Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Siempre es Navidad

Navidad no se detiene en Navidad


La Navidad no se detiene en la Navidad. En toda la liturgia de Navidad se repite constantemente “hoy te he engendrado”. Nos conviene mucho que no nos pase desapercibido este constante “hoy” con el que Dios nos ha salido y nos sale constantemente al encuentro. En Jesús resplandece Dios.

La liturgia celebra este descubrimiento que Jesús hizo primeramente de sí mismo cuando, despertando a la vida humana, tomó conciencia de que Él era Dios… «El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo; yo mismo te he engendrado hoy» «Contigo está el principado en el día de tu poderío. Entre resplandores de santidad, de mis entrañas, yo te engendré antes del lucero del alba»

El milagro viene precisamente de que el niño que nace en Belén en este día es aquel mismo que se denomina «Unigénito», el Hijo que nace eternamente del seno del Padre en la Trinidad del amor. Su cuerpo y su alma resultan ser el cuerpo y el alma de un Dios. «La liturgia de navidad es una liturgia de gloria. Es la confesión de la gloria del Verbo encarnado».

Dado que Jesús es el Verbo encarnado, manifiesta, hasta en su misma existencia corporal, al Dios de suyo invisible. En Él vemos la gloria de la divinidad. Leamos con atención las palabras del Prefacio de navidad: «Por el misterio del Verbo encarnado, una nueva luz de vuestra claridad ha brillado a la mirada de nuestro espíritu, de modo que conociendo ahora a Dios visiblemente, seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles.»

San Agustín afirma: “Cristo, recibió el nacimiento humano para acomodarse mejor a nuestra flaqueza, haciéndose visible de invisible que era, a fin de elevarnos de las cosas visibles a las invisibles». «Habiendo nacido de la Santísima Virgen el Señor Jesús —cantará por su parte la liturgia bizantina— todas las cosas se han esclarecido”. He aquí el doble aspecto que toma “la apariencia” y “la aparición

En Navidad resplandece una nueva iluminación, esta nueva luz que nace en Belén y nos permite ver todas las cosas bajo un aspecto nuevo: hasta en lo que el ser tiene de más pobremente material y más efímero nos invita Dios a captar lo que en él puede haber de más ricamente espiritual y de más perfectamente eterno.

El mundo es ambivalente. Se le emplea en el sentido de revelación (¿qué sabríamos si nada nos apareciera?) y en el de ilusión y de mentira (cuando oponemos la apariencia a la realidad). Todo depende de la calidad de nuestra mirada: cuando la visión interior se añade a la vista carnal, vemos la realidad invisible al mismo tiempo que la apariencia sensible: la apariencia se convierte en aparición.

Es el secreto de los poetas y de los místicos: la unidad del mundo sensible y del mundo espiritual, no la negación, sino la redención de la materia y del tiempo. Una de las grandes imperfecciones de la filosofía está precisamente en haber opuesto lo espiritual a lo sensible como se opone la realidad a la apariencia (en el sentido de ilusión).

En realidad lo espiritual y lo sensible auténticos están unidos por una relación de polaridad: el instante escueto reproduce la eternidad; la sensación en estado puro implica, como el estado espiritual más elevado, la fusión del objeto y del sujeto. Lo que se llama apariencia reside más bien en lo que no es ni espiritual ni sensible, quiero decir, en lo intelectual y en lo pasional: la abstracción, el razonamiento, el apego egoísta, y todos los productos disolventes nacidos de un cerebro o de un yo separado de la comunión universal.

Quien no halla lo eterno en lo efímero, suprime uno de los términos de la polaridad que enlaza lo que pasa con lo que permanece. Entre la apariencia de un mundo sensible y la realidad invisible señalada por ella, entre lo efímero y lo eterno, entre la visión carnal y la visión interior, ¿dónde puede aparecer mejor, más perfectamente que en Cristo Jesús? Es el Eterno, que se inscribe en el registro de los hombres, apareciendo en medio de la historia de hombres incapaces de tomar verdaderamente en serio lo que no se les presenta en el flujo del tiempo.

Ahora bien, Dios como tal no podía ser visto por el hombre; por consiguiente, se hizo hombre a fin de poder ser visto. El Dios santo e invisible apareció, pues, semejante a nosotros, hecho hombre visible, a fin de que, visible en cuanto era semejante, nos curara por su santidad. Lo que no se ve, no se ama. Pero en Cristo, Dios adoptó un rostro para nosotros. Puer natus est nobis, «un niño nos ha nacido».






11/12/2014 09:00:00