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Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Recensiones: Santos de la misericordia

De Volder, Jan, San Damián de Molokai. Un santo para nuestro tiempo. Madrid: San Pablo (2013) ISBN 978-84-285-4140-4.


San Damián de Veuster (1840-1889)

En 1865 en Molokai —un promontorio rocoso y desnudo de las islas Hawai— se estableció una horrible colonia de leprosos, considerados entonces incurables y, por eso, destinados a un total y perpetuo aislamiento. La isla era llamada «el infierno de los vivos» o también «el cementerio de los vivientes», donde no existía ninguna ley o solidaridad humana. Cada mes llegaba una nave, de la que desembarcaban nuevos enfermos, traídos a la fuerza.

Podría decirse que era un lugar en el que no era posible ninguna misericordia; si los cuerpos se deshacían en la más absoluta falta de higiene — ¡ni siquiera el agua estaba garantizada! — las almas se deshacían en la más absoluta corrupción: esclavitud sexual de mujeres y niños, abusos de toda índole, alcoholismo y drogas, latrocinio generalizado, prácticas idolátricas y supersticiosas.

Así fue durante ocho años. Luego desembarcó voluntaria¬mente en la isla el primer hombre blanco, decidido a habitar santamente aquel infierno: el padre Damián de Veuster. Se encontró viviendo entre cerca de ochocientos «intocables», porque así eran considerados los leprosos, y para el misionero se planteó rápidamente la cuestión radical: anunciar la misericordiosa Encarnación del Hijo de Dios. ¡Para hacerlo de manera creíble, tocar aquellos cuerpos enfermos y repugnantes era la primera forma de evangelización!

Era «evangelización» tocar las bocas rosadas por el mal para depositar la hostia consagrada; ungir con el óleo santo manos y pies gangrenosos o vendar con ternura aquellas horribles llagas; dejar que los niños se le echasen en los brazos y lo acariciasen con sus muñones; comer en la mesa el «pol» (carne mezclada con harina de taro) mojando las manos, junto a los leprosos, en el plato común; beber en las tazas que le ofrecían; pasar la propia pipa a quien se la pedía.

El padre Damián no actuaba así sólo para respetar la sensibilidad de los hawaianos, y aquella todavía más aguda de los enfermos, sino para respetar, por así decir, «la sensibilidad de la Iglesia»: ella es por definición «Cuerpo de Cristo»; todos sus sacramentos y sus obras son signos de un «contacto físico», salvífico, entre la humanidad de Cristo y nuestra sufriente humanidad. Si aquel deseado «contacto» era para los hawaianos una cuestión cultural, para el P. Damián era también una cuestión de fe. Innumerables fueron las obras de misericordia realizadas por este «apóstol de los leprosos», pero —si se quiere elegir y contar la más significativa y eficaz— hay que recordar precisamente la que por lo general no exige a los cristianos una práctica urgente ni frecuente, y que el catecismo formula así: «enterrar a los muertos».

En Molokai no había cosa más humana que hacer, dado que las curas eran imposibles e inútiles; la muerte, en cambio, era segura. Así el P. Damián decidió invertir el acostumbrado iter que se usa en pedagogía. Si para todos los otros cristianos era importante aprender «a vivir bien para poder morir bien», para los leprosos de Molokai era necesario «aprender a morir bien para poder vivir bien». Si se piensa que hasta que él llegó, los cadáveres eran abandonados al aire libre y echados como comida a los cerdos, se puede comprender el impacto que tuvo la decisión del Misionero de «celebrar la muerte», dándole plena dignidad humana. Los leprosos eran llamados entonces «los muertos vi-vientes» y el gobierno estaba a punto de sancionar una ley que los declarase «legalmente muertos». Por eso la muerte dominaba en la isla, con todo su cortejo de porquerías y obscenidades.

Con santa inteligencia el P. Damián intuyó que debía comenzar con hacer sagrada la muerte, impregnándola de la fe cristiana en la resurrección. Construyó, por eso, un bellísimo cementerio, justo al lado de su cabaña y fundó la cofradía de los funerales, que se dedicaba a confeccionar los féretros de madera y a acompañar, rezando, al difunto a la última morada, al sonido de la música y al ritmo de los tambores. Era una ceremonia que se realizaba, al menos, tres veces por semana, y que llamaba a todos al silencio y a la oración y ya no a la violencia y a las borracheras a las que se habían acostumbrado.

Después le fue más fácil organizar a los isleños en otras muchas cofradías para atender a las más relevantes necesidades: la del cuidado de los niños abandonados, la de la educación de las chicas; la de las visitas a los enfermos; otra para construir iglesias y viviendas o para el mantenimiento de las cabañas. De hecho, las distintas cofradías se convirtieron también en estructuras de convivencia civil y de asistencia social que ningún otro había sabido ni siquiera imaginar. Presentándose la ocasión, el mismo P. Damián se convertía en proyectista, arquitecto, excavador, albañil, carpintero... y con los años emprendió la construcción de pequeñas escuelas, dispensarios, ambulatorios, acueductos y aljibes.

Por una lógica profunda —que sólo un santo puede rápidamente captar— la segunda gran obra de misericordia emprendida por el P. Damián fue la solemne celebración de la fiesta del Corpus Christi, que se convirtió en la fiesta más bella y conmovedora de la isla, con interpretaciones musicales de gran belleza.

Consiguió, finalmente, introducir la práctica de la Adoración perpetua: los turnos y los horarios, de día y de noche, no era fácil observarlos; pero cuando un «adorador» no podía ocupar su puesto en la iglesia, se arrodillaba a rezar en su camastro. Cuando, al final, también el P. Damián enfermó de lepra y vio que su cuerpo comenzaba a corromperse (aunque todavía no tenía cincuenta años) escribió humildemente a sus superiores: «Me he convertido en leproso. Pienso que no tardaré en estar desfigurado. No teniendo ninguna duda sobre el verdadero carácter de mi enfermedad, permanezco sereno, resignado y felicísimo en medio de mi pueblo. El Buen Dios sabe bien lo que es mejor para mi santificación, y cada vez repito con todo el corazón: ¡Que se haga tu voluntad!».

Desde entonces, cuando usaba la expresión «mis miembros enfermos» parecía que hablaba contemporáneamente tanto de sus miembros sufrientes, como de los enfermos de aquella su comunidad que cristianamente consideraba «como Cuerpo de Cristo, y su cuerpo».






15/04/2016 09:00:00