Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Un día que dura eternamente

Siempre es "hoy"


La Navidad celebra el nacimiento del día cuando suplanta la fiesta del Natalis Solis invicti y, por tanto, no podía menos de inscribirse en la estructura misma de su celebración. En la antigua liturgia el simbolismo de la invasión de la luz parecía estar comprendido en todas las misas. Todavía ahora la claridad aportada por el Señor se celebra, como es sabido, durante la ceremonia del cirio pascual que inaugura la gran vigilia, única que hemos conservado enteramente.

Por lo menos en navidad tenemos todavía esta misa de medianoche, especialmente popular. Es quizá lástima que no la digamos ya «al canto del gallo», como estaba establecido primitivamente. «Como al principio cubrió de oprobio la tierra de Zabulón y la de Neftalí, a lo último llenará de gloria el camino del mar y la otra ribera del Jordán, la Galilea de las gentes [¡qué felices nos sentimos de no comprender muy bien esta geografía misteriosa!].

"El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande; sobre los que habitaban en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz. Multiplicaste la alegría, has hecho grande el júbilo, y se gozan ante ti como se gozan los que recogen la mies, como se alegran los que se reparten la presa. Rompiste el yugo que pesaba sobre ellos... Los has quebrantado como en el día de Madián. Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, que tiene sobre su hombro la soberanía, y que se llamará maravilloso consejero. Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz.»

«Hoy — se responde entonces a coro —, el Rey de los cielos se ha dignado nacer para nosotros de la Virgen, a fin de devolver a los cielos al hombre que se había perdido. Las legiones angélicas se regocijan porque la salud eterna ha aparecido al género humano», etc.

¿Cómo podemos, no obstante la gran distancia en el tiempo, empalmar así nuestra jornada presente, sus goces y sus penas, con el acontecimiento central, pero lejano, del viernes santo? Esto es lo que deben operar los sacramentos, en particular, y la liturgia, en forma más general. Ésta nos permite superar el flujo del tiempo y salvar de un naufragio total estos días que «ya no volverán»

La liturgia nos da acceso a lo eterno. Es importante subrayar la actualidad duradera del misterio de navidad. Esta seguridad de la Iglesia se indica especialmente con la expresión hodie, tan frecuentemente empleada en la liturgia, pero quizá todavía más durante el ciclo de las fiestas de navidad.

«Hoy ha nacido Cristo. Hoy ha aparecido el Salvador. Hoy cantan los ángeles en la tierra y se alegran los arcángeles. Hoy se estremecen de gozo los justos, que claman: ¡Gloria a Dios en las alturas, aleluya!». ¿Cómo, pues, «hoy»? La única realidad que pueda mantenerse actual no es en absoluto este nacimiento temporal —por ser temporal estaba condenado a convertirse inmediatamente en pasado —, sino el misterio eterno que se revela a través de esta natividad.

Hacer de navidad un sacramentum, San Agustín: «El día de su natividad lleva en sí el misterio de su luz». San León: «Desde luego, comienza por reconocer, este día pertenece al pasado, pero no hasta tal punto que haya cesado absolutamente la eficacia del misterio cuya revelación vio, no hasta tal punto que sólo haya llegado hasta nosotros un recuerdo que conserva la fe y que honran las memorias.

El don de Dios se renueva, y todavía hoy nuestro tiempo experimenta las maravillas cuyas primicias recibió el pasado.» «Para que no nos veamos turbados por las dificultades inherentes a nuestra flaqueza, vienen en nuestro auxilio las palabras de los evangelios y de los profetas; éstas nos inflaman y nos instruyen, hasta tal punto que parecemos contemplar como presente, y no sólo como pasado, este nacimiento del Señor, según el cual el Verbo se hizo carne»

Los hechos materiales que había previsto la sabiduría divina se han desarrollado ahora; la humilde condición del Redentor se ve ahora toda entera elevada hasta la gloria y la majestad del Padre... Sin embargo, nosotros no cesamos de adorar el parto de la Virgen que nos da la salud; y el ser que une indisolublemente en sí el Verbo y la carne, lo contemplamos nosotros tanto recostado en el pesebre como sentado en el trono de la majestad del Padre...»

Hodie genui te. ¿Cómo no conservará este nacimiento temporal de Cristo, algo del valor duradero, eterno, del nacimiento intemporal del Verbo? Decíamos que nuestras acciones efímeras adquieren un peso de gloria cuando nuestra existencia terrestre se mantiene unida al Señor resucitado.






18/12/2014 09:00:00