Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Pensar a la luz de la fe

La verdadera conversión cristiana pone el entendimiento a la luz de la fe para revisar constantemente los criterios con los que actuamos.


Nuestra mente es un caos, desordenada, confusa y contradictoria que, fruto del pecado, permanece cerrada a la captación de la verdad y demasiado abierta a los influjos del mundo. Poner el entendimiento en la fe no significa renunciar a pensar, ya que esto sería un puro infantilismo, sino que implica liberarnos de todo conocimiento que no venga de Dios.

Si analizamos nuestro modo de pensar quizá descubrimos que hay en nosotros criterios generales sobre el valor de la igualdad, sobre la importancia de la salud, sobre el sentido de la libertad, sobre el trabajo, que se han ido formando por los influjos del ambiente o de la moda y que nunca hemos examinado atentamente a la luz de la fe. El temperamento personal y el ambiente influyen muchas veces de modo decisivo en la conformación de esas ideas. Convicciones, que tantas veces son falsas o al menos inexactas, solemos tenerlas de hecho como axiomas indiscutibles.

Con frecuencia pueden ser criterios mal entendidos, o bloqueos mentales, como por ejemplo: “necesito más horas de sueño”, “mi familia no puede vivir sin un poco más de dinero”, “es preciso que mi hijo acabe los estudios”, “yo no sirvo para pensar, sino para trabajar”. En otras ocasiones tenemos criterios sobrenaturales pero que son captados con oscuridad y con mezcla de error. Muchos religiosos a menudo han pensado que “encarnarse” y “hacerse todo a todos” significa secularizar y mundanizar sus modos de vida, o algunos cristianos piadosos les puede parecer poco importante descubrir a Jesús en los pobres, porque quizá es un criterio ideológico que no comparten.

En lugar de estas fijaciones deberíamos preguntarnos si Dios está de acuerdo con lo que yo pienso que ha de ser mi trabajo, mi descanso, mi tiempo libre, mi consumo, mi relación con los demás.

En ocasiones puede darse que poseamos algunos criterios verdaderos pero que se encuentren en colisión o impedidos por otros criterios naturales más fuertes. Así ocurre, por ejemplo, cuando uno piensa que hay que dedicar tiempo a la oración, pero también piensa que hay mucho que hacer  y, de hecho, apenas halla nunca tiempo para orar con calma. En este caso, como en otros, el fallo no es únicamente de una voluntad que no es generosa sino de la mente.

A veces el problema no está en los criterios que tenemos, sino en los que no tenemos, en los criterios ausentes en nuestra manera habitual de pensar, y que se refieren a realidades o valores que no estarán nunca integrados en nuestra vida porque nunca hemos dedicado tiempo suficiente a pensar en ellos. Se trata de convicciones que, simplemente, están ausentes de nuestra cabeza por ignorancia o por olvido aunque en el Evangelio están bien claramente presentes. Mortificación, pobreza, ángeles, oración litúrgica, frecuencia de sacramentos, limosna, etc. son para muchos, según personas y ambientes, palabras por completo vacías de contenido real.

Es imposible que el Espíritu Santo pueda iluminarnos y movernos si nuestra mente permanece aferrada a sus propias concepciones, ni podrá nacer el hombre nuevo según la lógica de Dios si no colaboramos en poner en duda los criterios habituales del hombre carnal. Por otro lado, debemos también examinar si nuestros criterios tienen la debida claridad o profundidad y si están integrados orgánicamente con el resto de conocimientos o convicciones.

En definitiva, la fe nos lleva a confrontar nuestra conducta y nuestro pensamiento con el Evangelio, sin acomodarlos a nuestros caprichos o gustos, ni escoger aquello que precisamente confirme nuestras posiciones. Nos conviene conocer de qué forma podemos colaborar con el Espíritu Santo en la ascesis de nuestro entendimiento. En primer lugar nos conviene examinar a menudo y humildemente nuestros criterios a la luz de la fe, para plantearnos si nuestras seguridades naturales responden o no al espíritu evangélico, si Dios está o no conforme con lo que con tanta seguridad pensamos.

Por otro lado, sabiendo que pueden faltarnos algunos criterios de actuación, deberíamos preguntarnos si ponemos los medios necesarios para conocer las enseñanzas de fe o de vida espiritual de las cuales carecemos y para ir configurando nuestro modo de pensar al de Dios. Será igualmente necesario emplear esfuerzo en adquirir la debida claridad o certeza sobre los criterios que ya poseemos o ver cómo integrar mejor con prudencia y acierto algunos criterios que quizá permanecen inoperantes en nuestra vida diaria.

Muchas veces puede ser una dificultad preferir cualquier cosa antes que pararse a pensar. Ahí el activismo suele hacer mucho daño ya que seguimos andando sin verificar la dirección en la que caminamos.






31/07/2014 09:00:00