Hijo: los discípulos habían huido y habían quedado con ella sólo algunas mujeres fieles y enamoradas y Juan, el discípulo predilecto de Jesús. Ciertamente también María fue envuelta por las tinieblas que oscurecían el mundo: las atroces torturas del Hijo le herían el corazón, pero el alma era herida por el inexplicable silencio del Cielo. Ella conocía el misterio de la concepción de Jesús; sabía que él tenía derecho a llamar a Dios su Padre, sabía que le había sido prometido un reino sin fin. Pero allí, en la Cruz, el Hijo parecía orar inútilmente. Decía Jesús «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», y María sabía que se trataba de un Salmo. Podía, por fin, acompañar sus palabras, pero temblaba sólo al pensar en aquellos versículos que seguían inmediatamente después: «Tú, Señor, me sacaste del seno materno, me confiaste al regazo de mi madre; a ti fui entregado desde mi nacimiento, desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios. No te quedes lejos, porque acecha el peligro y no hay nadie para ayudarme» (Sal 22,10-12).

María sabía hasta qué punto todas aquellas palabras eran verdaderas, una por una, ¡literalmente verdaderas! Ella estaba allí para testimoniarlo con el milagro de su misma permanente virginidad. Ella era la Madre que había ofrecido el seno a Dios. Pero Dios Padre callaba. Sólo un instante antes de gritar que «todo estaba cumplido» y de confiarse al Padre con el último ímpetu de su filiación, Jesús mismo le desveló el misterio: el Padre desde el cielo donaba al Hijo «por la salvación de todos», lo entregaba por amor en las manos de los pecadores; y el Hijo no sólo libremente consentía, sino que quería que también la Madre en la tierra asintiese a aquel intercambio dulcísimo y terrible.

Con mayor razón María comprendió entonces que, de aquel intercambio, ella misma formaba parte: su concepción inmaculada, la gracia que desde siempre la colmaba eran fruto de aquella sangre derramada por el Hijo. Y ella, por primera vez, sintió, con todo su ser, que era verdaderamente «hija de su Hijo», hecha por él, redimida por él. «Jesús, entonces, al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Allí tienes a tu madre”». Y desde aquel momento María aceptó con pasión, la del afecto y de un nuevo parto, hacer de Madre «de su hijo Juan», y de todos los creyentes que él representaba.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Al pie de la Cruz, María es escuchada como la Mujer, la nueva Eva, la Madre de los que viven» (n.2618) y desde aquel momento la Iglesia supo que tenía una Madre, y María supo que tenía innumerables hijos que la invocarían siempre: «Salve, Madre de misericordia: vida, dulzura y esperanza nuestra».






31/12/2015 09:00:00