Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

No es lo mismo creer que opinar

La autoridad es necesaria en todo proceso de fe que no sea simplemente una afirmación ideológica.


La fe no es ni una opinión fugaz ni una evidencia que se imponga necesariamente. La fe es firme y cierta pero al mismo tiempo es una certeza libre.

El acto de fe que realiza el creyente siempre ha estado relacionado con un tipo de acto psicológico, que tiene como características principales el ser incondicional y total. El buen creyente cree sin condiciones y en su totalidad aquello que hay que creer. Ahora bien, observemos que en el acto de fe no aparece su contenido objetivo,y, a pesar de ello, el creyente le presta su asentimiento como si se tratase de una verdad absolutamente evidente.

Y es que el acto de fe forma una totalidad muy rica que une, a la vez, el aspecto noético -en el plano de la ortodoxia objetiva y comunicable- y el aspecto existencial -en el plano de la conversión y de la salvación-.

El Concilio Vaticano I presentó el acto de fe en una definición sintética que reunía, a la vez, estos dos aspectos: el valor del compromiso personal y la adhesión intelectual. ¿Cómo pueden estar de acuerdo, con la responsabilidad y la madurez intelectual, una fe que, siendo incondicional y total como un saber, no es, en cambio, un verdadero conocimiento objetivo?

Aunque el creyente tiene una «cierta noticia» de aquello que cree, es decir, aunque sabe al menos de que se trata, no puede conocer el enunciado objetivo de aquello a lo que da asentimiento. Esto es así porque lo determinante en la fe no son los argumentos sino la intuición de que es bueno creer. Y esta intuición es más fruto de la libertad que no de la verdad interna de la propia proposición.

La fe es, sobre todo, creer algo de alguien y, esto no es sólo un asentimiento a un contenido sino a una persona en la cual se confía. De esta forma, la credibilidad del testimonio y su mediación afectan a la propia formalidad de la fe, es decir, la ilimitación sin reservas e incondicional del acto de fe sólo se justifica por la autoridad de quien revela.

El hecho de la autoridad tiene mucha importancia en cualquier creencia o proceso intelectual de tradición. Pero ha quedado mal visto en la visión racionalista de la fe, en la cual las verdades no se creen en la medida en que son garantizadas por el Dios que las revela, sino por el sentimiento de unidad o belleza que genera la visión general.

Es falso que se pueda creer en parte, un poco, o sólo algunas cosas, pero con frecuencia eso lo ha olvidado el creyente contemporáneo, que ha tenido un criterio ideológico como constitutivo de su acto fiducial. Podríamos decir que el hombre que tiene por verdaderos los contenidos de la fe por un motivo diferente por el cual el creyente cree, actúa entonces más como filosofo de la vida que como verdadero creyente.

No se trata de que el creyente esté menos seguro de aquello que sabe; está igual de seguro y su acto es igualmente incondicional; tan sólo se trata de una seguridad libre, en la cual la ausencia de evidencia se suple porque se sabe que es bueno creer. De hecho, en todo tipo de comunión personal encontramos esa actitud.

Veamos, sino, la relación que hay entre el niño y el adulto, o la que hay entre el alumno y el maestro. Es aquella actitud que fomenta la virtud de la piedad y que consiste en hacer atractivo para el hombre el bien espiritual que significa Dios. Pascal ya advirtió que existía un diálogo interior por el cual la verdad se descubre deseable o verdadera en la medida en que la acogemos.






11/09/2014 09:00:00