Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

No estamos acabados

La finitud nos ayuda a crecer.


Vivimos en un mundo técnico. Es una evidencia fácil de constatar. Las constantes conquistas de la informática y de la comunicación nos dejan sorprendidos y, los avances de nuestra sociedad occidental son tan rápidos que, a menudo, nos falta tiempo para digerir los continuos cambios a que estamos sometidos. Pero, en medio de esta riqueza material, se oyen voces que denuncian un progresivo abandono del cultivo de nuestro interior.

De hecho, coincide este progreso con un auténtico retroceso de la humanidad. Nunca, como ahora, nos encontramos unos con otros como desconocidos e incluso ignorantes de qué hay en nuestro interior. El microcosmos que es cada uno de nosotros ha quedado tan poco admirado que son muy pocos los que, vaciados del exterior, dedican tiempo y esfuerzo a sí mismos. No invertimos demasiado en nosotros porque, en parte, pensamos que ya estamos hechos del todo y, en parte, porque esperamos que la felicidad nos venga del exterior. Pero no es así.

Una de las afirmaciones más cautivadoras de la fe cristiana es reconocer que Dios nos ha creado "inacabados", y que, a pesar de poseer una gran dignidad personal y un destino eterno, aún "estamos en camino" y nos vamos haciendo en cada paso de nuestro caminar. Para que podamos alcanzar el fin que nos corresponde no nos bastan las perfecciones ya recibidas sino que hemos de disponer libremente de ellas.

Cuando nuestra libertad se pone a trabajar en este pozo de perfecciones que hay en nosotros, nacen entonces los "hábitos de conducta". El único camino de crecimiento es intentar libremente hacernos poco a poco con nosotros mismos. Los hábitos son muy importantes en nuestro crecimiento humano ya que significan, justamente, el perfeccionamiento que nos hace falta para que nuestra naturaleza no quede permanentemente inacabada. Este deseo de profundizar en nosotros y de dar prioridad a nuestra vida interior se opone a la concepción de la libertad, hoy muy extendida, según la cual somos más libres cuantas menos cosas decidimos. Así, parece que ser libre equivale a no estar comprometido con nada ni con nadie.
 
Es como si la libertad fuera dinero y, si no lo gastas en nada, entonces tienes mucho. Pero no es así, porque la libertad no es una "cosa" que tengo sino una manera de hacer lo que hago. Más que un fin, la libertad es un medio. De hecho, si no la utilizamos es como si no la tuviéramos. En cualquier caso, es como un juego de cartas. El fin es ganar (o perder) el juego. Pero si uno no se descarta, no gana ni pierde, porque sencillamente no está jugando. Acaba la partida y aún no ha comenzado a jugar. Esta concepción de libertad nos lleva a un engaño muy frecuente.

Consiste en confundir las cosas "naturales", como los árboles que están siempre al margen del camino, mudos espectadores de nuestra vida y las conquistas de "nuestra" libertad, que son fruto de la unión de muchos esfuerzos, como la cultura o la paz, por ejemplo. Un árbol está siempre allí, no hemos de hacer nada ni hemos de pedir nada para que siga estando. Será una herencia fácil de transmitir a las futuras generaciones.

De hecho, su existencia es bastante ajena a la mía. Pero la cultura, la convivencia, la paz, el progreso, el respeto de los derechos humanos, son conquistas de nuestra libertad que sólo pueden conservarse si perseveramos en el esfuerzo de hacerlas posibles. Si utilizamos bien la libertad seremos pacíficos, pero también podemos utilizar mal la libertad y matarnos los unos a los otros. Vivir en paz es maravilloso, pero podemos destruir la paz con un comportamiento agresivo.

Todos queremos transmitir una sociedad en que se respeten los derechos de todos, pero si no nos esforzamos libremente por mantener esta sociedad, la podemos perder. No la podremos transmitir a las futuras generaciones como si fuera un árbol, porque no es un hecho de la naturaleza sino un bien cultural; un hecho de libertad. Es decir, la libertad no puede quedarse neutral, como si fuera un árbol, a la hora de escoger qué quiere. Porque en ella misma no es ningún fin, es sólo una forma de hacer lo que hacemos. La libertad se define y toma forma por los fines que quiere alcanzar.
 
Podemos hacer la prueba: si a un joven le preguntas ¿por qué quiere ser libre?, te contestará más o menos que quiere ser libre porque así "puede hacer lo que quiera". El problema comenzará cuando le preguntes: "Bien, pero ¿qué quieres hacer?", y su silencio será la señal de que no lo ha pensado nunca. Nunca como ahora hay libertad, pero nunca como ahora el drama es saber qué hacemos con la libertad, para qué la queremos. Pues bien, una de las maneras más sublimes y dinámicas de utilizar la libertad es usarla para completarnos.

Es una empresa atrayente que aumentará nuestra riqueza interior y nos hará capaces de vivir "por dentro", y no sólo "por fuera",. Los hábitos son el resultado de nuestra libertad cuando esta perfecciona nuestra conducta. Son disposiciones que nacen de la libertad y modifican un poco nuestro "natural". Estas disposiciones son estables y nos llevan a hacer el bien con naturalidad y prontitud, y a encontrar alegría interior al emprender las acciones.
 
Gracias al esfuerzo que generan los hábitos estables de conducta, tenemos la posibilidad de cambiarnos, de entendernos a nosotros mismos como una empresa que hay que ir construyendo correctamente, poco a poco, y son la manera más fecunda de utilizar la libertad que tenemos. Eso sí, nos hace falta un proyecto. Porque, de hecho, si no hay un fin hacia donde caminar, no podemos hacer camino; si no existe un proyecto personal que alcanzar, tampoco hay construcción o acabamiento de nosotros mismos. Y es que, hasta ahora, sólo hemos afirmado que los hábitos son disposiciones estables de nuestra naturaleza, pero aún no habíamos dicho que la libertad puede disponerse bien o mal respecto de su fin.

Por eso, los hábitos pueden ser buenos (y entonces se llaman "virtudes") o malos (se llaman "vicios") respecto del fin último de la persona. Dios tiene este proyecto de hombre. Los creyentes sabemos que sólo Él puede tenerlo ya que es su creador. Este fin último de la persona que hemos de alcanzar libremente nos lo ha mostrado en Jesús, su Hijo. Por eso, no es verdad que la moral cristiana sea un cúmulo de negaciones o prohibiciones totalmente arbitrario, bien al contrario quiere inspirar en nosotros el deseo de la virtud en tanto que disposición estable para hacer el bien según el modelo de Jesucristo.






15/05/2014 09:03:00