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Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Recensiones: Las tres edades de la vida interior

Garrigou-Lagrange: Las tres edades de la vida interior


Las tres edades de la vida interior I. Reginald Garrigou-Lagrange. Colección:Pelícano. Editorial:Palabra. Edición: 11ª, enero 2007. ISBN: 978-84-8239-047-5 

Réginald Garrigou-Lagrange O.P. nació en Auch, Francia el 21 de febrero de 1877. Después de estudiar Humanidades en La Roche-sur-Yon-Vendée-, en Nantes y en Tarbes, eligió la carrera de Medicina. Mientras la cursaba en Burdeos en 1897, leyó el libro L'Homme de Ernest Hello, lo que provocó la decisión fundamental de su vida: abrazar el estado religioso.

Novicio dominico en Amiens, Ambroise Gardeil lo orientó hacia el tomismo; para perfeccionar su formación intelectual, lo envió a la Sorbona. Más tarde viajó a Viena, frecuentó algunos meses la Universidad de Friburgo -donde conoció a Norberto del Prado, teólogo que lo impresionó profundamente- y en 1905 entró a formar parte del equipo de profesores de Le Saulchoir.

En 1909, al abrirse el Angelicum, Ateneo Pontificio, hoy Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, compartió con Jesús G. Arintero la cátedra de Teología Fundamental, explicando el tratado De revelatione. Pasó más tarde a la cátedra de teología dogmática, dio cursos sobre la Metafísica de Aristóteles y escribió libros. Consagró 50 años a clases y publicaciones, alternando los trabajos profesorales con el servicio a la Santa Sede en calidad de teólogo y con el ministerio pastoral.

Se jubiló en 1960, y murió el 15 de febrero de 1964 en Roma. Garrigou-Lagrange es, ante todo, un temperamento metafísico, un defensor del ser frente al fenómeno. El proceso termina en Dios, el Ser por antonomasia, meta de toda la filosofía de Garrigou-Lagrange.

Donde nuestro autor destacó más fue en el campo de la Espiritualidad. En 1909 leyó La evolución mística de Arintero, lo que ejerció en él un influjo parejo al libro L'Homme. El proselitismo de Arintero ganó en Garrigou-Lagrange a su más valioso discípulo. Garrigou-Lagrange lo declara: «Tuvo en mí gran influencia y me aclaró importantes puntos, que traté de exponer en seguida según la doctrina de Santo Tomás» (Evolución mística, Madrid 1952, L-LI).

En 1917 abrió una cátedra de Ascética y Mística, la primera de esta disciplina en una Facultad eclesiástica y la última que abandonara, en 1960. En 1919 alentó la fundación de la revista «La vie spirituelle» y se convirtió en principal redactor. Prosiguió ese camino y fueron apareciendo nuevas obras, culminando con Les trois áges de la vie intérieure, 2 vol. Paris, 1938 (trad. esp. Las tres edades de la vida interior, 2 vol. trad. esp. Buenos Aires, 1945), en la que, limando al máximo las aristas polémicas, expone los principios comúnmente admitidos.

Como en su itinerario filosófico, también aquí apunta a Dios, pues la vida interior es «un preludio» de la vida del cielo. Como él mismo expresa en su prefacio: “La razón de no haberle dado la forma y modalidad de un manual, es porque no se trata aquí de acumular conocimientos, como se hace a veces en las pesadas tareas escolares, sino de formar el espíritu, proporcionándole sólidos principios y el arte de saberlos manejar y hacer las aplicaciones que de ellos derivan, y ponerlo así en disposición de juzgar por sí mismo los problemas que se le vayan planteando. Tal es el concepto que, en otros tiempos, se tenía de las humanidades; mientras que hoy, y esto con demasiada frecuencia, se pretende transformar las inteligencias en manuales y repertorios, o también en colecciones de opiniones y expedientes, pero sin la menor preocupación por sus causas, razones y consecuencias, bien profundas a veces. Por lo demás, las cuestiones de espiritualidad, por el hecho de hallarse entre las más vitales y a veces entre las más secretas y escondidas, no tienen fácil cabida en los límites de un manual, o, para decirlo de una vez, hay, en hacer eso, un gran peligro: el ser superficial, al querer clasificar materialmente las cosas, y el reemplazar con un mecanismo artificial el profundo dinamismo de la vida de la gracia, de las virtudes infusas y de los dones. Por eso los grandes espiritualistas nunca expusieron su pensamiento bajo esta forma esquemática, que corre el riesgo de presentarnos un esqueleto allá donde pretendíamos encontrar la vida. En estas cuestiones hemos seguido principalmente a tres doctores de la Iglesia que de ellas han tratado, cada uno a su manera: Santo Tomás, San Juan de la Cruz y San Francisco de Sales. Guiados por los principios teológicos de Santo Tomás hemos procurado captar lo más corriente y tradicional de la doctrina del autor de la Noche oscura, y del Tratado del amor de Dios de San Francisco de Sales

Ésta es una de las obras maestras de espiritualidad de nuestra época. Es un compendio preciso y profundo, pero accesible, de las principales fases que las almas suelen atravesar en su relación con Dios.






16/01/2015 09:00:00