Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Sacramento de salvación

La Iglesia tiene una doble naturaleza


La Iglesia es, a la vez, sociedad dotada de órganos jerárquicos y Cuerpo Místico de Cristo, asamblea visible y comunidad espiritual; Iglesia terrenal e Iglesia enriquecida con dones del Cielo. Estas dimensiones hacen de ella una realidad compleja, que está integrada de un doble elemento humano y divino (cf. LG n.8).

La Iglesia tiene una doble naturaleza: humana y divina. Naturaleza divina, porque hemos visto que Cristo funda la Iglesia con la misión de continuar su obra redentora de salvar a los hombres. Y es por eso que los apóstoles reciben el Espíritu Santo en Pentecostés.

Naturaleza humana, que se refleja en su constitución como Pueblo de Dios. Si nos preguntamos por la finalidad de la Iglesia, hemos de concluir que, la comunión de los hombres con Dios por la caridad, es el fin que debe presidir todo en la Iglesia.

En este sentido, la estructura eclesial sólo tiene como finalidad la santidad de los miembros de Cristo. Lo importante en la Iglesia es lo que no se ve: la fuerza del Espíritu que nos configura a Cristo. La Iglesia es sacramento, es decir, signo o instrumento de la unión de los hombres con Dios. «Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos» (Ap 7, 9).

Como decía Pablo VI, la Iglesia es «el proyecto visible del amor de Dios a la humanidad» (cf. CIC n.776). El hecho que Dios no quiera santificar a los hombres separadamente, sino en conexión los unos con los otros, nos hace reconocer a la Iglesia como Pueblo de Dios. «Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz». (1 Pe, 2,9)

Este pueblo tiene a Jesucristo como cabeza; por condición, la libertad de los hijos de Dios; y por ley, el mandamiento nuevo de amar como Cristo nos ha amado; su misión es ser sal y luz del mundo y su destino es el Reino (cf. Mt 5, 13-16).

La Iglesia, Pueblo de Dios, es un pueblo sacerdotal, profético y real, ya que participa de esta triple condición de Cristo. La Iglesia es también Cuerpo de Cristo. Jesús hablaba siempre a sus discípulos de una comunión íntima con él: «Permaneced en mí, como yo en vosotros (...) Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5). La comparación de la Iglesia a un cuerpo manifiesta la unión íntima entre la Iglesia y Cristo y la comunión de todos los miembros de la Iglesia con Cristo y entre ellos. De este cuerpo, Cristo es su cabeza (cf. Col 1, 18) y nosotros, su cuerpo.

La Iglesia es templo del Espíritu Santo, porque el Espíritu de Cristo es quien impulsa, anima y santifica la Iglesia. Él es el principio de toda acción vital y saludable en nosotros. Por medio de la Palabra de Dios, por el bautismo y los demás sacramentos, por las virtudes, los dones y los carismas, el Espíritu Santo ordena la edificación de la Iglesia en bien de los hombres y de las necesidades del mundo.

Los rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión los resumimos en la profesión de fe, cuando afirmamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Estas cuatro notas no son invención de la propia Iglesia; sino que se las ha concedido Cristo por el Espíritu Santo, a fin de que nosotros podamos reconocer la Iglesia que quiso Jesús.






28/05/2015 09:00:00