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que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Santos o estoicos

La auténtica espiritualidad cristiana se fundamenta más en el dominio del espíritu sobre la carne que no del alma sobre el cuerpo


La santificación del hombre implica un dominio del alma sobre el cuerpo, pero principalmente consiste en el dominio del Espíritu Santo sobre el hombre, en alma y cuerpo. Esta afirmación, fundamental en antropología cristiana y en espiritualidad, requiere algunas explicaciones de conceptos y palabras.

La razón y la fe conocen que hay en el hombre una dualidad entre alma y cuerpo (soma y psique). No se trata del dualismo antropológico platónico en el que el hombre es el alma que preexiste al cuerpo. No es eso. El hombre es la unión substancial de dos coprincipios, uno espiritual y otro material. Pues bien, “para designar este elemento [espiritual] la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos” (Dz 567).

El Nuevo Testamento conoce la dualidad alma y cuerpo, como los libros más tardíos del Antiguo Testamento la habían conocido también. Y la razón filosófica, como hemos visto, sabe que hay “algo” que, al paso de los años, guarda la identidad de la persona, aunque el cuerpo renueve todas sus células, aunque el cuerpo quede paralizado o enfermo. Sabe que el conocimiento, la reflexión, el arte, la religión, son procesos espirituales que, como la libertad, no pueden ser reducidos a la materia. Los diferentes pueblos de la tierra hablan de una pluralidad anímica, el ka y el ba de Egipto; el po’h y el hun de China; el asa y el manas de los Vedas; el animus y el ánima latinos; o de un principio espiritual único, expresado en palabras sutiles, delicadas, que parecen vuelo: seele (alemán), aliento, soul (inglés), suspiro, alma, âme (francés).

Pues bien, aunque la santidad consiste en un dominio del Espíritu divino sobre el hombre, es evidente también que la ascesis cristiana procura un dominio del alma sobre el cuerpo. De poco vale el perfeccionamiento corporal (1 Tim 4,7-8), si “se pierde el alma” (Mt 16,26).

Es cierto que la lucha ascética cristiana no va tanto contra las rebeldías del cuerpo, como contra los espíritus malignos (Ef 6,12). Pero también es verdad que todo perfeccionamiento humano exige un alma que sea señora del cuerpo, y no esclava de sus exigencias. Muchas filosofías y religiones coinciden en esto con la doctrina cristiana.

Sin embargo, en la antropología cristiana lo más importante es la distinción entre carne y espíritu (sarx y pneuma). El cuerpo, sin duda, debe ser conducido por el alma, pero la vocación cristiana lleva a una altura mucho mayor: a que el hombre entero, en alma y cuerpo, sea conducido por el Espíritu Santo. El Espíritu (pneuma) es significado en la Escritura como viento (Jn 3,8) o aliento vital, que se expira al morir. En lenguaje bíblico “Dios es espíritu” (Jn 4,24).

Espíritu es lo divino, sobrenatural, eterno, fuerte, santo, inalterable. El Espíritu santifica a los hombres (Hch 2,38), y los hace espirituales (1 Cor 3,1). Es evidente que la espiritualidad cristiana es la que realiza “el hombre espiritual” que vive dejándose conducir por “el Espíritu del Señor” (2 Cor 3,17): “Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Pues bien, la gracia de Cristo hace que los hombres carnales, animales, psíquicos es decir, “los que no tienen Espíritu” (Jds 19), vengan a ser hombres espirituales (1 Cor 3,1).

Así en Cristo los hombres viejos se hacen nuevos (Col 3,10); los terrenos vienen a ser celestiales (1 Cor 15,47); los meramente exteriores se hacen interiores; los hombres pecadores desde Adán (Rm 5,14.19), ahora en Cristo merecen ser llamados cristianos (Hch 11,26). Y en este sentido también podrá decirse que los cristianos incipientes, apenas transformados en Cristo, llenos todavía de miserias y deficiencias, son como niños, son cristianos carnales, que aún viven humanamente (1 Cor 3,1-3). Así nuestra fe confiesa que si “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) fue para que el hombre, que es carne, se haga espíritu.

Podemos así, parafraseando un texto paulino (2 Cor 8,9), decir: “Nuestro Señor Jesucristo, siendo Dios, se hizo hombre por amor nuestro, para que nosotros fuésemos deificados por su encarnación”. Dios santifica al hombre haciendo que no solamente supere sus límites de pecador, sino su misma condición de criatura. El conflicto principal en la vida ascética no está en la sumisión del cuerpo al alma, sino en la docilidad del hombre al Espíritu divino.

El hombre carnal o demasiado “a lo humano” suele resistirse a este cambio o conversión. Es como si animal hominizado se resistiera a superar los modos de ser y obrar propios del animal, es decir, que no quisiera vivir humanamente, que se conformara con ser un buen animal. Así obra el hombre que no quiere ser cristiano, o el cristiano que se resiste a superar los modos humanos de pensar, sentir y obrar, que no quiere “vivir según el Espíritu”, que se conforma con ser un buen hombre. Ignora que no se puede ser un buen hombre sino viviendo según el Espíritu del Señor.

Decir que el cristiano debe “encarnarse” no parece una expresión demasiado feliz, aunque, por supuesto, admite significados nobles y verdaderos. Es una terminología ajena a la tradición de los maestros de la espiritualidad cristiana. El Verbo divino es el que ha de encarnarse para que el hombre, que es carne, se espiritualice, venga a ser hombre espiritual. Este es el lenguaje bíblico y el de la tradición.

En Cristo,  “se revela al hombre quien es el hombre”. La auténtica antropología a la luz de la fe debe necesariamente desembocar en una auténtica espiritualidad cristiana, es decir, debe encaminarse hacia una teología espiritual que acumule sabiduría y abra caminos para una vida centrada en el Espíritu. 






06/11/2014 09:00:00