Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Una compasión excesiva

El Padre que sale dos veces de casa


UNA COMPASIÓN EXCESIVA: EL PADRE MISERICORDIOSO (Lc 15,11-32)

Con todo el respeto por las dos primeras parábolas de la misericordia, el ser humano es distinto de una oveja y, con mayor razón, de una moneda. Bien consciente de la enorme diferencia, Jesús teje un relato que es una obra de arte. Con toda razón nos hallamos ante la parábola por excelencia, con la condición, sin embargo, de que se cambie el título: no «el hijo pródigo» y tampoco «el padre bueno», sino «el padre misericordioso» o «compasivo».

Pero releamos la parábola con su riqueza y profundidad. Dijo: «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano”. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado
”».

1. Más allá de cualquier retribución

La parábola del padre misericordioso es una intrincada madeja que se puede desenredar escogiendo uno de los distintos hilos que la componen. Escogemos el que nos parece el hilo más importante y encubierto: la retribución. Desde el inicio Jesús señala la temática de la retribución, que entra entre los derechos humanos más naturales. Un hombre tiene dos hijos; uno de los hijos pide cuanto le corresponde y el padre divide el patrimonio. En aquella época la Ley judía preveía que el primogénito recibiese dos tercios, mientras que al menor le correspondía un tercio de la herencia (Dt 21,17).

Sin oponer resistencia, el padre entrega al hijo menor la parte que le corresponde. Mientras el menor despilfarra la dote viviendo como un perdido en una región lejana, la otra parte del patrimonio está a seguro y es administrada por el hijo mayor. Según un ecuánime y justo modo de pensar, si y cuando el hijo menor volviese a casa ya no tendría nada a que aspirar con respecto al padre y al hermano mayor. ¡La grave culpa del hijo menor podrá ser como máximo perdonada, pero no olvidada! En caso de que el padre olvidase aquel triste paréntesis, estaría siempre el mayor listo para recordarlo por los dos. Así sería respetada la ley de la retribución: la recompensa para el bien al que cumple el bien y aquélla para el mal al que hace el mal.

En realidad la parábola transgrede de cabo a rabo la ley de la distribución patrimonial, revelando el excesivo amor del padre. El padre no espera a los dos hijos estando en casa, no verifica si el menor está realmente arrepentido, no pregunta dónde ha ido a parar su parte de herencia, sino que organiza una fiesta con mucha música y danza.

Inconcebible es también cómo el padre se comporta con el mayor: no lo espera cuando vuelve del campo, donde está trabajando por cuenta de la familia, ni le pide el parecer sobre cómo actuar con el menor. La parábola que revela el rostro más humano de Dios lo representa con exageración, y no con escasez: ¡a Dios la humanidad no le falta, sino que es excesiva!

En contraste con el padre, que infringe la ley de la distribución de la herencia, los dos hijos no son capaces de ir más allá de la lógica del dar para recibir. El hijo menor recibe la parte de la herencia que le corresponde, la derrocha con prostitutas y decide volver a casa cuando está al límite de las fuerzas. El hijo menor no vuelve con el padre porque está arrepentido, sino porque no consigue encontrar una vía de salida. En esta condición lo máximo que es capaz de imaginar es que va a ser tratado como uno de tantos asalariados en casa del padre; ¡no es el arrepentimiento el que lo motiva, sino el hambre! En los límites de la retribución se halla también el hijo mayor: ha servido al padre durante años, nunca ha transgredido un mandamiento suyo y se esperaba que le hubiese dado al menos un cabrito para hacer fiesta con los amigos.

Frente a la compasión del padre, el mayor lo acusa de haber quebrantado el principio de la retribución; no es capaz de considerar al hijo del mismo padre como su hermano, sino que lo define sólo como «ese hijo tuyo». Encasillar al padre en la celdilla de la retribución impide reconocer su paternidad y la fraternidad del otro.

Algunos comentaristas señalan la ausencia de la figura materna en la parábola. En realidad puesto que el hilo conductor se refiere a la distribución del patrimonio familiar, este derecho/ deber formaba parte de las competencias del padre y no de la madre. En la carta a los Gálatas, Pablo recuerda que el beneficio de la herencia para los hijos corresponde al padre, que puede establecer el reparto como y cuando desea (Gál 4,1-3). Profundicemos en la excesiva compasión del padre en relación a sus hijos.

2. El padre sale dos veces de casa

Entre los múltiples y diversos conflictos que se constatan entre las paredes domésticas es difícil, cuando no imposible, imaginar a un padre que abandona la propia posición para alcanzar a un hijo al que se le ha perdido la pista. Si el habitual título «el hijo pródigo», propuesto para la parábola es inadecuado, es porque el protagonista indiscutible es el padre que se relaciona con los dos hijos y transgrede el derecho de la distribución hereditaria. Al comienzo de la narración el padre se limita a escuchar la petición del menor. No se ofrece ninguna explicación sobre las razones por las que el hijo pide lo que le corresponde.

¿Por qué está en conflicto con el hermano mayor? ¿No comparte el modo de actuar del padre? ¿O por qué siente la exigencia de una vida autónoma? Cualquier motivación es omitida porque al narrador no le interesan las razones, sino el rápido alejamiento del hijo de la casa paterna. Después de haber descrito la vida disoluta del hijo menor, el padre vuelve a escena para realizar algunos gestos increíbles: ve de lejos al hijo, lo que significa que lo espera desde que se alejó de casa, siente compasión, corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo besa (v.20).

Deja unos pocos instantes al hijo la posibilidad de comunicarle todo lo que había preparado en vista del encuentro. Lo interrumpe antes de escuchar la petición de ser tratado como un jornalero y ordena a los siervos sacar el mejor vestido, ponerle el anillo en el dedo y las sandalias en los pies, matar el ternero cebado y hacer fiesta. Entre todas las acciones que el padre realiza por el hijo menor, la decisiva, que señala el giro de la parábola, está condensada en el verbo «tuvo compasión» (v.20). El padre ama entrañablemente al hijo perdido, hasta sentir la pasión humana más profunda.

Habíamos encontrado el mismo verbo en el giro de la parábola del buen samaritano: «tuvo compasión» (Le 10,33; 15,20). La compasión del buen samaritano por el moribundo es la misma del padre por el hijo perdido. Sin compasión es imposible correr al encuentro del hijo, echarse a su cuello y reintegrarlo a la dignidad perdida. Comenta bien Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia, donde dedica el cuarto capítulo a nuestra parábola: «La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en su dignidad» (DM 6). En el centro de la parábola está la misericordia del padre y no su bondad. Si la bondad es una cualidad del carácter, la misericordia es una dimensión que madura en lo íntimo y se concreta en gestos por el prójimo. La prueba más dura está todavía por venir; y se verifica cuando se pone al descubierto el modo de pensar del hijo mayor. Es dramático el rechazo del mayor, que decide no entrar en casa; la cólera lo petrifica en el umbral que habrá cruzado innumerables veces.

Entonces el padre decide salir nuevamente de casa y suplicarle. Esta vez el precio es más alto que el pagado por el hijo menor: ¡el padre debe sufrir un reproche como si le arrancasen la piel! El mayor lo acusa incluso de ser un avaro, no dispuesto a darle un cabrito para festejar con sus amigos. Un padre en contradicción consigo mismo es el que no paga al que es fiel, mientras que hace matar el ternero cebado para quien ha derrochado su patrimonio. La cólera lleva al mayor a tergiversar la verdad que conoce desde el principio: ante la petición del menor de la parte que le corresponde, el padre no ha opuesto ninguna resistencia.

La misericordia del padre es inconmensurable: habría podido responder que, mientras está en su casa, manda él. Según el derecho patrimonial, mientras vive, ¡puede hacer lo que quiera con sus bienes! En cambio, el padre se pone en la situación del hijo mayor y lo exhorta a repensar sus relaciones. Inmensa es la ternura con la que se dirige al mayor: aunque nunca es llamado «padre»,  Ël lo llama «hijo» (teknon): un término que denota una relación íntima. El padre reconoce que el patrimonio que queda es del mayor, pero no le interesa. Más bien su preocupación se concentra en el contraste entre «ese hijo tuyo», título que el mayor ha otorgado al menor, para transformarlo en «este hermano tuyo». La conversión más profunda que el padre espera no es la del hijo menor, que de no haber vuelto a casa se hubiera muerto de hambre; más bien es la de que el mayor reconozca a su padre y a su hermano. Antes que el padre de "una Iglesia en salida” es el de la parábola, es un “un padre en salida” por su excesiva compasión con sus dos hijos. No los espera en el centro de la mesa, en la sala, sino que corre al encuentro del menor y se acerca al mayor para inundarlos de su misericordia.

3. El hijo muerto ha vuelto a la vida

Cuanto más se aleja del padre, tanto más alcanza una degradación sin fondo: es el drama del hijo menor. Tras haber recibido la parte del patrimonio que le corresponde, el hijo emigra hacia una región lejana, donde derrocha su patrimonio y vive como un libertino. Si en la región lejana hay una piara de cerdos, quiere decir que se está fuera de la tierra santa, en la que no se consiente criar cerdos porque son considerados animales impuros. Por tanto, pastorear los cerdos es para el hijo menor el grado más bajo de humillación, hasta el punto de que no se le dan siquiera las algarrobas para los puercos.

Cuando san Agustín de Hipona relea su vida antes de su conversión, hará resonar la condición del hijo menor: «Yo, por mi parte, me alejé de ti y anduve errante, Dios mío, en tus caminos, durante mi adolescencia, demasiado desviado de la estabilidad que me proporcionabas, y me convertí en un paraje miserable» (Confesiones II, 10,18). La condición de máxima indigencia conduce al joven a entrar en sí mismo y a reflexionar sobre la situación en la que se ha metido. Añora a los jornaleros de la casa paterna: mientras él no puede alimentarse ni siquiera de las algarrobas, ellos tienen pan en abundancia.

Entonces decide emprender el camino de regreso para pedir al padre ser tratado como uno de los asalariados, para no morir de hambre. Bien mirado el hijo menor reconoce haber pecado contra el cielo y contra el padre, pero le es suficiente ser tratado como un trabajador. Todo lo que le interesa es recibir finalmente el pan que comer; y puesto que no consigue encontrar otra solución se encamina por la vía del regreso. Enorme tiene que ser el azoramiento que el hijo experimenta ante el padre que corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo besa. Inmerecida es la compasión del padre, capaz no sólo de saciar el hambre del hijo, sino de darle la dignidad perdida. A toda prisa, sin petición alguna de explicaciones ni atender a cálculos, el hijo se pone el mejor vestido, tiene el anillo en el dedo y las sandalias en los pies.

Antes de volver a la casa del padre se veía reducido a un pordiosero, ya no tenía la dignidad de hijo, sino la indignidad de los animales impuros que está prohibido comer. Si de la casa paterna se oyen la música y los bailes, quiere decir que el padre ha vuelto a acoger al hijo en familia: estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado. Lo que devuelve la vida al que está muerto no es el arrepentimiento, sino la excesiva compasión del padre: aquélla por un hijo que es una criatura nueva e inicia una vida nueva. La compasión del padre no está hecha sólo de conmoción, sino que se transforma en pasión capaz de hacer nacer la vida donde estaba la muerte.






04/02/2016 09:00:00