Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Obras de misericordia corporales IV

Enterrar a los muertos


7. Enterrar a los muertos
Obra de Misericordia en Tob 1,17; 12,12s. En Israel ser privado de sepultura era visto como un mal horrible (cf. Sal 79,3), que formaba parte del castigo con el que se amenazaba a los impíos (cf. 1 Re 14,1 ls.; Is 34,3; Jer 22,18s.). Por eso, era una obra de piedad y una práctica piadosa en el judaísmo. De ahí las exhortaciones de Ben Sira: «A los muertos no les niegues tu generosidad» (Eclo 7,33). «Hijo, por un muerto derrama lágrimas, y como quien sufre atrozmente, entona un lamento; amortaja el cadáver como es debido, y no descuides su sepultura» (Eclo 38,16).

El testimonio relevante de esta práctica la ofrece el libro de Tobías: «En tiempos de Salmansar hice muchas buenas obras a mis hermanos de raza: procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza fuera de las mu-rallas de Nínive, lo enterraba. Enterré también a los que mandó matar Senaquerib» (Tob 1,16s.). «Cuando tú y Sara orabais, era yo que presentaba el memorial de vuestras oraciones ante la gloria de Dios, y lo mismo cuando enterrabas a los muertos. El día en que te levantaste enseguida de la mesa, sin comer, para dar sepultura a un cadáver, Dios me había enviado para someterte a prueba» (Tob 12,12s).

Tobías, pues, incluye la obra buena de «enterrar a los muertos» después de las Obras de Misericordia de «dar de comer al hambriento» y de «vestir al desnudo». Esta enumeración conjunta es la que posiblemente debía influir en el que fuera incluida como la última después de la seis enumeradas en Mt 25. Una razón más profunda de tal inclusión es la dada por santo Tomás de Aquino.

Por un lado, subraya que el silencio sobre la sepultura en las seis primeras Obras de Misericordia, se debe a que estas últimas son de «una importancia más inmediata» y, por otro lado, indica que así «no caen en el deshonor de los que restan sin sepultura, ya que los corazones misericordiosos deben tener afecto al difunto aún después de muerto; y es por esta razón que son loados aquellos que entierran a los muertos, como por ejemplo Tobías y los discípulos que sepultaron a Jesús en la tumba» (STh II-n, q.32, a.2, ad 1).

Esta referencia explícita a la sepultura de Jesús da la clave de la comprensión de esta Obra de Misericordia dado que, de nuevo y según el mismo santo Tomás, «por haber resucitado Cristo del sepulcro, se otorga la esperanza de resucitar, por medio de él mismo, a los que están en el sepulcro, conforme a aquel pasaje de Jn 5,25-28: Todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán» (STh III, q.51, a.l). Por esto, en la confesión pascual más antigua que une la muerte y la resurrección de Jesús, se incluye una cita explícita de la sepultura —el sábado santo—, como constatación de la muerte, la cual, a su vez, y gracias a Cristo resucitado del sepulcro, es vía hacia la Resurrección (cf. 1 Cor 15,3-5).

¿Y la incineración? Desde del año 1963, una Instrucción de la Congregación parar la Doctrina de la Fe, recogida en el Código de Derecho Canónico (1983), can. 1176, indica que la Iglesia Católica, aun manteniendo su preferencia tradicional por la inhumación, acepta acompañar religiosamente a aquellos que hayan elegido la incineración mientras no sea hecho con motivaciones expresamente anti-cristianas. De ahí la importancia de cuidar con particular atención la celebración litúrgica correspondiente. Esta nueva práctica de la incineración, a su vez, invita a reflexionar sobre el profundo interrogante que es la muerte para toda persona humana, conscientes, con todo, de que la fe cristiana «afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo “yo” humano, carente mientras tanto del complemento de su cuerpo.

Para designar este elemento la Iglesia emplea la palabra “alma” consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición, aunque no ignora que este término en la Biblia tiene diversas acepciones» (según afirma la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota sobre algunas cuestiones de Escatología, 1979, n 3). En definitiva, pues, se trata de la fe en la inmortalidad de la «persona» o yo humano (o alma), que sobrevivirá como tal transformada por la acción salvadora de Dios en Jesucristo, cuando «Dios sea todo en todos» (1 Cor 15,28), en «un cielo nuevo y una tierra nueva..., donde no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,1.4).






23/06/2016 09:00:00