Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Saber o saborear la verdad

Saber no es lo mismo que saborear la verdad porque ésto último implica virtud.


Saber es una cosa y saborear la verdad, otra. Sabio no es el que sabe una verdad sino quien la saborea. Por esta razón conviene no despreciar las virtudes intelectuales. Si bien es cierto que conviene evitar los racionalismos, también lo es que podemos acercarnos con ilusión al descubrimiento de la verdad. Nos rodea un ambiente de un cierto desprecio de la razón. De hecho, los sentimientos y las emociones nos sacan ventaja.

El entendimiento "es la virtud de los primeros principios que nos permite conocer las cosas evidentes". La "ciencia" ayuda a razonar correctamente en un ámbito particular del conocimiento. Y la "sabiduría" nos ayuda a saber las causas últimas de una cuestión. Ser hombres o mujeres "inteligentes" y "prudentes" implica que intentamos con prontitud resolver las cosas urgentes; que tenemos un gran deseo de aprender aprovechando la experiencia de otros, que sabemos preguntar y pedir consejo, y que estamos atentos en todas las circunstancias.

De las restantes virtudes morales las más conocidas son la justicia, la fortaleza y la templanza, con todas sus manifestaciones. Sin virtudes estaríamos obligados a empezar de nuevo en cada momento, pero la virtud es una especie de confirmación estable en el bien porque afecta a las raíces del alma y es fuente y energía de buenas acciones. Dar por supuesto que nuestras acciones acaban en la nada implica una valoración muy pobre de nuestra libertad. Esto querrá decir vivir en una inmediatez que no nos deja alejarnos suficientemente de la vida de los sentidos y nos deja aferrados a la facticidad pura y dura de las cosas.

De hecho, valemos más de lo que nos propone esta visión desenfocada. El compromiso estable en las buenas acciones va creando en nosotros, poco a poco, una "segunda naturaleza" que es capaz de actuar con facilidad, prontitud y gozo. Y es que comprometerse no es enemigo de nuestra libertad, puesto que el hombre no es libertad sino que tiene libertad. Para hacerla efectiva sólo hay un camino, y es determinarla, comprometerla en algo determinado.

La pasividad de quien "se lo mira" sólo es la pasividad del espectador y no de quien es el protagonista de la propia vida. La vivencia apasionada de las virtudes nos aporta la gran ventaja de modular las inclinaciones innatas. Para muchas personas se trata de un mal sueño la constatación de unas disposiciones naturales que no siempre gustan. Hay quien es muy pasivo, o nervioso, o apasionado.

La virtud, sin cambiar este natural, lo modula e integra armónicamente, consiguiendo una personalidad madura. Ninguna virtud se da aisladamente, sino que siempre se da un crecimiento armónico de las virtudes. No es la armonía de las matemáticas, pues se trata de cosas vitales, sino la armonía que hay en ununa bella labor en el que cada puntada complementa la anterior.

Esta armonía es el buen regusto de la madurez humana que nos aporta estabilidad de ánimo, capacidad de tomar decisiones ponderadas y una manera recta y justa de juzgar las situaciones.






03/07/2014 09:00:00