Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Un admirable intercambio

Admirable intercambio


Hemos llegado al segundo tema esencial de navidad, que viene continuamente en contrapunto para equilibrar el enunciado del misterio de la encarnación: «Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios.»

Es esto lo que nuestra liturgia llama «admirable intercambio». «¡Oh admirable intercambio!, el Creador del género humano, tomando un cuerpo y un alma, se dignó nacer de la Virgen: y hecho hombre sin aportación de hombre, nos ha dado participación en su deidad».

San Juan Crisóstomo: «Para que yo pueda contener su divinidad es para lo que el Verbo entra en mi cuerpo. Toma mi carne y me da así su Espíritu. De esta manera, dando y tomando, adquiere para mí un tesoro de vida. Toma mi carne para santificarme; me da su Espíritu para salvarme». «Intercambio sacrosanto que nos hace conformes a la naturaleza divina de aquel en quien se une con vos nuestra naturaleza humana».

Así pues, hay que entender esta palabra en el sentido fuerte de una «divinización», tal como nos ha permitido definirla la espiritualidad de Pentecostés «¡Oh Dios!, que creando la naturaleza humana otorgadnos que tengamos parte en la divinidad de aquel que se dignó compartir nuestra humanidad». «¡Oh Cristo!, por vuestra participación en una carne culpable habéis comunicado al hombre algo de la naturaleza divina, naciendo como hombre sin cesar de ser Dios: vos, Señor, que habéis levantado nuestra frente, sois santo», y también: «Habiéndoos empobrecido totalmente a nuestra imagen, habéis divinizado nuestro lodo por vuestra misma unión y vuestra participación».

« ¡Oh Dios! —dice una oración del Oracional visigótico— tú formaste al hombre “a la imagen de tu semejanza” (cf. Gen 1, 26) y lo glorificas todavía más asumiendo nuestra carne: hay gran diferencia entre la creación primordial a partir del lodo y el nacimiento virginal sin mancilla al fin de los tiempos...»

«Alabanza, pues, al Dios que se encarnó para engendrarnos por la gracia a una filiación espiritual y otorgarnos un nuevo nacimiento divino por la abundancia de su misericordia», responde la liturgia armenia en el otro extremo de la cristiandad.

«Al que se había derrumbado a causa de su transgresión, al que, creado a imagen de Dios, estaba esclavizado a la corrupción habiendo caído de las alturas de la vida divina, el sabio Artífice lo ha restituido a su antigua forma, porque Él se ha cubierto de gloria». Ahora bien, es ciertamente por su misma encarnación como realiza su obra el Verbo, obra más sorprendente y más gloriosa que la creación misma.

Precisamente la imagen del «admirable intercambio» es apropiada para indicárnoslo: estamos en trance de vernos hechos conformes al Hijo de Dios en la medida en que Él mismo se ha unido a nuestra naturaleza humana, a nuestra «sustancia», como dice la secreta de medianoche.

San Gregorio Niseno: «Habiéndose el Verbo mezclado al hombre [por su encarnación], tomó en sí mismo toda nuestra naturaleza, a fin de que, mediante esta mezcla con la divinidad, toda la humanidad fuera divinizada con él, y toda la masa de nuestra naturaleza fuera santificada con las primicias», es decir, juntamente con la naturaleza individual de Cristo Jesús.

Pero a medida que se acumulan los textos se ve cómo es constante y uniforme esta mística de la encarnación. Si Cristo se hace carne, si viene «como fermento de la masa», si, por consiguiente, los cristianos mismos deben ser una buena levadura que fermente el mundo, es siempre en definitiva para levantar, cristianizar, divinizar esta raza humana.

Lo que hemos de ganar con el «comercio» o intercambio de la encarnación es más bien —por un movimiento inverso y complementario — remontarnos, es una restauración de la imagen que debemos formar de Dios mismo, una divinización, una regeneración filial, un nuevo nacimiento.






01/01/2015 09:00:00