Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Obras de misericordia corporales II

Vestir al desnudo; acoger al forastero


3. Vestir al desnudo

Tercera Obra de Misericordia en Mt 25,36. Ningún otro santo ha entrado tanto en la memoria popular como san Martín de Tours con el manto que partió y donó a un mendicante. La tradición más famosa en torno a su vida sucedería en el invierno del 337, cuando Martín encuentra cerca de la puerta de la ciudad un mendigo tiritando de frío, a quien da la mitad de su capa, pues la otra mitad pertenece al ejército romano en que sirve. En la noche siguiente, Cristo se le aparece vestido con la media capa para agradecerle su gesto. Sin duda se trata de una realización concreta de la obra de misericordia alabada en Mt 25,36, ya que Martín no sabía que en el pobre y mendicante encontraba al mismo Cristo.

En la Biblia la desnudez es negativa, tanto como fruto del pecado (cf. Gen 3,7), como la propia del esclavo que es vendido (cf. Gen 37,23), del encarcelado (cf. Is 20,4; Hch 12,8) y del enfermo mental que vive en condición de alienación (cf. Mc 5,1- 20). En efecto, se trata particularmente de la desnudez humillada del marginado, tal como se cuenta en el libro de Job hablando de los pobres así: «Pasan la noche desnudos, sin nada de ropa que ponerse, sin cobertor, a merced del frío... Andan desnudos, sin ropas, hambrientos» (Job 24, 7.10).

De hecho, la Biblia propone una actitud de compasión para con la desnudez al aconsejar: «comparte [...] tu ropa con el que está desnudo» (Tob 4,16) y alabar al que «viste al desnudo» (Ez 18,16) y al que «cubre a quien ve desnudo» (Is 58,7). Por eso, en el juicio final tal acción es vista como una obra de misericordia en Mt 25,36. En contraste con la desnudez, para la Biblia el vestido es signo de la condición espiritual del hombre, y particularmente con el color blanco indica su dimensión escatológica salvadora como marca de los seres asociados a Dios (cf. Ecl 9,8; Eclo 43,18).

Será el libro del Apocalipsis que en la descripción del mundo celeste subraya con más insistencia estas características (cf. Ap 2,17; 14,14...), ya presente en toda la Biblia para describir los seres ve-nidos del cielo (cf. Ez 9,2; Dan 7,9; Ap l,13s...). En este contexto, el contraste entre el «joven desnudo» (Mc 14, 5 ls.) —símbolo de la muerte de Jesús— y el «joven vestido de blanco» (Mc16,5) —anunciador de la Resurrección de Jesucristo—, sugiere plásticamente el significado profundo del «vestir al desnudo» de Mt 25,36, ya que al creer en la Resurrección el joven se «viste (de blanco)» como signo de su esperanza plena. La tradición paulina, además, subrayará con fuerza que la desnudez, expresión «del hombre viejo», la cual desaparece gracias a que «os habéis revestido de la nueva condición que se va renovando a imagen de su Creador» (Col 3,10; Ef 4,24), por mediación de la fe y el bautismo por el cual «os habéis revestido de Cristo» (Gal 3,27), teniendo presente que ni «la desnudez no podrá separar de Cristo» (Rom 8,35), dado que «no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Cor 5, 4).

4. Acoger al forastero

Cuarta Obra de Misericordia en Mt 25,35. Las palabras de Mt 25,35: «fui forastero y me hospedasteis» marcan toda la historia de Israel. En efecto, el huésped que pasa y pide el techo que le falta recuerda a Israel su condición pasada de forastero y extranjero de paso sobre la tierra tal como atestiguan estos textos: «El emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como el indígena: lo amarás como a ti mismo, porque emigrantes fuisteis en Egipto» (Lev 19,34; Hch 7,6). «Escucha, Señor, mi oración, haz caso de mis gritos, no seas sordo a mis llantos; porque soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres» (Sal 39,13) . «Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento... que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Heb 13,13s).

Este forastero tiene necesidad de ser acogido y tratado con amor, en nombre del Dios que lo ama («Dios que ama al emigrante»: Dt 10,18). Deberá ser defendido ante grandes dificultades (cf. Gen 19,8; Jue 19,23s), y no se dudará en molestar a amigos si no se tiene los medios para ayudar a un forastero inesperado (cf. Lv 11,5s). Ejemplo de acogida generosa y religiosa es Abrahán con los tres personajes en Mambré, paradigma de toda hospitalidad (cf. Gen 18,2-8), así como Job que se gloría de ella (cf. Job 31,31 s) y el mismo Cristo que aprueba los cuidados que comporta (cf. Lc 7, 44-46) y que, a su vez, es acogido en su casa por los discípulos de Emaús, los cuales lo reconocen precisamente en «la fracción del pan» (Lc 24,13-33).

Todos estos gestos de acogida del forastero son manifestación concreta de «que vuestro amor no sea fingido..., practicad la hospitalidad» (Rom 12,9.13). Dentro de la tradición cristiana sobresale la Regla de san Benito (siglo v), que exhorta a los monjes a la hospitalidad con esta afirmación que recuerda Mt 25,40, así: «A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como a Cristo, porque él lo dirá un día: “Era peregrino, y me hospedasteis”» (n.53,1). A su vez, describe cómo los monjes deben relacionarse con los huéspedes así: «En el modo de saludar se debe mostrar gran humildad hacia todos los huéspedes que llegan o parten: con la cabeza inclinada o con todo el cuerpo postrado en tierra se adore a Cristo que es acogido en ellos» (n.53,6s).






09/06/2016 09:00:00