Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Rechazo de la Iglesia

La Iglesia como institución o la encarnación del misterio


"Jesucristo, sÍ; la Iglesia, no". Este es un eslogan en boca de mucha gente. Por lo que más o menos han oído decir, Jesucristo fue para ellos un gran hombre, un gran pensador, un gran líder que acabó mal porque a todos nosotros nos molestan todos aquellos que quieren, de verdad, construir un mundo mejor. Igualmente, con mayor o menor convicción, creen que, una vez muerto y enterrado, la historia de Jesús se ha acabado. Entonces, ¿para qué la Iglesia?

Hay varias razones que explican este rechazo de la Iglesia. En primer lugar un fuerte sentido del individualismo. Cada vez más y, afortunadamente, somos más sensibles a la propia individualidad, a la propia conciencia, al valor personal. En todos los campos de la vida, en último término, aquello que vale es nuestra decisión personal tomada de acuerdo con nuestra conciencia.

Ahora bien, toda la realidad de la Iglesia es comunitaria. La salvación de Dios es para todos. El contenido de la fe es para todos. La Iglesia es para todos. Nos cuesta acogerla y amarla tal como Jesús nos la ha dado. Todos hemos de reconocer que somos pecadores, e igualmente parece que tendríamos que desear una Iglesia «angelical» pero, entonces, ¿quién de nosotros podría pertenecer en ella?

Nos pone nerviosos que personas más o menos pecadoras como nosotros, hayan recibido de Jesucristo la responsabilidad de proclamar el Evangelio, de presidir la Eucaristía, de perdonar los pecados, y que nos recuerden cual es la voluntad de Dios sobre la persona humana, manifestada, por ejemplo, de forma general en los Mandamientos; que hayamos de recibir de ellos, ni que sea como a simples servidores de Jesucristo, la enseñanza y los medios para mantenernos fieles a nuestra identidad como personas y como hijos de Dios. Estamos a menudo, tan ridículamente apegados a nosotros mismos, que nos cuesta aceptar depender de un amor, depender de un perdón, ni que sea del Amor de Dios y el Perdón de Dios que nos llegan a través de la Iglesia.

En segundo lugar, existe actualmente de forma muy extendida una especie de alergia a las instituciones. El individualismo nos lleva a no fiarnos demasiado de las instituciones. Éstas a menudo nos decepcionan. Pero es preciso institucionalizar los hechos, los acontecimientos vivos que tienen trascendencia general. De otro modo, el acontecimiento vivo, por importante que sea, se perdería en la inmensidad del mar de la vida o de la historia. Las naciones tienden a institucionalizarse si quieren permanecer presentes en el seno de la comunidad internacional; necesitan una constitución, un ordenamiento jurídico, unas estructuras sociales, económicas y administrativas para formular sus derechos y obligaciones y organizar su desarrollo; de otro modo se impondría una anarquía en la cual se perderían aquellos valores específicos que dieron lugar a su identidad.

Si el acontecimiento vivo de «Jesús de Nazaret», inmediatamente después de su Resurrección, no se hubiera institucionalizado en las comunidades cristianas de Palestina, de Grecia, de Roma, ni los Evangelios hubiesen sido redactados, ni escritas las Cartas de los Apóstoles, nosotros hoy no habríamos sabido nada de este acontecimiento tan importante para la vida de cada uno y para la historia de toda la Humanidad.

El riesgo está en que la institución crezca y se complique de tal manera que se ahogue o se pierda la importancia del acontecimiento vivo. Por ello, la institución ha de estar siempre al servicio de la vida del acontecimiento vivo, y no al revés. La institución ha de someterse periódicamente a revisión para verificar su fidelidad al acontecimiento vivo, que es la razón de su existencia, ya que tiene la misión de hacerlo presente en el mundo y darlo a conocer con la máxima transparencia posible.

La Iglesia querida por Jesucristo para la salvación de todos los hombres y de todos los pueblos, en su despliegue histórico, sea por exceso o por defecto, no siempre ha sido modelo de perfección. Encarnada en la cultura y carácter de cada pueblo, nuestros pecados y nuestras limitaciones han repercutido negativamente en ella. Y la Iglesia es consciente de esto. Precisamente la tarea primordial de los Concilios es recentrar a la Iglesia en su verdad y ver cómo hacer llegar la salvación al hombre de cada época. La comunidad cristiana comienza la celebración de la fe reconociendo nuestra condición de pecadores, pidiendo perdón a Dios y a los hermanos. En el mundo no existe ningún otro colectivo que haga esto.

Y en tercer lugar, la razón más importante del rechazo o incomprensión de la Iglesia es el desconocimiento de su verdadera naturaleza, del misterio de su realidad sobrenatural al haber sido creada por la acción del Espíritu Santo, teniendo a Jesucristo como Cabeza y realizando la comunión, en la fe y en el amor, de todas los hombres y mujeres de todos los tiempos. Nadie ama aquello que no conoce. Nadie vive aquello que no conoce ni ama.







16/07/2015 09:00:00