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Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Recensiones: Santos de la Misericordia

Peek, Susan (2012). Rendición de un soldado. La conversión de San Camilo de Lelis. Madrid: Ediciones Palabra. ISBN 978-84-9840-715-0.


San Camilo de Lelis (1550-1614)

Peek, Susan (2012). Rendición de un soldado. La conversión de San Camilo de Lelis. Madrid: Ediciones Palabra. ISBN 978-84-9840-715-0.

Que la misericordia nos dé una mirada semejante a la de Cristo que, a su vez, encarnó la manera con la que el Padre mira a «cada hombre», depende del hecho de que Jesús sea contemplado primero, con una intensidad dispuesta hasta la identificación. De otro modo no podría ciertamente explicarse la manera de actuar de san Camilo de Lelis, que no sólo pretendía lo mejor para sus enfermos, hasta querer gestionar el inmenso hospital, sino que exigía, ante todo —de sí mismo y de sus colaboradores— «la ternura».

Cada enfermo era recibido personalmente por él en la puerta del hospital y abrazado; se le lavaban y besaban los pies; luego se le despojaba de sus harapos, se le vestía con ropa limpia y se le acomodaba en una cama bien hecha. Camilo quería personas que lo ayudasen «no por salario, sino voluntariamente y que- por amor de Dios sirviesen a los enfermos con aquella ternura que suelen tener las madres con sus propios hijos enfermos».

Sus colaboradores lo observaban para aprender. «Cuando cogía a un enfermo en brazos para cambiarle las sábanas, lo hacía con tanto afecto y diligencia que parecía tocar la persona misma de Jesucristo». A veces gritaba a sus colaboradores: «¡Más corazón, quiero ver más afecto materno!». O también «¡Más alma en las manos!». Camilo no temía limpiar con las manos desnudas los rostros de los enfermos devorados por el cáncer, y luego los besaba, diciendo a los presentes que «los pobres enfermos son pupila y corazón de Dios y, por eso, lo que se hacía a los pobrecillos era hecho al mismo Dios».

Que los enfermos eran para él una prolongación de la humanidad sufriente de Cristo, se veía también en ciertas actitudes que asumía a veces, casi sin darse cuenta. Narra un biógrafo suyo: «Una noche lo vieron estar arrodillado al lado de un pobre enfermo que tenía un cáncer en la boca tan pestilente y hediondo que no era posible tolerar tanto hedor. Y con todo esto Camilo le hablaba desde muy cerca, “aliento con aliento”, y le decía palabras de tanto afecto que parecía hubiese enloquecido con su amor, llamándolo particularmente: “Señor mío, alma mía, ¿qué puedo hacer a favor vuestro?”, pensando que era su amado Señor Jesucristo [...]».

Otro testigo llegó a decir: «Lo vi llorar más veces por la vehemente conmoción de que en el pobre estaba Cristo, así es que adoraba al enfermo como a la persona del Señor». Las expresiones pueden parecer exageradas, pero la que con certeza no era exagerada era la impresión que Camilo dejaba en quien le observaba: entre la misericordia activa hacia el prójimo necesitado y la ternura por la persona misma de Cristo, no dejaba que hubiese ninguna divergencia, de tal modo que llegaba al punto de contar llorando a algún enfermo los pecados de su vida pasada, verdaderamente convencido de hablar con su Jesús. En sus ojos y en su corazón Jesús no era nunca un ideal, un valor, una causa o un motivo de acción. Era y permanecía una Presencia adorable y adorada.






15/10/2016 09:00:00