Hola, me llamo Joan Martínez y te doy la bienvenida a este espacio virtual
que espero no te defraude.

Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
Pero ya desde ahora me gustaría ser tu amigo.

Una compasión excesiva II

El Padre que sale dos veces de casa


4. «Este hermano tuyo»

Será una casualidad, pero en la Sagrada Escritura los hijos mayores o los primogénitos no tienen buena suerte: destinados a ser los hijos de la promesa y de la herencia, experimentan a menudo la mala suerte del que es privado del derecho más natural. Saben algo de esto Caín con Abel, Esaú con Jacob, los hijos de Jacob hacia José, hasta los hijos de Jesé respecto al rey David. La enorme paradoja de la historia de la salvación es que la ley divina de la primogenitura es infringida por Dios mismo; y por una razón de capital importancia: en la retribución y en la herencia divina todo debe quedar en el terreno de la gracia y no en el del derecho.

En la parábola, el padre misericordioso reconoce que el patrimonio es del hijo mayor, pero le pide que cambie de mentalidad. Una parábola en la parábola es aquélla que, en la segunda parte, ve como protagonista al hijo mayor. Vuelve del campo, donde está trabajando por cuenta del padre, escucha la música y las danzas, llama a un siervo y se informa sobre lo que está sucediendo. El siervo debe haber echado leña al fuego porque, con una buena dosis de ironía, le dice que el hermano menor ha vuelto y su padre ha hecho matar el ternero cebado. Incontenible es la furia del mayor: decide no entrar en casa y cuando el padre va donde él para suplicarle, despotrica contra todos. Acusa al padre de ser un avaro que no le ha dado ni siquiera un cabrito y al hermano menor de ser un perverso, que ha derrochado la dote con prostitutas. En el centro de la «parábola en la parábola» se encuentra el verbo «se irritó» (v.28), que expresa exactamente lo contrario del verbo central de la primera parte: mientras el padre «tuvo compasión» o «se conmovió» (v.20) por el hijo perdido, el mayor «se irritó» con el padre.

El furor lo ciega y le impide ver el bien: su hermano está sano, estaba muerto, pero ahora está vivo, estaba perdido y ha sido encontrado. Ante sus ojos está sólo el pecado cometido por el hermano, que le impide reconocer el bien que el padre le ha reservado. La culpa no recriminada por el padre es aireada por el hermano. Sólo por el mayor llegamos a saber que el hermano menor ha derrochado su dote con prostitutas. El hijo mayor parece el autor del libro del Eclesiástico, que recomienda: «A prostitutas no te entregues, para no perder tu herencia» (Eclo 9,6). La parábola no cuenta el feliz o el desgraciado final de la elección del mayor. Si fue convencido por el padre para entrar en casa. Si también él decidió pedir la dote que le correspondía para abandonar la casa paterna. Si encontró finalmente la mirada del hermano menor.

La del padre misericordioso es una parábola abierta que ofrece a los oyentes la responsabilidad de las propias decisiones: si instaurar relaciones caracterizadas por el derecho o por la justicia distributiva o emprender el sendero tortuoso de la gracia y de la misericordia. En la segunda oportunidad se está obligado a considerar al padre no como un ingrato si usa misericordia con el pecador; y es necesario alegrarse por el pecador que estaba muerto y ha vuelto a la vida. Si las parábolas de la oveja y de las dracmas encontradas se cierran positivamente, la del padre misericordioso termina con el silencio. A cuantos critican a Jesús porque acoge y come con los publícanos y los pecadores se les ofrece la responsabilidad de las elecciones: ¿cómo considerar las relaciones con Dios, que es Padre, y con el prójimo, que es hermano?

5. Siervos y no jueces de la misericordia

Una obra de arte puede contemplarse desde muchas perspectivas y, en cada oportunidad, irradia significados distintos y nuevos. Pocos comentaristas de nuestra parábola se detienen a profundizar en el papel de los siervos, considerándolo ya adquirido. En realidad, hay una importante tensión entre las dos partes de la parábola: por una parte los siervos participan en el encuentro festivo del padre con el hijo menor, por otra uno de ellos comunica al mayor, que vuelve del campo, lo que está aconteciendo en casa. Todos los siervos participan en el encuentro entre el padre y el menor y siguen las órdenes recibidas: sacar el mejor vestido, vestirlo, ponerle el anillo en el dedo y las sandalias en los pies, matar el ternero cebado y participar en la fiesta. Los siervos han escuchado también la principal motivación que ha llevado al padre a ordenar tantos gestos: el hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Al servicio de la misericordia están los siervos y no les está permitida ninguna objeción a una compasión excesiva del padre. Queda su función: vestir al hijo menor de la dignidad perdida y organizar la fiesta. Es significativo que el padre no reviste él solo al hijo de la dignidad perdida, sino que implica a los siervos en una misericordia compartida.

En la segunda parte uno de los siervos es interrogado por el hijo mayor y se limita a decir: «Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano» (Lc 15,27). El contraste entre los siervos en la primera parte y el siervo en la segunda está marcado y demuestra que este último reduce la misericordia del patrón a una injusticia contra el hijo mayor. El siervo se limita a comunicar la matanza del novillo y la condición física del menor. No recuerda la compasión del padre por el hijo, ni los gestos en los que ha participado, sino sólo la orden de matar el ternero. También él razona según una lógica de la retribución fundada en los méritos y no en la gracia. El siervo sabe bien que mientras para el hijo menor han matado el mejor ternero, el mayor no ha recibido un cabrito para festejar con los amigos. En otros términos, el siervo parece decir al hijo mayor: ¡mira qué tipo de padre tienes! Tu fiel obediencia vale menos que un cabrito, mientras que el desenfreno de tu hermano vale el mejor novillo. Y es precisamente la noticia sobre el ternero la que desata la cólera del hermano mayor.

En su inmensa misericordia el padre está solo ante el hijo mayor y a los ojos del siervo que reduce su compasión al cálculo de la retribución. Por tanto, en la relación de la misericordia entre el padre y los dos hijos, los siervos desarrollan dos papeles contrapuestos: ser siervos de la misericordia para la recuperación de una dignidad perdida, compartiendo la alegría del padre, o juzgar como injusta la excesiva compasión del padre por el hijo encontrado.

6. De las parábolas a la vida: el encuentro con Zaqueo

Las llamadas tres parábolas de la misericordia no piden ser interpretadas, sino que interpretan la vida de cada uno: dan sentido a la existencia e inducen a considerarla de modo nuevo. A primera vista hay una distancia que salvar entre Jesús que se contamina, comiendo con los pecadores, y los protagonistas de las tres parábolas. El buen pastor, el ama de casa y el padre misericordioso remiten, con toda evidencia, a la compasión de Dios. ¿Qué tiene que ver Jesús, si sólo a Dios corresponde el derecho de perdonar los pecados? El encuentro con Zaqueo (Le 19,1-10) colma la distancia entre el modo de actuar de Dios y el de Jesús; veamos de qué modo. Las fases del encuentro son conocidas: hay una multitud para acoger a Jesús a las puertas de Jericó, mientras está de viaje hacia Jerusalén.

Zaqueo es uno que se ha enriquecido haciendo de recaudador de impuestos; un trabajo considerado impuro con el mismo criterio que los usureros. Por su baja estatura no consigue ver a Jesús; sube a un árbol de sicómoro y es conocido por Jesús, que se hace invitar en casa de Zaqueo. El recaudador lo acoge lleno de alegría y las murmuraciones de todos son tan ensordecedoras que llegan a los oídos de Zaqueo. Entonces el recaudador promete en público dar la mitad de sus bienes a los pobres y restituir el cuádruplo si ha robado a alguno. El giro del encuentro está en la declaración de Jesús: «Zaqueo, baja en seguida porque es necesario que hoy me quede yo en tu casa» (Le 19,5). El verbo «es necesario» se refiere no a cuanto Jesús desea de Zaqueo, sino a la voluntad de Dios que va a realizarse: debemos convertirlo en «para Dios es necesario». Con este verbo se verifica el enlace más tenaz entre la parábola del padre misericordioso y la vida real de Jesús que come con los pecadores: «Era necesario hacer fiesta y alegrarse», dicho por el padre de la parábola (Le 15,32) se vuelve ahora «es necesario» en el encuentro con Zaqueo.

El diseño de Dios se cumple cada vez que Jesús reconoce la urgencia de la misericordia por los pecadores. Pertenece a la voluntad de Dios que la salvación llegue a Zaqueo. Una salvación como ésta no puede ser aplazada, sino que se cumple en el hoy: «Es necesario que hoy me quede yo en tu casa» es equilibrado por «hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán» (Le 19,9).

Encontrar a Jesús es vislumbrar el rostro misericordioso de Dios, que tiene en mente siempre la salvación de los pecadores; una salvación que se realiza en el hoy del encuentro. Hasta el último aliento, Jesús busca la salvación del pecador: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» asegura al ladrón que en la cruz le pide que se acuerde de él (Le 23,43). Una sentencia sintetiza la misericordia de Dios que pasa por la vida de Jesús: «pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Le 19,10). Jesús ha salvado a la oveja descarriada, ha encontrado la dracma perdida, ha ido al encuentro de los hijos perdidos. El amor de Dios por los pecadores motiva el que se da entre los seres humanos, expresado con gran profundidad por Fiodor Dostoievski en Los hermanos Karamazov, cuando hace decir al monje ruso Zósimo: «Hermanos, no tengáis miedo de los pecados de los hombres, amad al hombre también en el pecado, ya que precisamente esto es a semejanza del amor de Dios, y es el culmen del amor sobre esta tierra» (Segunda parte, libro VI, cap. 3).






11/02/2016 09:00:00