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Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Recensiones: Santos de la Misericordia

Francis Trochu., El Cura de Ars, Colección Arcaduz. Edición 18ª, octubre 2015. Editorial Palabra. ISBN 978-84-9061-308-5


Francis Trochu., El Cura de Ars, Colección Arcaduz. Edición 18ª, octubre 2015. Editorial Palabra. ISBN 978-84-9061-308-5

Monseñor Francis Trochu (1877-1967), sacerdote e historiador, fue un maestro de la hagiografía, y buscó ocultarse para realzar los personajes que quería proponer como modelo Goza de una fama justamente merecida como historiador, avalada por los diversos premios que sus obras han recibido. Escribió cuidadas biografías de muchos santos, pero la obra que le hizo mundialmente famoso es la dedicada al Cura de Ars, fundada en un solidísimo conocimiento de la personalidad de este santo que incluye la realización de una tesis doctoral y que tuvo un reconocimiento inmediato llegando a ser galardonada por la Academia Francesa.

Con el tiempo, se ha convertido en un clásico de la espiritualidad y de la hagiografía. El santo Cura de Ars, tal como se muestra en este libro, resulta un ser humano real (aunque con una personalidad muy peculiar y con patentes limitaciones); sin embargo, es también un hombre heroico y, al fin, extraordinario. Su parroquia era un pueblucho miserable, pero él, cura humilde, encontró esa labor como una misión asequible, a su tamaño, y al entregarse a ella por entero se desbordaron los efectos: Ars se convirtió en lugar de peregrinación

Del prólogo de la edición española “Bajo la impresión con que acabo de leer esta «Vida del Cura de Ars», escrita por el laureado Vicario de Nuestra Señora de Nantes, señor Trochu, tomo la pluma para decir una palabra sobre el libro y sobre su héroe. EL LIBRO: Un modelo de vidas de santos: así lo puedo llamar con toda justicia. Y lo es porque el autor ha acertado a salvar los dos escollos con que, a mi ver, tropiezan ordinariamente esta clase de obras literarias: la suplantación de la persona o la negación de la naturaleza del biografiado. Me explicaré brevísimamente.

El peligro de la suplantación de la persona

Uno de los grandes riesgos de la veracidad histórica es la tendencia del espíritu humano a establecer la ecuación de la inteligencia, no con las cosas como son en sí, sino cómo se las representa el prejuicio de escuela, de nación, de familia, de corporaciones o del propio gusto o capricho. ¡Cuántas veces vemos en la historia, o en los libros de historia, que la hazaña que para un historiador es una gesta, para otro es una villanía, y que el personaje que para unos es un coloso, para otros es un pigmeo! ¡cómo a las veces esos prejuicios mueven las plumas de los hagiógrafos, y, en vez de presentar a los santos como Dios los hizo y ellos fueron, vivieron y hablaron y respiraron, presentan un héroe tan a la imagen y semejanza de los gustos y aficiones de su historiador, que el resultado más que la «Vida de un Santo», es la «suplantación de un Santo», al que se le hace pensar, sentir, hablar, ¡proceder y dejarse influir al modo y por los motivos que al autor le place! Y cuenta que en la mayor parte de los casos no es la superchería la que induce a esa torpe acción: es una inconsciente equivocación del propio juicio, extraviado por el amor propio disfrazado con el nombre de amor de clase, de patria, de escuela, de tradiciones, de partido, etc.

De mí, puedo deciros que, después de leer biografías de un mismo Santo escritas por diversos autores y de distintas escuelas y tendencias, me he decidido a esperar a conocerlos de verdad en el cielo.

El peligro de la negación de la naturaleza

Es el otro escollo con que suelen tropezar los biógrafos de santos. Realmente, subyuga tanto la santidad cuando de cerca se la contempla; arrebatan tan impetuosamente las heroicidades de los santos cuando se les ve moverse en plano tan alto al en que nos movemos los demás mortales, que el que los examina y trata de describirlos corre el riesgo de perder de vista al hombre y lo humano, y absorto en lo inexplicable y sobrehumano de aquella existencia, acaba por casi quitarle la naturaleza humana para sustituirla con otra angélica o divina. Aunque sea un defecto excusable, es engendrador de extravíos en el conocimiento de los héroes y de desalientos en la imitación de sus virtudes. Que más asequible para nuestro entendimiento y más imitable para nuestra flaca voluntad es distinguir lo que hay de humano y de divino en el santo y persuadirse de que no todas las obras del santo han sido santas, ni todos los santos lo fueron siempre, ni de un golpe, sino que se hicieron luchando contra sus imperfecciones y tentaciones, faltas y pecados, a las veces, gravísimos.

Los dos peligros evitados. Esta «Vida del Santo Cura de Ars» huye con igual empeño y acierto de estos dos obstáculos; ni suplantación de persona ni negación de naturaleza. No hay suplantación de persona, porque el autor ha tenido el singular mérito de desaparecer. En un estilo sobrio y fácil, en un lenguaje preciso y atractivo y en unas descripciones llenas de vida y sinceridad de los «marcos» en que se movió la gran figura de su cuadro, ha ido engarzando palabras y hechos del Santo, testimonios de los que lo trataron, documentos y fechas de autenticidad depurada, como tomados en su mayor parte del Proceso de canonización, y ha obtenido por ese procedimiento de quitarse de en medio para que no se vea, ni oiga, ni se sienta más que al Santo, multiplicar los retratos vivos de su héroe, no sólo según el número de ejemplares impresos, sino según el de los lectores de su libro.

¡Buen premio para la imparcialidad crítica y la modestia literaria del escritor! No hay negación de naturaleza, porque este libro más que la vida santa de un hombre, es la vida de un hombre que llega a hacerse santo. ¿Cómo? Luchando. Luchando contra un carácter duro, impetuoso, contra un temperamento excesivamente nervioso, contra una rebeldía mental, contra resabios y prejuicios de un tiempo jansenista y rigorista, contra enfermedades ininterrumpidas del cuerpo y tentaciones espantosas del alma, contra la maledicencia de feligreses, envidias de compañeros, halagos de admiradores exaltados y fieros ataques del demonio en persona. Realmente en este libro se ve labrarse a un santo a fuerza de golpes y se confirma el pensamiento consolador y cierto de un asceta que afirma que «los santos no son los que nunca cayeron, sino los que siempre se levantaron».






15/05/2016 09:00:00