Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Necesitamos la gracia

Somos libres y necesitamos gracia


Somos libres y necesitamos gracia

Como hemos afirmado anteriormente, al considerar la relación de la gracia con la libertad es frecuente concebir la acción meritoria como el resultante de la suma de dos fuerzas distintas, la gracia y la libertad. Pero no son así las cosas, ya que Dios no crea únicamente las cosas sino que las conserva en su ser y en su obrar, de modo que Dios no sólo da al hombre su ser libre sino que también crea, conserva y sostiene su libertad. “El que seamos obedientes y humildes a la gracia es don de la gracia misma”, como declaró el II Concilio de Orange contra los semipelagianos, precisamente porque Dios actúa desde dentro del mismo acto libre, creándolo en tanto que libre y meritorio. Dios causa todo el bien del hombre, porque Él es la causa universal que mueve a todas las criaturas. Como dice santo Tomás “Dios es propiamente en todas las cosas la causa del ser mismo en cuanto tal, que es en ellas lo más íntimo de todo; y por tanto Dios obra en lo más íntimo de todas las cosas” (S. Th I, 105,5).

La gracia de Dios es eficaz por sí misma, es decir, intrínsecamente, de tal modo que su eficacia no viene causada extrínsecamente por el acto de la voluntad humana que consiente a ella. Por otro lado, el hombre es causa real de sus obras. El hombre, bajo la acción de la gracia, es causa libre de su propia obra, ya que el hecho de que el hombre no sea causa primera no implica que no sea causa real de su propio acto libre. Cuando Dios da al hombre su libertad y la energía para ejercerla no sólo no destruye la libertad, sino que la está produciendo. “El libre albedrío es causa de su propio movimiento, pues el hombre se mueve a sí mismo a obrar por su libre albedrío. Ahora bien, la libertad no requiere necesariamente que el sujeto libre sea la primera causa de sí mismo; como tampoco se requiere, para que una cosa sea causa de otra, el que sea su primera causa. Dios es la causa primera que mueve, tanto a las causas naturales como a las voluntarias.

Y de igual manera que al mover a las causas naturales no impide que sus actos sean naturales, así al mover a las voluntarias tampoco impide que sus acciones sean voluntarias [esto es, libres], sino más bien hace que lo sean, puesto que obra en cada cosa según su propio modo de ser” (S. Th I, 83,1 ad 3m). En definitiva, no existe contraposición entre gracia y libertad. Nosotros debemos vivir según la gracia de Cristo. Cristo tiene su plan sobre nosotros que no quiere realizar sin nosotros. Dios nos mueve y nos llama, nos levanta y nos concede actuar moviéndonos hacia Él. “Muchos bienes hace Dios en el hombre que no hace el hombre; y en cambio, ningún bien hace el hombre que no conceda Dios que lo haga el hombre” (Dz 390). A nosotros nos queda secundar con nuestra colaboración libre este amor de Dios, es decir, cooperar activamente con la gracia y abandonarnos libremente a los planes de Dios. Esta perfecta fidelidad a la gracia de Cristo es el ideal de la perfección cristiana. Está claro que el “discernimiento” espiritual sobre la voluntad de Dios es fundamental para el auténtico crecimiento cristiano.

Por otro lado, este discernimiento será distinto cuando se aplica a las obras buenas que son obligatorias, que a aquellas que no lo son. Hemos de hacer todo y sólo lo que la gracia de Dios nos vaya dando hacer, ni más, ni menos, ni otra cosa. En la total sinergia entre gracia y libertad se encuentra el núcleo de la perfección cristiana. Debemos andar exactamente al paso que Dios nos lleva, ni más aprisa, ni más despacio, ni por otro camino. En esto está la perfección y la paz. Cuando nuestros proyectos personales, aunque sean buenos, no coinciden con la voluntad de Dios causan cansancio y ansiedad, poco provecho e incluso el abandono de la vida espiritual. De ahí la importancia de saber discernir cuál es el plan de Dios sobre cada uno de nosotros. Dios manifiesta claramente su voluntad a quien sinceramente quiere conocerla y cumplirla. En la medida que, con confianza y humildad, y respetando la iniciativa divina, nos dejamos llevar de la gracia podemos llegar al conocimiento seguro de la voluntad de Dios y en esta sinergia o colaboración con el plan divino se nos concede la libertad, la paz y la santidad.

Cuando el cristiano llega a la indiferencia espiritual porque se centra en Dios y no en sí mismo es cuando se van apagando las ansiedades y temores y va logrando el silencio interior y el amor puro. Los maestros espirituales han visto siempre en la paz el criterio principal para el discernimiento. Y en ese sentido enseña san Juan de la Cruz: “no es voluntad de Dios que el alma se turbe de nada ni padezca trabajos” (Dichos 56). En “el camino de la vida es de muy poco bullicio y negociación, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber” (Dichos 57). Cuando la gracia cooperante de Dios mueve la persona a una buena obra, mueve siempre su voluntad con interior impulso, ilumina normalmente su entendimiento y no siempre estimula la inclinación de su sentimiento. En cualquier caso, el discernimiento espiritual será clave en el progreso espiritual, y precisará de consulta, y siempre de oración meditativa y suplicante. Ya san Juan de la Cruz avisa: “¿qué aprovecha dar a tu Dios una cosa, si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a lo que tú te inclinas” (Dichos 72). “jamás dejes las obras por la falta de gusto o sabor que en ellas hallares ni las hagas por sólo el sabor o gusto que te dieren” (Cautelas 16).






27/10/2017 09:00:00