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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Obras de misericordia corporales III

Asistir a los enfermos: visitar a los presos


5. Asistir a los enfermos

Quinta Obra de Misericordia en Mt 25,36. «La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1500).

El enfermo por excelencia en el Antiguo Testamento es Job que pide a sus amigos que lo atiendan así: «Escuchad, si queréis, mis descargos, oíd los argumentos que pronuncio» (Job 13,6), y repite: «escuchad atentos mis palabras, dadme siquiera este consuelo» (21,2). El testimonio sobre el acto de visitar a los enfermos, no muy frecuente en la Biblia, lo describe Ben Sira como acto de amor hacia el visitante así: «No dejes de visitar al enfermo, porque con estas obras te harás querer» (Eclo 7,35).

Este texto manifiesta la comprensión judía que ponía su acento en el visitante y no en el enfermo, diversamente de Mt 25,36, en el cual es el enfermo que tiene una dignidad que debe ser reconocida ya que es Cristo mismo. En este sentido «el enfermo tiene una sacramentalidad crística que le convierte en sacramento de Cristo» (L. Manicardi). Tal perspectiva exige del visitante que descubra en su encuentro con el enfermo pobre y desvalido un camino y una interpelación que pueda conducirle a asemejarse con Cristo que «siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8,9).

En el Nuevo Testamento aparece una forma típica de visita a los enfermos, en la que se articulan tres momentos: la visita, la oración y el rito, teniendo este último dos formas: la imposición de manos o la unción con aceite. Así, en Hch 28,7-10, Lucas narra la acogida de Pablo en casa de Publio y en la carta de Santiago 5,14s. se afirma que se debe llamar a los presbíteros cuando uno está enfermo. He aquí estos dos textos: «El padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo y rezó, le impuso las manos y lo curó» (Hch 28,8s.). «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado» (Sant 5,14s).

Este último texto ha sido considerado por la tradición cristiana como la base y el germen bíblico del sacramento de la unción de los enfermos, insinuado ya en la misión de los Doce en la cual «ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13) , sacramento que es explicado así por el Concilio Vaticano II: «Con la sagrada unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve (cf. Sant 5,14s.). Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rom 8,17; Col 1,24; 2 Tim 2,1 ls.; 1 Pe 4,13) y a contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios» (LG 11).

Debe observarse que a partir del siglo xi este sacramento adquirió el nombre de «extrema unción», por ser posterior a la unción del cristiano en el bautismo y en la confirmación, y progresivamente derivó a comprenderse en la práctica como «sacra-mentó de la muerte» (siglo xv). El concilio de Trento, prefirió hablar de «extrema unción» al comprenderlo como «sacramento consumativo de toda la vida cristiana», aunque también usó el nombre de «unción de los enfermos» (DH 1694).

Por su parte, el concilio Vaticano II prescribió que se retome a llamarlo «unción de los enfermos», y no tanto «extrema unción», ya que «no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir» (SC 73).

6. Visitar a los presos

Sexta Obra de Misericordia en Mt 25,36. En el trasfondo de esta Obra de Misericordia están aquellos lugares emblemáticos de la Biblia que anuncian a los prisioneros la liberación, tales como «proclamar a los cautivos la libertad» (Lc 4,18), que evoca el «proclamar la amnistía a los cautivos» (Is 61,1). Y también aquellos otros lugares que invitan a acordarse de los encarcelados como si se fuese compañero de su prisión, tal como recomienda Heb 13,3: «acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos», sin olvidar el Salmo 142,8: «saca mi vida de la cárcel»; así como, las referencias fundamentales, a partir de las mismas palabras de Jesús: «estaba en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,36). No es extraño, pues, que en el Nuevo Testamento se señale la relación particular entre los miembros de las comunidades cristianas y los hermanos encarcelados por motivos de fe, como recuerda el dicho de Jesús de que «os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles» (Lc 21,12).

En este contexto, la carta a los Hebreos se dirige a sus destinatarios diciendo: «Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes» (Heb 10,34). Ejemplos importantes son la proximidad de la comunidad por medio de la oración de intercesión a Pedro que estaba encarcelado: «mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Por su lado, Pablo expresa su gratitud por la proximidad de los cristianos de Filipos durante su detención, así como por las ayudas recibidas (cf. Flp l,13s,17; 2,25; 4,15-18). «Obviamente una pastoral que preste atención a los presos deberá orientarse también a sus familiares, dándoles apoyo para que puedan asistir lo mejor posible a los presos...

Las formas de presencia cristiana en las cárceles son múltiples y creativas, en definitiva, el “visitar a los presos”, no puede separarse de un trabajo político y de una reflexión que en nombre de la dignidad del hombre y de los derechos humanos, busque entrever formas de pena que no priven de la libertad, pero que prevean actos de reparación» (L. Manicardi).






16/06/2016 09:00:00