Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Pasamos a la historia

La historicidad y la fugacidad de nuestra historia humana nos aboca a las cuestiones últimas sobre el sentido de nuestra existencia


Juan de Sahagún Lucas, en Las dimensiones del hombre señala la historicidad humana como un factor estructural clave del crecimiento de la persona humana. La novedad de la persona está precisamente en estar por encima del mundo natural. Es una realidad original que tiene carácter progresivo y autocreativo, es decir, se hace en sus actos. A partir de las conquistas culturales pasadas camina hacia el futuro.

En la base de la historicidad está la libertad como fuerza que configura el hombre biológica y existencialmente. Si únicamente contempláramos la historicidad como fugacidad o inconsistencia, estaríamos aplicando a la persona humana el concepto de tiempo únicamente apropiado para ser aplicado a cosas materiales. El tiempo físico implica solamente el fluir de los instantes, pero el tiempo humano y vivido es la articulación del pasado, el presente y el futuro en un único y original proyecto vital.

El pasado no deja de existir sino que es asumido en el presente personal en el que se nos presenta el futuro como proyecto. Tampoco sería suficiente entender la historicidad como un mero cambio, ya que la historia humana implica más bien el desarrollo y crecimiento de virtualidades, y señala con claridad la distancia antropológica que existe entre el estado objetivo y el estado ideal que la persona pretende conseguir.

La historicidad no es un mero acontecer necesario sino un proceso voluntario y consciente. La estructura corporal y espiritual de la persona humana la lleva a realizarse en el entorno espacio-temporal con unos elementos fundamentales como son la encarnación, la temporalidad y la ínterpersonalidad.

Estas tres condiciones hacen de la historia humana un proceso absolutamente diferente de la inestabilidad y el crecimiento de la pura historicidad. Únicamente existe tiempo donde hay materia, pero en la persona humana convive lo temporal y lo intemporal. Por eso la persona se anticipa, es un ser futurible. Como afirma J. Marías: “El momento no es una unidad cronológica, sino vital, biográfica. El hombre vive momento tras momento, y el engarce de unos con los otros establece la continuidad articulada de la trayectoria biográfica”.

La cuestión de la historicidad de la persona humana está intrínsecamente unida a la cuestión del sentido. El sentido de la vida es la percepción de la trayectoria, satisfactoria o no, de la propia vida. El sentido de la vida no se identifica con la felicidad pero es su condición.
 
El sentido de la vida no se identifica con la felicidad pero es su condición. Como afirma J. Marías, en La felicidad humana: “Cuando hay felicidad se despierta al día, que puede no ser muy grato, con un previo sí. Si uno despierta con un sí a la vida, con el deseo de que siga, de que pueda continuar indefinidamente, eso es la felicidad. En cambio, si esa cotidianidad se ha roto o se ha perdido, si uno despierta a la infelicidad que está esperando al pie de la cama, no hay más remedio que intentar recomponerla, buscarle un sentido a ese día que va a empezar, ver si puede esperar de él algo que valga la pena, que justifique seguir viviendo”.

La ausencia de motivación y de ilusión es el comienzo de la pérdida del sentido de la vida que puede llegar a la atomización de la vida personal. Para conseguir esta motivación vital necesitamos una tarea que nos ilusione y saber afrontar las verdades grandes, es decir, las preguntas existenciales. Los modelos prácticos que nuestra civilización nos propone a diario van desde la desesperación, el absurdo, y el fatalismo propios del nihilismo hasta la euforia vital y el carpe diem del pragmatismo más cínico. Por otro lado, unido íntimamente al misterio de la persona está el misterio o el drama del sufrimiento humano.

La persona se hace consciente de sus límites sobre todo cuando sufre. No podemos negar la trascendencia antropológica que tiene el dolor como experiencia humana. Spaeman afirma que “el dolor es una señal al servicio de la vida ante lo que representa una amenaza para ésta”. Mientras que el dolor físico es causado por un mal presente contrario al cuerpo, el sufrimiento implica un desgarramiento íntimo con dolor interno. La tristeza, la ansiedad, la angustia, el miedo o la desesperación conforman nuestras existencias personales.






27/11/2014 09:00:00