Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Siempre queremos más

La voluntad es una facultad espiritual


Nos es muy difícil, en nuestra experiencia cotidiana, distinguir entre desear y querer, entre las tendencias sensibles o deseos y las tendencias intelectuales del querer. No obstante nuestra propia experiencia nos enseña que podemos querer una cosa sin apenas desearla. Por otro lado sabemos discernir entre aquello que es voluntario y lo que es involuntario.

Para que una acción sea plenamente voluntaria se necesita que el principio del que provenga sea intrínseco, que el sujeto que la realiza no sea violentado y que, además, posea un cierto conocimiento del fin de la acción. Como afirma Aristóteles en su Ética a Nicómaco, voluntario es únicamente “aquello cuyo principio está en uno mismo y que conoce las circunstancias concretas de la acción”.

No son los mismos los “actos del hombre”, es decir, las cosas que nos pasan, como por ejemplo, sentir hambre, que los “actos humanos” que propiamente son las acciones de las cuales la persona es responsable. El objeto propio de la voluntad es el bien, apoyado previamente por la inteligencia. Como reza el adagio “nada es querido que no haya sido previamente conocido”.

Las cosas no son buenas porque sean queridas sino que son queridas porque son buenas. Ahí se abre un conocido debate entre lo que llamamos bien ontológico y bien moral, ya que lo que nuestro conocimiento capta como bueno puede no corresponder con un bien real.

Pero seguirá siendo cierto que la voluntad desea únicamente lo que percibe como bueno, al menos como bueno para ella. La acción moralmente más perversa le parece bien a aquel que la realiza, porque su voluntad encuentra en ella un fin deseable.

De algún modo, la voluntad está necesariamente inclinada al bien, de ahí que no pueda escoger el mal en sí mismo. En este sentido, puede distinguirse entre la “voluntas ut natura” y la “voluntas ut ratio”. La primera es la inclinación al bien en general que no podemos modificar, y por la que la voluntad tiene necesidad de elegir siempre lo que percibe como bueno; en cambio la segunda -la “voluntas ut ratio”-, afecta a la elección de los medios para conseguir la felicidad y aquí tenemos la posibilidad de elegir entre un bien u otro.

Propiamente la libertad, en cuanto posibilidad de elección, pertenece a la “voluntas ut ratio”, pero en cuanto “voluntas ut natura”, nuestra libertad está determinada a elegir, no puede no elegir, o, como se ha expresado en parte de la filosofía contemporánea, “estamos condenados a ser libres”.

Deseamos ser felices pero no lo escogemos. Solamente escogemos como serlo. La voluntad delante de cualquier bien finito se queda indeterminada. Al igual que sucedía con el entendimiento, también nuestra voluntad presenta una capacidad de “reflexión”, no en el sentido de conocimiento sino en el sentido de “vuelta sobre su propio acto libre”.

Efectivamente la voluntad no conoce su acto pero sí que quiere su propio querer. Es más, podemos decir que la voluntad siempre quiere. Incluso para no querer la voluntad debe querer no querer. Esta reflexión o vuelta sobre nuestra propia decisión demuestra la espiritualidad de la voluntad, al igual que la vuelta sobre nuestros propios actos de pensamiento, o darse cuenta de que pensamos nosotros mientras pensamos el mundo, nos acercó también a la espiritualidad del entendimiento.

Igualmente encontramos otro de los rasgos que identifican nuestra espiritualidad en el hecho de que la voluntad no dependa de coordenadas espacio-temporales. Es cierto que el hecho de amar se da siempre en algún espacio y en algún momento temporal, pero no depende de ellos. Se trata de un acto que trasciende el horizonte espacio-temporal.

Esta trascendencia de nuestros actos mentales demuestra que el alma humana está instalada en el horizonte entre el tiempo y la eternidad, es decir, ocupa un lugar privilegiado dentro de la ontología de los entes espirituales. Nuestros actos voluntarios pueden crecer o disminuir por la intensidad con que los queremos, hecho que tampoco sucede en nada que sea puramente material.

La superación del horizonte temporal como la no dependencia respecto del espacio demuestra la espiritualidad del acto voluntario. También la voluntad, como le ocurría al entendimiento, puede moverse para alcanzar valores abstractos, como son el honor o la justicia.

Todos estos rasgos ponen en evidencia que el sujeto capaz del acto voluntario es una persona espiritual capaz de trascender el nivel puramente sensible. Quizá uno de los aspectos en los que detectamos la “infinitud”, al menos potencial, de nuestro acto libre, es que ningún bien creado llega a satisfacer del todo nuestro deseo de felicidad que es siempre infinito.

Siempre queremos más y nuestra voluntad no encuentra en nada creado su destino trascendente. Tanto el entendimiento como la voluntad son facultades presentes en la persona humana que interactúan entre ellas, ya que no conviene olvidar la unidad del sujeto que las posee y a través de las cuales actúa. Es siempre la persona la que actúa a través de ellas. 






05/03/2015 09:00:00