Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Recensiones: Santos de la misericordia

Bernardi de Veldiporro. Mártir del confesionario y apóstol del ecumenismo. Vida del beato Leopoldo Mandic de Castelnovo. Capuchinos. Curia de Navarra. Sangüesa (1976). Librería Pérez Galdós. El Galeón. (Madrid)


San Leopoldo Mandic (1866-1942)

En Italia, en Padua, en la primera mitad del siglo xx, hay en confesonario un fraile capuchino de origen croata, Leopoldo Mandic, siempre asediado por penitentes.

Durante cerca de treinta años, pasó diez-quince horas al día en el secreto de su celdilla-confesonario, escuchando y perdonando a los pecadores en nombre de Dios. A causa de su pequeña estatura y de su actitud humildísima había, incluso entre sus hermanos, quien lo infravaloraba. Decían «que era un confesor ignorante, de manga demasiado ancha, que absolvía a todos sin discernimiento» y alguno lo llamaba despectivamente: «Fray absuelve-a-todos».

Pero era el más solicitado.

Él se excusaba humildemente: «Dicen que soy demasiado bueno, pero si alguien viene a arrodillarse ante mí, ¿no es prueba suficiente de que quiere obtener el perdón de Dios?». «¡Mira — explicaba a algún hermano— nos ha dado ejemplo Él! No hemos sido nosotros los que hemos muerto por las almas, sino que ha derramado Él su divina sangre. Hemos de tratar a las almas como nos ha enseñado Él con su ejemplo». En otra ocasión explicó: «Si el Crucificado tuviese que reprenderme por la “manga ancha”, le respondería: “¡Este mal ejemplo, ¡Señor, me lo habéis dado Vos!; Yo todavía no he llegado a la locura de morir por las almas!”».

Y, con todo, este fraile tan bueno y paterno tenía un secreto: precisamente él que acogía a todos, y a todos confortaba, y ofrecía a todos la certeza de la infinita Misericordia de Dios, precisamente él experimentaba en sí mismo un continuo y sobrecogedor temor al juicio de Dios, si bien admitía humildemente no haber cometido jamás un pecado grave, tanto que podía afirmar: «¡Me siento el alma todavía niña!».

Al P. Leopoldo, por tanto, se le pidió vivir y experimentar también por sus penitentes, toda la dramática y dolorosa belleza de este sacramento.

En los últimos años estaba tan turbado que, a veces, pasaba la noche llorando y lo asaltaba un terror indeterminado y buscaba —como Jesús en el huerto— alguna persona amiga que le hiciese compañía. Dicen los testigos que, incluso en el lecho de muerte, «parecía como Jesús en la cruz, cuando pesaba sobre él todo el pecado del mundo y se sentía abandonado por el Padre celestial». Sólo la palabra de su confesor lo tranquilizaba completamente, cuando descendía sobre él la misma gracia del perdón que él había distribuido a los otros.

No había en él ninguna fragilidad psicológica o debilidad similar, sino una particularísima decisión de Jesús de hacerlo participar en el drama de su pasión. Los otros podían discutir sobre el problema de la relación que debe existir entre la Misericordia de Dios y su Justicia, el padre Leopoldo debía vivirlo haciendo compañía a Jesús crucificado. De este modo, reservaba a los pecadores toda la misericordia, mientras en su corazón custodiaba todos los derechos de la Justicia de Dios, tanto que a los penitentes —tras haberlos perdonado— les decía: «¡Haré penitencia yo!».

No es fácil explicar la gloriosa y difícil misión que Dios confió al P. Leopoldo, de vivir y experimentar (también por sus penitentes) toda la dramática y dolorosa belleza de este sacramento, a menudo tan descuidado por los cristianos. Demasiados olvidan, en efecto, que es, junto a la Eucaristía, el corazón ardiente del cristianismo.

A todo cristiano habría que repetirle incesantemente: ¡el misterio de la Redención te concierne precisamente a ti, a tu necesidad de salvación, a tu destino! Y es en el sacramento de la confesión donde puedes tomar parte personalmente en los acontecimientos de la pasión de Cristo: en primer lugar con la conciencia de haber crucificado al Señor de la vida (la acusación de los pecados), luego con el reconocimiento, el agradecimiento y la adoración (en el perdón). Y es aquí donde la sangre derramada por Jesús en la cruz desciende directamente sobre el alma.






15/03/2016 11:55:00