Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Un árbol no es la paz

El relativismo cultural relativiza todos los valores y elimina la objetividad


Entre las diversas concepciones en torno a la naturaleza humana, la teleología natural se fundamenta en la percepción de que el bien tiene carácter de fin, de modo que, como afirma santo Tomás, “el bien final de cada cosa es su perfección última”. La naturaleza del hombre es el despliegue de su ser hasta llegar a su bien final que constituye su perfección. La teleología parte del hecho de que hay orden en el universo y por eso es insostenible para quienes no lo aceptan. Sería falso afirmar la naturaleza humana de un modo abstracto e intemporal como propuso el racionalismo, pero sería igualmente desacertado decir que la verdad del hombre es relativa a cada momento histórico, como propugna el historicismo y el relativismo cultural.

El hombre tiene una dimensión intemporal y otra temporal, es decir, la naturaleza humana es libre de modo que naturaleza y libertad se co-implican en el hombre, y son dimensiones que no deben separarse. Lo natural en el hombre es conseguir su fin. Y el fin del hombre es perfeccionar al máximo sus capacidades. Lo natural en el hombre es conseguir la verdad y el bien a los cuales se inclina su naturaleza.

Como afirma santo Tomás “la verdad es el bien del entendimiento porque en ella encuentra su perfección”. Lo natural en el hombre no se consigue al principio, sino al final. Es algo hacia el cual nos dirigimos. La naturaleza de algo es “lo que cada cosa es, una vez cumplida su génesis”. Así pues, afirmar que existe una naturaleza humana no significa despreciar el carácter dinámico que esta naturaleza posee.

La pregunta sobre qué es el hombre se transforma en la pregunta sobre qué es capaz de llegar a ser. O como bien dice R. Spaemann, en Lo natural y lo racional: “la naturaleza se trasciende a sí misma en el hombre”, o R. Alvira, en Reivindicación de la voluntad: “El hombre es el ser que sólo es él mismo cuando se trasciende a sí mismo”, cuando va más allá de aquello que es, cuando camina hacia aquello que todavía no es.

La naturaleza humana está en conseguir libremente la verdad y el bien, de ahí que la dimensión ética sea intrínseca al crecimiento personal. No existe actividad humana que sea ajena a la ética porque no existe naturaleza humana que no se consiga libremente. La naturaleza humana se realiza y perfecciona mediante decisiones libres que nos hacen mejores porque desarrollan nuestras capacidades. Precisamente el carácter inacabado de nuestra naturaleza deja espacio a la libertad, al crecimiento interior, a la posibilidad de alcanzar la perfección de modo libre.
 
La naturaleza humana está en la capacidad de perfeccionarse uno mismo. Por lo tanto, el hombre es un ser intrínsecamente perfectible desde dentro, desde la libertad. Depende de la libertad conseguir la felicidad humana. El correlato de la naturaleza humana es la cultura en cuanto dimensión existencial de la persona. Es urgente, en este sentido, insistir en que los bienes de la naturaleza son más estables que los bienes de la cultura. Un árbol no es la paz. Cuando salimos cada mañana de casa podemos observar como el árbol sigue creciendo un poco ajeno a nuestras vidas.

Pero sería caer en un terrible error creer que la paz con la que convivimos con los vecinos es naturalmente estable y se mantiene por sí misma, ya que la paz, como la convivencia o la democracia son bienes culturales que se fundamentan en la unión de las libertades personales. Puede que el árbol sea indiferente a nuestro deseo de hacer el bien, pero ciertamente la paz dejara de existir si nuestra libertad consiente actitudes violentas.

E.B. Tylor en La cultura primitiva define la cultura como “el todo complejo que comprende, a la vez, las ciencias, las creencias, las artes, la moral, las leyes, las costumbres y las demás facultades y hábitos adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad” y O.N Derisi, en Esencia y ámbito de la cultura, como el “enriquecimiento del ser de las cosas y del propio ser humano, mediante la actuación del espíritu”. Existe una doble dimensión de la cultura; una subjetiva, que consiste en el ejercicio de las facultades espirituales mediante las cuales éstas son puestas en condiciones de dar frutos más abundantes, y otra objetiva que serían los frutos adquiridos por el hombre mediante el ejercicio de sus facultades, es decir, las objetivaciones del espíritu humano en las obras de arte o las producciones literarias etc.

En toda cultura humana encontramos una serie de factores de tipo genético, ambiental y económico al lado de elementos artísticos, instituciones jurídicas y educativas, una lengua determinada, unas costumbres sociales, unos valores y unas creencias religiosas. Si bien es cierto que existen unos elementos materiales de la cultura, entre los que podemos contar la configuración racial, el factor geográfico o económico, son sus elementos espirituales los que la constituyen en una acción auténticamente humana. Cuando la cultura objetiva pierde su vinculación con la subjetiva y se considera solamente como un producto humano, se despersonaliza. El hombre es deudor de la cultura pero también productor de ella misma. La lengua transmite una particular visión del mundo.

La lengua es la sedimentación de una tradición espiritual. Lo mismo sucede con el arte como actividad humana creadora de belleza que no busca la utilidad sino la transformación del mundo. También la religión es un elemento de la cultura humana en cuanto que el sentimiento de religación hacia la trascendencia es connatural al ser humano. C. Dawson, en Religion and Culture ha escrito que “no podemos comprender las formas intrínsecas de una sociedad sin comprender su religión. No entenderemos sus realizaciones culturales a menos de que comprendamos las creencias religiosas que las respaldan”.
 
El etnocentrismo cultural es juzgar los valores presentes en las culturas desde parámetros culturales de una civilización dominante o superior. O. Spengler fue el primero en criticar el etnocentrismo, cuando afirma en La decadencia de Occidente, que “las verdades eternas no existen. Cada filosofía es la expresión de su propia edad y ninguna posee las mismas intenciones filosóficas que otras”. Ha ido abriéndose camino este relativismo cultural para el que no existen parámetros objetivos y comunes que nos permitan juzgar el grado de desarrollo de las diferentes culturas humanas. No parece justificado afirmar que las culturas sean absolutamente incomparables, ya que existe la misma naturaleza humana en todos los cambios de los fenómenos externos.

El relativismo cultural al relativizar todos los valores eliminando la objetividad de los mismos cae en la contradicción de absolutizar lo relativo. La filosofía nace en un entorno cultural pero no se agota en ser un producto cultural sino que posee un carácter meta cultural porque busca la verdad en ella misma. El canibalismo o el infanticidio contradicen la dignidad humana y no toda conducta propia de una cultura está justificada. Es cierto que puede ser, en ocasiones, difícil distinguir lo natural de lo cultural pero hay que hacerlo para respetar los valores objetivos y universales propios de la naturaleza humana.






29/05/2014 09:00:00