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Soy sacerdote católico, 
me dedico a la filosofía y, a ratos, hago de poeta.
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Vocación al matrimonio

San Juan Pablo II nos descubre la vocación del matrimonio como una verdadera llamada a vivir la espiritualidad conyugal


El matrimonio cristiano constituye una verdadera vocación. El concilio Vaticano II ha insistido, y con razón, en el hecho de que la Iglesia no era únicamente la Iglesia jerárquica, ya que a menudo el pueblo cristiano se encontraba desprovisto de una espiritualidad adaptada a sus necesidades y a menudo se veían obligados a alimentarse de una espiritualidad para solteros. Al parecer la Iglesia ha tenido dificultades durante siglos para reconocer en el matrimonio una auténtica vocación cristiana, en el pleno sentido de la expresión, susceptible de conducir a los que responden a ella a una verdadera santidad laica. Ambas vías -matrimonio o virginidad- tienen capacidad para conducir a la santidad por poco que correspondan a una respuesta a una llamada escuchada en el corazón de la persona.

«El matrimonio corresponde a la vocación de los cristianos únicamente cuando refleja el amor que Cristo-Esposo entrega a la Iglesia, su Esposa, y con el que la Iglesia (a semejanza de la mujer) trata de corresponder a Cristo». Así hablaba Juan Pablo II cuando nos preguntaba: ¿Quién no quiere ser feliz al casarse? Se puede buscar en el matrimonio sentirse colmado, en el apaciguamiento de las propias necesidades sexuales -actitud más bien masculina-, igual que se puede buscar en el matrimonio satisfacciones de todos los órdenes, incluida la de un estatuto social, la de la ruptura de una soledad afectiva excesivamente pesada de llevar.

Todos tenemos una tendencia como instintiva a desconfiar de la persona que da la impresión -sin que se dé cuenta de ello con claridad la mayoría de las veces- de que nos quiere por ella más que por nosotros, y es que es una gran verdad que a toda persona le repugna enormemente sentirse utilizada.

No ver al otro más que como un medio de colmar nuestras expectativas es una ambigüedad a la que está sometido todo amor: ¿buscamos el bien del otro o es nuestra propia satisfacción lo que buscamos a través de él? ¿Qué es lo que buscamos verdaderamente? ¿Queremos al otro por él mismo en primer lugar o no lo queremos más que como un medio de realización de lo que nosotros concebimos como un ideal de vida, es decir, en relación con nosotros mismos y a lo que esperamos?

En esto se pueden mezclar incluso motivaciones espirituales: podemos ver al otro como un medio que nos haga crecer en el plano de nuestra vida de fe. Si nos centramos en lo que el matrimonio nos puede aportar, el riesgo que nos acecha es, a fin de cuentas -de una manera sutil-, aunque real, reducir al otro a nosotros mismos y a considerarle únicamente en la medida en que nos aporta algo.

Se trata simplemente de una cuestión relacionada con la orientación fundamental de la voluntad. ¿Qué es lo que busco en primer lugar? ¿A mí mismo y la satisfacción de mis expectativas, o el bien objetivo del otro, por él mismo? El matrimonio es ante todo una manera de que disponen el hombre y la mujer para realizar su vocación como personas por la mutua entrega de ellos mismos. No es la única. La consagración a Dios en la vida religiosa es otra vía posible para la entrega de uno mismo.

El matrimonio así concebido y querido nos aportará, sin el menor asomo de duda, todo un conjunto de satisfacciones -aunque también, probablemente, su lote de sufrimientos-, pero entonces esas satisfacciones ya no serán queridas y buscadas, en primer lugar, para nosotros mismos. Las recibiremos como por añadidura, como una modalidad de superabundancia de la entrega fundamental que hemos consentido hacer de nosotros mismos en favor del otro. Y aquí encontraremos la verdadera felicidad, la realización plena y cabal de nosotros mismos mediante la ofrenda de nuestro ser al otro.

Se ha afirmado y sostenido a veces que el matrimonio no era verdaderamente una vocación, en la medida en que toda persona está hecha naturalmente para el matrimonio. Es incontestable que tanto el hombre como la mujer están hechos naturalmente para el matrimonio. Toda nuestra naturaleza psicosomática lo atestigua. No obstante, el matrimonio puede ser también, desde la perspectiva cristiana, la respuesta a una auténtica vocación, a una llamada especial de Dios.

No es que Dios haya seleccionado soberanamente para cada uno y cada una de nosotros desde toda la eternidad a un elegido y a una elegida, y toda nuestra tarea consistiría en descubrir de quién se trata. Semejante visión del matrimonio es peligrosa y puede conducir a derivas. El matrimonio sería una especie de lotería. Dios viene así a ratificar esta elección que hemos realizado nosotros mismos -lo cual no impide concebir así el matrimonio- como la respuesta a una llamada de Dios a entregamos de este modo, sobre la base de una conciencia en lo más íntimo de nosotros mismos de que Dios nos dirige esta vocación. En este caso, el matrimonio se puede constituir en auténtica vocación cristiana y comporta a partir de ahí unas terribles exigencias intrínsecas.

Hemos de pensar que este amor es total y que llega incluso a la ofrenda total de sí mismo en la cruz. Si nuestro amor debe configurarse con el de Cristo por su Iglesia, se trata, pues, de un amor que está llamado a ir hasta el absoluto de la entrega, que puede ser lo absoluto del sacrificio. Si el matrimonio puede ser, en ciertas condiciones absolutas de auto entrega, una vocación para los cristianos, entonces está claro que será a partir de esta respuesta fundamental a la llamada de Dios como habrá que pensar y construir toda la vida de los esposos.

Sobre esta base, es posible reflexionar sobre las relaciones de la actividad profesional y del matrimonio. Si ambos piensan el matrimonio como una respuesta a una llamada a la entrega del propio ser destinada a ser configurado con la entrega mutua de Cristo y de la Iglesia, entonces es que su vocación cristiana está llamada a realizarse, primero, en el marco de su matrimonio y de la familia que van a constituir. Cuando alguien está casado, su actividad profesional, sea cual sea, no puede estar más que ordenada al matrimonio y a la familia, y no a la inversa. Y exige sobre todo ser consciente de que no hay nada más grande, bello y noble que la educación de los hijos.

Si los esposos consideran su matrimonio como la respuesta a una vocación cristiana, es desde ahí desde donde se deben enfocar, medir y ordenar todas las restantes dimensiones de su vida.






09/04/2015 09:00:00