Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Obras de misericordia corporales

Dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento


1. Dar de comer al hambriento

Primera Obra de Misericordia en Mt 25,35. «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6,11), dice el Padrenuestro (cf. Mt 6, 9-13; Lc 11,1-4). La comida básica de Palestina era el pan, de tal modo que el acto normal de tomar la propia comida se indicaba con la expresión «comer pan» (Gen 37,25). Tal importancia queda reflejada en el nombre del Dios a quien se dirige la petición de pan que es «El (que) da pan a todo viviente» (Sal 136,25), ya que, si falta el pan, falta todo (cf. Am 4,6; Gen 28,20).

El hambre es característica de la experiencia del desierto del pueblo de Dios bien expresada así: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer los que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná» (Lt, 3.).

Esta dramática experiencia hace entender la significativa expresión profética: «Vienen días en que enviaré hambre al país -no hambre de pan, ni sed de agua-, sino de escuchar la palabra de Dios» (Am 8,11). Entre los alimentos del desierto el pan tiene diversos significados simbólicos. Así, primeramente, el maná, que es calificado como «trigo de los cielos», «pan de los fuertes» (Sal 78,24s.) y «manjar de ángeles» (Sab 16,20) y, a su vez, es visto como símbolo de la «Palabra de Dios» (Dt 8,3; Is 55, 2.6.11), de «las enseñanzas de la Sabiduría» (Prov 9,5) y de la misma «Sabiduría» (Eclo 15,3; cf. 24,18-20).

Por otro lado, el hambre es característica de los pobres, a los que Jesús proclama bienaventurados calificados por tal «hambre» ya que anhelan la «justicia» (Mt 5,6). Resuena además aquí, la respuesta de Jesús a la primera tentación, sacada de Dt 8,3, de que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4; Le 4,4). Por su lado, la carta de Santiago respondiendo a la problemática de la Iglesia primitiva deja un texto muy esclarecedor cuando afirma: «¿De qué sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o hermana andan desnudos y faltos de alimentos y uno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos” pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,14-17).

Un texto de la Encíclica Caritas in veritate (2009) de Benedicto XVI puede servir de síntesis, ya que hace de la obra de la Misericordia «dar de comer al hambriento» una responsabilidad eclesial derivada de la misma acción de Jesús de Nazaret, citando además Mt 25, así: En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón, como en cambio Pablo VI deseaba.

Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir. Además, en la era de la globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional [...]. El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir otros derechos, comenzando ante todo por el derecho primario a la vida. Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones (n.27).

En definitiva, siendo el hambre el símbolo de la necesidad de la verdadera comida, el Evangelio de Juan precisa que sólo Jesús puede saciarlo, por ser él mismo «el pan de vida» (Jn 6,5.35). Y, además, es muy ilustrativo que la celebración eucarística ya desde sus orígenes tenga su centro en el partir el pan que se entrega («la fracción del pan»: Lc 24,35; Hch 2,42; 20,7), como expresión de que la Eucaristía parte del gesto de compartir y de donación que Jesús hizo «tomando pan, dando gracias, partiéndolo, dándolo y diciendo: “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”» (Lc 22,19; ICor 11,24).

Por eso, el Sacramento de la Eucaristía será significativamente calificado por el Concilio Vaticano II como «la fuente y el culmen de toda la vida cristiana» (LG 11).

2. Dar de beber al sediento

Segunda Obra de Misericordia en Mt 25,35. «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”» (Jn 19,28). La sed de Jesús, tormento terrible para los condenados a la cruz, recuerda la angustia mortal del Salmo 69,22: «en mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre». Tiene, además, un sentido más profundo que va ligado al ardiente deseo de Jesús de volver al Padre, según la invocación de los salmistas: «¡Oh Dios!... estoy sediento de ti» (Sal 63,2) y «tengo sed de Dios, del Dio vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3), que resuena en la fuerte petición de «¡Dame de beber!» (Jn 4,7), dicha a la Samaritana por Jesús mismo.

El agua, además, encierra en la Biblia un significado simbólico. Así, el agua que brotó de la roca del desierto significa el don que Dios hace a su pueblo escogido (cf. Ex 17,1-7; Núm 20,1- 13). A su vez, el agua pasa a ser un símbolo del mismo Dios, en la preciosa plegaria del Salmo 42,2s.: «como busca la cierva las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío», así como en el texto profético de Jer 2,13: «mi alma tiene sed de Dios, me abandonaron a mí, fuente de agua viva» (cf. Is 12,2s.; Jer 17,13). En el Nuevo Testamento se recordará que el ministerio apostólico comporta dificultades y tribulaciones, entre las que se encuentra «el hambre y la sed» (1 Cor 4,11; 2 Cor 11,27). Por eso, el dar de beber, aunque sea sólo un vaso de agua a los discípulos enviados por el Señor, es un gesto que no será olvidado por el Señor (cf. Mt 10,42; Me 9,41).

No es extraño, en este contexto, que en el Apocalipsis se formule una esperanza de liberación en estos claros términos: «Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno» (Ap 7,16). A su vez, es importante el simbolismo del agua que encuentra su plena significación en el bautismo cristiano. En efecto, así como el agua purifica también así lo realiza el bautismo, ya que «no es la purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la resurrección de Jesucristo» (1 Pe 3,21). Por esto, el bautismo es concebido como «el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo» (Tit 3,5; cf. Jn 3,5).

Este sacramento del Bautismo, además, puede verse simbólicamente anunciado en el «agua» que salió del costado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34), de acuerdo con la interpretación de diversos Padres y teólogos relevantes (particularmente, san Agustín y santo Tomás de Aquino...), perspectiva recogida por LG 3, al tratar del comienzo de la Iglesia precisamente citando Jn 19,34. A su vez, el tema del agua y de su sed aparece significativamente en el Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de los Obispos sobre «La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana» del 2012, para describir el momento presente a partir de la exclamación de la Samaritana: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed» (Jn 4,15).

El inicio de este Mensaje al Pueblo de Dios dice así: «Nos dejamos iluminar por una página del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cf Jn 4,5-42). No hay hombre o mujer que, en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas.

Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas. Como Jesús, en el pozo de Sicar, también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelamos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, confiesa la mujer a sus vecinos. Esta palabra de anuncio a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?” muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para los demás. La pecadora convertida deviene mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia personal del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo”» (n. 1).

Para concluir esta Obra de Misericordia —complementaria de la anterior sobre «dar de comer al hambriento»—, es bueno recordar también aquí unas palabras de la más reciente Encíclica (2015) del papa Francisco, Laudato si, cuando trata de «la cuestión del agua». Para iniciar su reflexión constata con lucidez que pueblos enteros y especialmente los niños, enferman y mueren por beber agua no potable, mientras continúa la contaminación de las láminas acuíferas a causa de las descargas realizadas por fábricas y ciudades. Por esta razón, el Papa afirma: «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano esencial, fundamental y universal, puesto que determina la supervivencia de las personas y por esto es condición para el ejercicio de los otros derechos humanos». Privar, pues, los pobres del acceso al agua significa negar «el derecho a la vida fundamentado en su inalienable dignidad» (n.30).






02/06/2016 09:00:00