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Recensiones: Santos de la misericordia

HISTORIA DE UN ALMA. TERESA DE LISIEUX , SAN PABLO, 2007. ISBN 9788428530507.


HISTORIA DE UN ALMA. TERESA DE LISIEUX , SAN PABLO, 2007. ISBN 9788428530507.

GRATITUD HACIA EL DIOS «JUSTO Y MISERICORDIOSO» Santa Teresa de Lisieux (1873-1897)

En la historia de la santidad, parecería lógico que el tema de la misericordia fuera tratado por quien ha recorrido algún largo y difícil itinerario de conversión, o por quien se ha dedicado particularmente a las obras de caridad. Más sorprendente es el hecho de que, quien ha hablado de ella con una cierta sistematización, sea una Santa totalmente caracterizada por la experiencia y por el mensaje de la «infancia espiritual»: santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), que ha vivido como misericordia incluso su inocencia, hasta concluir la propia existencia con un «Acto de ofrecimiento al Amor misericordioso del Buen Dios».

Misericordia es, en efecto, la palabra que podría servir de título a los tres «Manuscritos» de su Historia de un alma. El primero de ellos (Ms A) —enteramente dedicado a narrar los años de la infancia, todos llenos de candor— lo escribe con la persuasión de que debe hacer una sola cosa: «Comenzar a cantar lo que luego habré de repetir por toda la eternidad: “las misericordias del Señor”» (Ms A 2r) y lo concluye, cantando también con el salmista, «que el Señor es bueno, que su misericordia es eterna» (Sal 135,1). Pero precisa con cuidado: «¡A mí Dios me ha dado su Misericordia infinita y es a través de ella como contemplo y adoro las otras perfecciones divinas! Entonces todas me parecen radiantes de amor, incluso la Justicia (y quizá más que ninguna otra) me parece revestida de amor. Qué dulce alegría pensar que el Buen Dios es Justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra alma

En el segundo Manuscrito (Ms B), que es un breve compendio de su doctrina en forma de carta, Teresa se limita a comentar la expresión bíblica que dice: «A los pequeños se les concede la misericordia» (Sab 6,6), ilustrada con la más bella imagen del profeta Isaías: «Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y os acariciaré sobre mis rodillas» (Is 66,13).

Y se dirige a Dios con esta sorprendente confesión: «Siento que si encontrases —cosa imposible— un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores aún más grandes, en caso de que se abandonase con total confianza a tu Misericordia infinita» (Ms B, 5v). Por eso explicaba a la hermana carmelita en una carta: «Lo que agrada a Dios es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la ciega esperanza que tengo en su Misericordia» (LT 197).

Escribe, luego, el tercer Manuscrito (Ms C) para completar, con las últimas palabras, su canto de las «misericordias del Señor». Ahora Teresa puede testimoniar que Dios «ha superado toda su expectativa», desde que descubrió en la Sagrada Escritu¬ra «un camino muy recto, muy corto, un pequeño camino totalmente nuevo para ir al Cielo: dejarse llevar en los brazos mismos de Jesús» (Ms C, 3r).

Luego, al final de la vida, a un misionero que le había escrito contándole sus inquietudes espirituales con respecto al juicio final de Dios, Teresa respondía: «Sé que es necesario ser completamente puros para comparecer ante el Dios de toda Santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente Justo, y es esta justicia, que asusta a tantas almas, la que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza [...]. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «El es compasivo y lleno de ternura, lento en castigar y rico en misericordia. En efecto, conoce nuestra fragilidad y se acuerda de que somos polvo. Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente compasión de nosotros (Sal 102,8.14; 103,13). Hermano mío, esto es lo que pienso de la justicia del buen Dios. Mi camino es un camino completamente de confianza y de amor; no entiendo a las afinas que tienen miedo de un Amigo tan tierno» (LT 226).

En suma, la pequeña Teresa fue capaz de unificar en su corazón las dos características de Dios que a nosotros, demasiado adultos, nos parece que casi se oponen: la misericordia y la justicia. Pero esto sucedió porque las puso a las dos en contacto directo no con la experiencia de la miseria humana que se manifiesta en el pecado, sino con la experiencia todavía más radical de la común pobreza de las criaturas. Si Dios se conmueve ante un pecador, es porque se conmueve ante un niño caído (un hijo que se ha lastimado). Pero, aún más, él se conmueve porque se trata de un hijo pequeño que él mismo ha creado de la nada. De este modo, Teresa alcanzaba de golpe la intuición más profunda que los teólogos deben, antes o después, captar: el acto de la creación es el primer acto divino de misericordia, el que funda su misericordia futura para todos los hombres.

Según la pequeña Santa de Lisieux, Dios Creador y Padre ve ante sí sólo tres tipologías de hombres: el hijo pequeño que lo llena de ternura; el hijo pequeño que ha caído y se ha hecho daño; el hijo pequeño que él ha previsto que no cayese. Para estos tres hijos pequeños, que se echan en sus brazos, Dios es a la vez infinitamente justo y misericordioso, porque «es propio del amor abajarse», «y es inclinándose así, como el Buen Dios muestra su infinita grandeza» (Ms A, 2v-3r). Sabiendo que había sido siempre prevenida por la Misericordia de Dios, siempre «anticipadamente perdonada», Teresa había inventado para sí esta genial parábola (de la que es bueno destacar las mayúsculas y cursivas originales): Supongamos que el hijo de un hábil doctor encuentre en su camino una piedra que lo haga caer y que en esta caída se rompa un miembro. Inmediatamente el padre va donde él, lo levanta con amor, cura sus heridas, empleando para esto todos los recursos de su arte y muy pronto, el hijo, completamente curado, le manifiesta el propio agradecimiento. ¡En verdad este hijo tiene perfecta razón en amar a su padre! Pero haré también otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se apresura a ir delante de él y la remueve (sin ser visto por nadie). Ciertamente, este hijo, objeto de su ternura previsora, no sabiendo la desventura de la que le ha salvado el padre, no le manifestará el propio agradecimiento y lo amará menos que si hubiese sido curado por él [...] pero si llega a conocer el peligro del que ha escapado, ¿no le amará, quizá, másl Pues bien, yo soy esa niña objeto del amor previsor de un Padre que no ha mandado a su Verbo para rescatar a los justos, sino a los pecadores. Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. ¡No ha esperado a que le ame mucho como santa Magdalena, sino que ha querido que yo sepa que he sido amada con un amor de inefable previsión, para que ahora yo le ame con locura! (Ms A, 38v-39r).

En este pasaje del manuscrito, la caligrafía de Teresa muestra una fortísima emoción. Las palabras están a veces tan marcadas que parecen atravesar el papel: está protegiendo el hallazgo del amor, al que ahora está adherida con todo su ser. Ha comprendido que la diferencia no está entre quien ha pecado y quien no ha pecado, sino entre quien necesita amor porque ha pecado, y quien ha tenido necesidad de más amor para poder evitar el pecado. Y si el primero ama mucho porque conoce bien lo mucho que se le ha perdonado, el segundo no ama más que cuando y porque se da cuenta del amor previsor que ha recibido. Cuando se da cuenta —y este «hacemos saber» su amor previsor es una gracia inmensa que Dios nos da— entonces se halla en la condición de deber «amar con locura».

Las posibilidades, por tanto, no son sólo dos, sino tres: hay quien ama poco porque piensa que se le ha perdonado poco; hay quien ama mucho porque sabe que se le ha perdonado mucho; y hay quien ama con locura porque sabe que todo le ha sido perdo¬nado anticipadamente, ¡sabe que también es gracia el no haber pecado! Esta última categoría de personas sabe, de la Misericordia de Dios, infinitamente más que quien la ha experimentado sólo en sus caídas. Quien duda de esto, puede útilmente asociar al recuerdo de la pequeña Teresa, ¡también Doctora de la Iglesia!, el del gran Doctor san Agustín, famoso por su atormentada conversión, que se expresaba ya del mismo modo:

Te amaré, Señor, te daré gracias y confesaré tu nombre porque me has perdonado maldades y delitos tan grandes. Atribuyo a tu gracia y a tu misericordia el descongelarse mis pecados como si se tratase de hielo; también atribuyo a tu gracia todo el mal que no he cometido [...]. Confieso que me fueron perdonados todos los pecados —tanto los que cometí por propia iniciativa, como los que dejé de cometer bajo tu orientación—. Quien a tu llamada siguió tu voz y evitó las culpas [...] no se burle de mí, porque el mismo médico que ha curado mi enfermedad le previno a él de las dolencias. Por eso deberá amarte tanto como yo o incluso más que yo, porque el mismo que me sanó a mí de tantas afecciones pecaminosas, le libró a él de caer en ellas
(Confesiones II, 7).






15/02/2016 09:00:00