Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Memorial de vida

Oración sacerdotal de Jesús el Jueves Santo


Quisiera proponer el conocimiento interior de la oración sacerdotal de Jesús antes de su pasión. Lo podemos encontrar en los capítulos 14 y 15 de san Juan y especialmente en el 17.

La lectura atenta de esa despedida de Jesús, cargada de densidad y simbolismo, no sólo es útil para adentrarnos en el Triduo Pascual, sino porque nos permite a la vez, descubrir uno de los temas más olvidados y necesarios de nuestra vida cristiana. Me refiero a la idea de “memorial” como fuente constante de renovación de nuestra fe. Efectivamente, acompañar a Jesús no es sólo revivir o recordar unos hechos salvadores que pertenecen al pasado. Esta nostalgia, por bien intencionada que fuese, no sería un conocimiento vital. Ni tampoco sería posible “reproducir” unos hechos que han ocurrido ya.

Precisamente entre el recuerdo y la repetición se encuentra el “memorial”. Acompañar la oración sacerdotal de Jesús “desde el interior” significa descubrir los sentimientos y actitudes desde las cuales Jesús hizo entrega de su propia vida y por los que el Padre le constituye Sacerdote eterno. Para ello, nos puede ayudar contextualizar los momentos previos a la cena pascual del Jueves Santo. Una cena anticipada por razón de la multitud de peregrinos que acudían a Jerusalén, pero que en definitiva lo que celebra es la Cena Pascual, la cena de la Pascua Judía. El contexto es recordar que era la fiesta de la Expiación. Un trasfondo que es litúrgico y que tiene mucho simbolismo ritual (Capítulos 16 y 23 del Levítico).

Dios pide al sumo sacerdote que ofrezca expiación por sí mismo, por sus pecados, por su casa, por su familia, por su clase sacerdotal, y por toda la comunidad. Así “purificará el santuario de las impurezas de los hijos de Israel y de todas sus transgresiones con que hayan pecado”. (Lev 16,16). Únicamente en la celebración de estos ritos, el sumo sacerdote pronuncia el nombre de Dios. Todo el ritual de esta fiesta tiene como trasfondo la Alianza. Pretende crear un pueblo santo, recrear un pueblo que sea fiel a Dios, de modo incluso que toda la creación —en la mentalidad judía y bíblica— está en función de la Alianza. Si Dios crea un mundo, y crea los astros, y los mares y los vientos y todo lo que ha creado es bueno, todo esto lo hizo para llegar a realizar una alianza y pacto con Israel.

En la Oración Sacerdotal, Jesús rogará por sí mismo, rogará por los apóstoles, rogará por todos. Porque es el Sumo Sacerdote de una nueva Alianza. En su oración Jesús se nos presenta como el gran sacerdote del gran día de la expiación. Su cruz, su exaltación son el día de la exaltación para todos. Lo que estaba anunciando es lo que Jesús está ahora a punto de realizar. Los discípulos se darán cuenta hasta cierto punto de la densidad de aquella cena. Porque el ambiente estaba cargado: “lo que hay que hacer hazlo rápido” le dice a Judas, que sale afuera precipitadamente. Cuando Judas sale del Cenáculo, Jesús se explaya con sus discípulos.

Jesús es el Sumo Sacerdote que expía por nuestros pecados. Esa es su auténtica razón de ser. En el cumplimiento de la voluntad del Padre se encuentra lo que más desea. Para eso ha venido al mundo. Para este momento. La teología de Jn 17 se corresponde perfectamente con lo que luego nos transmite la Carta a los Hebreos, sobre el nuevo y eterno sacerdocio de Jesús. La Oración Sacerdotal de Jesús es la puesta en práctica de la expiación. No tanto porque los sufrimientos salven, sino porque salva la actitud interior con la que Él expía nuestro pecado. El amor es el que salva. La actitud de entrega de Jesús al Padre no tiene fecha de caducidad, sino que es un presente eterno. Jesús está ante el Padre constantemente intercediendo por nosotros.

Toda Eucaristía es el cumplimiento, el memorial de aquella acción que avanza esta noche del jueves santo. Esta entrega es la que memorializamos en toda Eucaristía y es lo que realmente ocurre el mediodía del Viernes Santo. La sangre de la nueva Alianza ya no es la sangre de un cordero, sino la suya. Nos hallamos ante un nuevo culto que es mediado por la palabra, ya que cuando Jesús lo dice lo está haciendo. Por eso empieza la Eucaristía en ese momento, cuando diga ‘esta es la sangre derramada por vosotros’ es en forma de palabra, no ya en forma de ritual. Ahí ya termina la antigua alianza de los rituales vacíos o simbólicos y empieza la realidad densa, porque es el hijo de Dios el que está diciendo “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza”.

Ciertamente esta palabra no es mera palabra. No es un hablar humano. Es un hablar que arrastra todas las palabras humanas. Tan firme y fiel es la Palabra de Dios que “se hizo carne”. Dios quiso hacerla carne. De modo que, una vez más, será en su carne, al día siguiente, donde esa alianza se realizará. No se quedará solo en una mera promesa. Como nos repite la liturgia del Jueves Santo: “Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has formado un cuerpo” (Hb 10,5). El ritual de expiación, celebrado en la palabra de Jesús, será sangre derramada.






24/03/2016 09:00:00