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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Recensiones: Santos de la Misericordia


San Vicente de Paúl (1581-1660)

En su siglo y en su patria, Vicente era el Santo que descubría continuamente nuevos pobres y nuevas miserias, pensando que el Señor le llamaba precisamente a él a hacerse cargo de ellos, de tal modo que es conocido por todos como «el santo de las caridades».

Fue él quien abrió a las mujeres, habitualmente destinadas al claustro, también el «monasterio del mundo». Son célebres —por el cambio extraordinario que significaron— las palabras con las que Vicente esbozó la nueva «forma de vida» para sus «hermanas de Caridad»: «Ellas tendrán por monasterio las casas de los enfermos y aquella donde reside la superiora. Por celda, una habitación de alquiler. Por capilla, la iglesia parroquial. Por claustro, las calles de la ciudad. Por clausura, la obediencia. Por celosía, el temor de Dios. Por velo, la santa modestia.

Por profesión, la confianza constante en la divina Providencia y la ofrenda de todo su ser». Y a las que, entre ellas, se ocupaban de los niños abandonados (una verdadera plaga social de su tiempo) les daba esta instrucción, resplandeciente como el oro: «Imitaréis a la Virgen, porque seréis madres y vírgenes al mismo tiempo. ¿Veis, hijas mías, lo que Dios ha hecho por vosotras y por ellos? Desde la eternidad ha establecido este tiempo para inspirar a algunas señoras el deseo de hacerse cargo de estos pequeños que él considera suyos: desde la eternidad os ha escogido a vosotras, hijas mías, para servirles. ¡Qué honor para vosotras!».

Y puesto que, en el corazón y en la mente de Vicente, las obras y las iniciativas se multiplicaban, tanto como se multiplicaban las urgencias que se encontraba en su camino (enfermos abandonados, ancianos sin familia, mendigos, delincuentes, y otros), había adquirido la costumbre de contar a sus hermanas que cada nueva obra era justamente la manera con la que Dios le recompensaba por el encargo precedentemente asumido. Y fue con esta «lógica» (¡para él evidentísima!) como él abrazó y practicó todas las obras de misericordia, necesarias a la sociedad de su tiempo.

Cuando decidió asumir también el cuidado de los dementes, relató extasiado a sus hermanas: «¡Ah, hermanas mías, os lo digo una vez más: nunca ha habido una compañía que deba alabar a Dios más que la nuestra! ¿Hay alguna, por casualidad, que se ocupe de los pobres locos? No, no hay ninguna. ¡Y he aquí que esta fortuna os toca a vosotras! ¡Oh, hijas mías, cuánto debéis estar agradecidas a Dios!».

Justamente, H. Brémond, el gran historiador de la espiritualidad cristiana, anotaba: «No es el amor por los hombres el que condujo a Vicente a la santidad, sino más bien la santidad la que lo hizo verdadera y eficazmente caritativo; no han sido los pobres quienes lo han dado a Dios, sino que ha sido Dios, al contrario, el que lo ha dado a los pobres» La verdadera caridad, en efecto, nace de la mirada que no se retira nunca, ni siquiera por un momento, de haberse acercado a Jesús vivo, reconocido, amado, de tal manera que Vicente insistía siempre: «El fin principal para el que Dios nos ha llamado es para amar a Nuestro Señor Jesucristo. Si nos alejamos, por poco que sea, del pensamiento de que los pobres son los miembros de Jesucristo, infaliblemente disminuirán en nosotros la dulzura y la caridad».
Las antologías o resúmenes de la doctrina y ejemplos virtuosos de San Vicente datan de su primer biógrafo, Abelly, en la tercera parte de su obra, dedicada a los dichos edificantes del Santo, en una buena parte auténticos. Las “Máximas de San Vicente”, que leíamos diariamente desde el Se­minario Interno y que se reeditaron hasta el primer tercio de este siglo, estaban tomadas de Abelly, hasta que, en 1940, saqué directamente de la edición de Coste otra serie de ellas, auténticas, para cada día y que después edité, como apéndice, en “Espíritu y doctrina de Santa Luisa” (Madrid, 1960, págs. 503 a 582).

El “Espíritu de San Vicente de Paúl”, recogido y levemente estudiado por Andrés Ansart (París 1780, y seis ediciones más hasta 1852), fue alimento bastante puro de muchas generaciones de Misioneros y de Hijas de la Caridad. Se tradujo al castellano en 1801, y llegó hasta nuestros días en las Casas, especialmente de Hermanas. “Virtudes y Doctrina de San Vicente”, escrito por otro gran biógrafo del Santo, Maynard (París, 1864), ya fue destinado a todos los públicos y tuvo larga vida hasta 1924, última edición, curiosamente coincidente con la edición de los Escritos y Conferencias de San Vicente. En cas­tellano llegó tarde la traducción (Madrid, 1908), sin duda porque aún se leía a Ansart y se usaba para este fin algún capítulo del resumen de Abelly hecho por Acami, Fray Juan del Santísimo Sacramento. Yo mis­mo aprendí ese capítulo, que habíamos de recitar ante todos los se­minaristas. Este autor, clásico hasta Coste, entre los biógrafos del San­to, ya unió la doctrina y los hechos edificantes, lo que forma un modelo más realista de virtudes.

La edición crítica de los Documentos vicencianos, realizada pacien­temente por P. Coste (París, 1920-25), da mayor seguridad a las antolo­gías, ya que los textos están depurados de interpolaciones piadosas, pe­ro no originales del Santo. El mismo Coste las aprovecha ávidamente, aunque en la espiritualidad no ahonde mucho, y los capítulos dedicados a ella en su “Monsieur Vincent” (1932) sea de lo más flojo en su gran biografía de “el gran Santo del gran siglo” (que nos trae a la memoria la “grandeur” ambiciosa de Charles De Gaulle, hoy en silencioso re­tiro).

Desde ahora, las Antologías vicencianas se bifurcan: en meras co­lecciones ordenadas de textos, con alguna introducción más o menos erudita o sabia, o en libros de reflexión sobre los textos vicencianos y el contexto histórico y “espiritual”. “Les Vertus Chretiennes á 1’Ecole de S. Vicent de Paul” (París, 1937), del prolífico escritor Padre Baetteman, C. M., sigue la línea anterior de traer ‘en Antología frases y algunos hechos relativos a las virtudes, en concreto 16 de ellas, y con mayor abundancia la Caridad en sus diver­sas direcciones. En este aspecto, el libro es muy edificante.

En “La Vie et l’Ame de Monsieur Vincent” (París, 1959), Daniel Ropps introduce al lector, con un profundo y precioso análisis de la vida y persona del Santo Fundador a los “Textos escogidos del Padre Cha­lumeau, C. M.”. Son XXXVII y 263 páginas de introducción y de doctrina espiritual. El autor de la selección, buen catador de esencias vicencianas, no se reduce a frases sueltas, sino a piezas completas del pensar y del hacer del señor Vicente, en relación a su vida, a sus Obras y a su es­piritualidad. Esta parte es la que aquí interesa más, y es la primera antología del período que recensionamos específicamente, aunque era preciso escribir algo de las anteriores antologías, muy meritorias. Lo característico de ésta es que está hecha siguiendo las posiciones funda­mentales del Santo, a juicio del “seleccionador”. Es una lástima que este libro no haya tenido el honor de la traducción.

La “Vida de San Vicente de Paúl”, de los Padres Herrera y Pardo, editada para el Centenario (1960), incluye una “selección de escritos”, precedida de su valoración ascética, desde la página 679 a la 958, divi­dida en siete secciones correlativas a las grandes acciones e institucio­nes en su espiritualidad respectiva. Fue del gusto del público. Antología Española del Centenario (Madrid, 1961). La traducción de los 14 volúmenes de la edición crítica de Coste fue una aspiración del inolvidable Padre Adolfo Tobar. Hasta llegó a reunir en Madrid una Comisión de Padres traductores, que familiarmente se llamó “de los Setenta”: Alberto González, Urbano Moral, Esteban Gon­zález, Fernando Larraínzar, etc., quienes llegaron a traducir buena parte de los Documentos del Fundador y que duermen en el Archivo Provin­cial.







15/09/2016 09:00:00